No podíamos dejar la oportunidad de correr por Zumaia… Las previsiones meteorológicas daban algo de lluvia, pero un previsible “chirimiri” se convirtió en un auténtico chaparrón que nos acompañó durante todo el recorrido, haciendo innecesario el baño posterior, pues llegamos al hotel calados hasta los huesos.

Esa pertinaz llovizna nos acompañaría buena parte del día y desluciría nuestra visita a San Sebastián y a Elorrio. Con ella llegamos a Donosti. Tras desayunar, comenzamos la visita en uno de los puntos más bonitos de la ciudad, el Monte Igueldo, desde donde pudimos contemplar posiblemente las mejores panorámicas de la bahía.

Aunque se puede subir a la cima en coche propio, decidimos hacerlo en funicular, tal vez por los buenos recuerdos de Como y su lago. Este lleva en funcionamiento desde 1912 y es el más antiguo del País Vasco. La entrada al funicular se encuentra al final de la playa Ondarreta, justo antes de llegar al Peine del Viento.


La atracción principal de la cima del Monte Igueldo, además de Akelarre, es un viejo parque de atracciones que abrió sus puertas en 1911. Junto al parque se eleva una torre llamada “el Torreón”.

Construida originalmente en el siglo XVI, la torre sirvió como faro de San Sebastián hasta que se construyó uno nuevo en 1854. A principios del siglo XX, el Torreón fue renovado y se le añadió un piso extra, además de una terraza panorámica, aunque las vistas no son mucho mejores que las que se pueden ver desde las terrazas.


Las vistas desde Igueldo son realmente inmejorables, abarcando la bahía de La Concha, el islote de Santa Clara y, al otro lado, el monte Urgull.

Tras bajar nos acercamos a ver el Peine del Viento, uno de los emblemas de la ciudad y uno de los sitios más bonitos de San Sebastián. El Peine del Viento es un conjunto de esculturas de Eduardo Chillida sobre una obra arquitectónica del arquitecto vasco Luis Peña Ganchegui.



Sus tres piezas de acero suman treinta toneladas y están sobre las rocas del mismo mar. En días de mucho viento, el aire y el agua salen a la superficie gracias a unos orificios que hay en la propia plaza, aunque, escuchando atentamente, pudimos oír el rugir del mar.


Un paseo de seis kilómetros conecta las tres playas que se enfrentan al Cantábrico. Partiendo desde los pies del Monte Igueldo, bordeando la Playa de La Concha, llegando al Puerto de los pescadores y avanzando hasta el Kursaal y la playa de Zurriola. No los recorrimos esta vez. Una vez disfrutado de esta parte de la bahía, tomamos el coche y, tras dar casi las mismas vueltas que en Bilbao, conseguimos aparcar en el centro.

Era viernes y visitamos Bilbao un lunes. No sabemos si este era motivo suficiente. Pero la cantidad de gente que paseaba por el centro de San Sebastián superaba, con creces, al que lo hacía en el Bocho.
Nos acercamos a la actual catedral de San Sebastián, que es la iglesia del Buen Pastor, edificada en el siglo XIX como templo neogótico que fue posteriormente elevada en el siglo XX a la categoría de catedral.



Es un enorme edificio neogótico con planta de cruz latina de tres naves, crucero y cabecera sin girola. Los pilares de sustentación son cruciformes con semicolumnas adosadas y el alzado está constituido por tres niveles. El primero es el de los arcos formeros apuntados, seguido por un muro decorado con arcos entrecruzados simulando un triforio y, por último, un piso de claristorio formado por enormes ventanales bíforos.



Paseamos por sus amplias calles peatonales hasta el Ayuntamiento, situado entre la playa de La Concha y el Casco Viejo, uno de los edificios más majestuosos de San Sebastián.

Disfruta de una magnífica ubicación, junto al mar y los cuidados Jardines de Alderdi Eder. El ayuntamiento fue construido originalmente en 1882 como casino y acogió en su día las fiestas de la Belle Époque, cuando la burguesía y aristocracia europeas veraneaban en San Sebastián.

Estábamos en el puerto. El Museo Naval, el Aquarium y los bares y tascas del puerto guardan la esencia marinera de San Sebastián. Cuando San Sebastián era todavía una isla unida a tierra firme por una estrecha lengua de tierra, existía una barriada de pescadores abrigados al resguardo del monte Urgull. La Parte Vieja no solo es la heredera directa de esa barriada, sino que es el centro vital de la ciudad, con sus incontables bares, restaurantes y sociedades gastronómicas.


Al final del paseo se encuentra el Acuario de la ciudad, uno de los más importantes de España. Fue además el primer museo de ciencias naturales del territorio español y hoy en día es el museo más visitado de todo Guipúzcoa.

Se acercaba la hora de comer y nos dirigimos a la parte vieja de la ciudad. Tuvimos tiempo de visitar la Iglesia de Santa María, emplazado en un espacio donde se habían sucedido varios templos desde el siglo XII.

El que estábamos contemplando ahora fue construido por Francisco e Ignacio de Ibero entre 1743 y 1774, años de prosperidad en la economía donostiarra. Aquí se celebran las festividades más importantes de la ciudad.



Admiramos su portada rococó, con gran profusión de decoración y con un marcado carácter teatral, en contraposición a la sencillez y escasa decoración del resto de la fachada.

Diego de Villanueva realizó en el siglo XVIII el retablo central, dedicado a la Virgen del Coro y a San Sebastián, los dos patrones de la ciudad.


El arte contemporáneo también está presente en la Basílica como muestra de la religiosidad de la sociedad actual. Digna de mención es Gurutz III, una obra realizada por Eduardo Chillida en 1975.

La contraposición de las distintas texturas del alabastro (en bruto y pulido) unido al juego de la luz, en el material, el vacío y la creación de espacios generados por el vacío dan a la obra toda su fuerza.

Ahora sí que era ya la hora del almuerzo, y decidimos disfrutar de algunos de sus pintxos y continuar con la visita después. Los pintxos son uno de los mayores atractivos de la ciudad y una actividad que no puedes dejar de hacer, como no lo habíamos dejado ni en Bilbao ni en Santander.
El Casco Viejo de San Sebastián es famoso por poseer la mayor concentración de bares del mundo, y una buena oportunidad para hacer un alto y disfrutar. Imposible ir a todos los que nos habían recomendado personalmente y los que recomiendan centenares de webs.
Haciendo caso a una de las recomendaciones que nos había hecho nuestra buena amiga Carmen comenzamos por La Cuchara de San Telmo, un pequeño bar que siempre estaba lleno de gente. Logramos entrar y hacernos un hueco, lo que nos permitió degustar unas kokotxas de bacalao y un foie con compota de manzana espectaculares.



Comenzó a llover con fuerza mientras esperábamos que saliera el foie. Era una señal que nos indicaba que debíamos terminar allí la comida. Pero decidimos seguir nuestra ruta con algunos pintxos y que no fueran todo raciones. El lugar elegido fue el Gandarias, otro bar tradicional de la Parte Vieja.

Tras el helado de rigor (que sería añorado días más tarde) visitamos la Plaza de la Constitución, una plaza de estilo neoclásico construida alrededor del antiguo ayuntamiento.


Salimos por la parte de atrás del Casco Viejo, camino del Paseo Nuevo, un bonito paseo junto al mar famoso por las olas que en él suelen golpear cuando hay mareas vivas. Este paseo va desde el acuario hasta la zona del Kursaal y el Boulevard.



El Kursaal es un edificio formado por dos cubos con fachada de cristal, construido sobre el antiguo casino de la ciudad. Actualmente es un palacio de congresos dónde se celebran exposiciones, conciertos y ferias.


A su lado se encuentra la Playa de la Zurriola… que vimos más que de pasada porque la lluvia que caía a esa hora de la tarde sobre la ciudad era torrencial, tanto que tuvimos que buscar resguardo en la cafetería del Kursaal con la excusa de tomar un reconfortante café.
Salimos cuando parecía que aminoraba la intensidad de la lluvia, pero era un espejismo. El hecho de haber visitado la mayoría de nuestros objetivos y tener únicamente que renunciar a la subida al monte Urgull nos convenció de coger el coche y finalizar nuestra estancia en esta preciosa ciudad.
Quedaba mucha tarde por delante y decidimos visitar Elorrio, aunque en algún momento la gran cantidad de agua que caía casi hace que desistamos del intento. Pero al final llegamos.

Llegar a Elorrio es sumergirse en un entorno privilegiado de naturaleza y legado histórico en el que árboles centenarios conviven con espectaculares construcciones como palacios, monasterios e iglesias. Su riqueza patrimonial incluye una amplia muestra de construcciones medievales y de la Edad Moderna, entre los siglos IX y XVIII.

La Basílica de la Purísima Concepción es el mayor templo de Bizkaia en cuanto a volumen. Los vecinos de Elorrio promovieron su construcción alegando la lejanía de San Agustín de Etxebarría.

De estilo gótico en su primera etapa, se alzó en estilo renacentista y el interior se completó en estilo barroco. En su interior se encuentran el retablo barroco de La Purísima, del siglo XVIII, y el altar levantado en 1906 con motivo de la beatificación del elorriano Balentín de Berrio-Otxoa.


Los 24 palacios, que datan del siglo XVI hasta el siglo XIX, y los 69 escudos heráldicos en las fachadas de algunas casas inundan las calles de Elorrio. Vimos algunos de ellos, pero la lluvia impedía que disfrutáramos de esta villa como se merece.





Al llegar a Zumaia había dejado de llover y aprovechamos para hacer las casi últimas compras. En cenar y comenzar a preparar el equipaje para el regreso se nos fue lo que quedaba del día.















