Último día, el de regreso. Prácticamente estaba todo preparado desde la noche anterior. Quedaba desayunar y hacer el check out antes de coger el coche para desandar lo andado seis días antes, cerca de novecientos kilómetros si no nos desviábamos de la ruta marcada, pero nos íbamos a desviar…
No éramos más que unos aficionados, pero el hecho de pasar tan cerca de la Rioja Alavesa era una tentación demasiado grande como para no realizar un poquito de enoturismo y disfrutar del apasionante mundo del vino.
Salpicada de villas medievales, la región tiende su manto desde la ladera de Sierra Cantabria hasta la sonora ribera de los ríos que le dan personalidad, el Oja y el Ebro, que marca parte de la frontera natural entre La Rioja y el País Vasco, y que hacía que siguiendo la carretera lo mismo estuviéramos en una como en el otro. Gracias a esa orografía, goza de un microclima privilegiado para el cultivo de la vid.



Lo cierto es que alguno de los quince municipios que abarca la ruta del vino por la que discurríamos se merece algo más que pasar de largo, y Labastida podría ser un buen ejemplo, aunque no el único.
A nuestro paso se iban sucediendo las bodegas que hemos visto en infinidad de buenas botellas de vino (Dinastía Vivanco, en Briones), pero era imposible realizar la ruta de vuelta a casa y, desgraciadamente, había que limitarse a una o dos de ellas.
Nuestra primera parada fue en Villabuena de Álava, en las Bodegas Luis Cañas. En 1994 inauguraron una nueva y moderna bodega dotada de los mejores sistemas de elaboración.


Aprovechamos para disfrutar de la singular orografía del paisaje que nos rodeaba prácticamente a pie de viña y para comprar una caja de su crianza que nos permitiera traer a casa un trocito de sus productos.

De ahí a Elciego, separado algo más de siete kilómetros de Villabuena.




Ahí se encuentra la Ciudad del Vino, un complejo turístico dentro de las bodegas Herederos Marqués de Riscal que incluye, además del hotel de lujo creado por Frank Gehry, un restaurante y un balneario con tratamientos de esencia de uva.

El edificio del canadiense-estadounidense consiste en tres bloques de piedra de la región tocados por una estructura voladiza de aluminio y titanio de los colores del vino. Gehry quiso crear «una criatura maravillosa que flotase sobre la viña» y para ello recurrió a las ondas metálicas que ya usó en el Guggenheim de Bilbao.

Según sus propias palabras, «las curvas existen desde que alguien pensó que un objeto no debe ser decoración, sino movimiento. La idea ya estaba en Fidias, en las esculturas danzantes de Shiva… Es un secreto muy antiguo: expresar sentimientos con un material inerte«. En Elciego, lo que quería contar es que «el vino es algo festivo, que trata del placer y la alegría«. Por eso el edificio es una explosión de luz en el apacible paisaje.

En nuestros planes iniciales no entraba visitar la bodega, pues hay que adquirir la entrada con antelación y elegir día y hora. Sin embargo, al preguntar en la tienda por las visitas nos indicaron que en diez minutos comenzaba una en castellano y que podíamos realizarla.
Dicho y hecho. Al momento estábamos colocándonos la tarjeta que te identifica como visitante y a las doce, una vez reunido el grupo, comenzaba la visita con la proyección de un video promocional y el recorrido por el exterior del fascinante hotel, inaugurado en 2006.
Aunque sólo se ve por fuera, es simplemente espectacular. Las formas, los colores, el reflejo de la luz en la superficie metálica, el contraste de la modernidad del hotel y la zona antigua de Elciego al fondo, es un deleite para la vista.



El edificio diseñado por Gehry está recubierto de titanio, aunque en este caso, el arquitecto ha querido impregnar su obra de los colores representativos de la bodega: rosa, como el vino tinto, oro, como la malla de las botellas, y plata, como su cápsula.

Las últimas vistas del hotel las realizamos desde un pequeño viñedo contiguo al mismo, donde comenzaron a explicarnos el proceso de elaboración del vino.


Del viñedo pasamos a la primera bodega de Marqués de Riscal, que se construyó en 1858 y se amplió en 1883. En su porche se lleva a cabo el proceso de elaboración del vino con el despalillado y el estrujado para la elaboración del mosto.

El mosto se pasa a unos depósitos en los que comienza la fermentación y el proceso de extracción del característico color del vino gracias a los hollejos.

De estos primeros depósitos se pasa a otros dónde termina el proceso de fermentación, y de aquí directamente al mercado (vino joven) o a barricas para la crianza y envejecimiento, dependiendo de la calidad del vino.

La zona en las que tienen todas las barricas es un auténtico lujo para la vista. Pero faltaba por ver “el tesoro de la bodega”, la botellería, en la que se conservan botellas de vino que van desde la primera añada de Marqués de Riscal, en 1858, hasta la última.




A continuación observamos el lugar donde se realiza el proceso de embotellado y las zonas de almacenamiento de las botellas y etiquetado, aunque al ser día no laborable toda la maquinaria estaba parada.
Nos quedaba la cata de los dos vinos incluía en la visita, un Marqués de Riscal Verdejo (D.O. Rueda) y un Marqués de Riscal Reserva (D.O. Rioja), una perfecta combinación para aquella hora del día, de hecho alguna botella de ambos se vino también para casa.


Nos pareció una buena idea terminar de comer en la cafetería de la bodega antes de iniciar el regreso y tener que parar al poco tiempo.
Teníamos dos opciones para ello. La ruta Logroño-Zaragoza-Teruel-Valencia y la de la ida (Burgos-Madrid-Albacete). No dejamos que la eligiera la Señorita Garmin y optamos por la segunda.
Una parada al salir de Madrid para repostar combustible y espirar las piernas… y a las nueve de la noche en casa.
Nuestra escapada había llegado a su fin. Seguro que habíamos dejado cosas, y rincones, en el tintero, pero habíamos tenido la oportunidad de conocer una de las zonas más bellas de España. El viaje había tenido (casi) de todo: historia, prehistoria, cultura, arquitectura, arte, turismo, enoturismo, naturaleza, geología, biología, química, física, paisajismo, mar, playa, montaña, cueva, mina, puerto, devoción, magia, talasoterapia, gastronomía, geografía,…
Una experiencia para repetir.















