Habíamos reservado mesa en Daluan (Callejón Carcel, 4), con un pequeño pero cuidado comedor que intenta ofrecer al cliente una cocina tradicional con detalles, cuidadas carnes, buenos pescados y unos postres elaborados.

Lo cierto es que disfrutamos de unas materias primas de primerísima calidad, una originalidad sin igual en la presentación y un servicio impecable, sin esperas.
Tomamos el «Menú de la trufa«, compuesto de unos entrantes de carpaccio de trufa y un gazpacho «transparente» más que original con esferificaciones de tomate y pimiento.


De los muchos platos que degustamos citaremos la coca de berenjenas, queso y verduras, unas típicas empanadillas morellanas, el bocado de vieira trufada, el consomé trufado, un rissoto de patata y calçot y un huevo a dos cocciones con alcachofas y trufa.

Un arroz meloso de setas y trufa Atún rojo ahumado con tomillo y un tournedó de lechal con foie y trufa pusieron el toque final ante de los originales postres dominados por los cítricos y el chocolate.
Después de la comida y de la compra de los productos típicos de la tierra visitamos el museo “De Sis en Sis”, situado en la antigua Iglesia de San Nicolás, que pretende dar a conocer la fiesta más importante de Morella que se celebra cada seis años en honor a la virgen de Vallivana desde el año 1672.

También el museo “Temps de Dinosaures”, situado en la antigua Capilla de San Miquel, que contiene una reproducción a tamaño gigante de un ejemplar de Iguanodon, una especie de dinosaurio. Aunque parezca mentira los valles alrededor de Morella estuvieron cubiertos por agua que dejaron varios restos de fauna marina y hoy en día puedes ver algunos de ellos en este pequeño museo, que alberga varios huesos de dinosaurios.


El sol, y el calor, nos recibió a nuestra llegada a Peñíscola. Decidimos pasear por los exteriores del castillo, cuyas murallas se mecen en el mar, antes de regresar al hotel y prepararnos para la visita al mismo.





El del Papa Luna fue el último castillo templario que se construyó antes de la disolución de la Orden del Temple, entre 1294 y 1307. Sabedores de su debilidad, la debieron levantar pensando en que se convirtiera en su último refugio.



Empezamos la visita en las estancias más bajas, pasando por el patio de armas, abierto al mar,- hasta que llegamos a la parte más alta, donde se disfruta de unas maravillosas vistas de Peñíscola, los jardines del Parque de Artillería y del mar…




Estos muros también dieron cobijo a Benedicto XIII, “el Papa Luna” que pasó en esta fortaleza sus últimos años, entre 1411 y 1423, transformando el castillo en palacio pontificio y defendiendo su legitimidad como Papa hasta su muerte.


Venidos de diferentes lugares, tiempos y circunstancias, aquí encontraron su refugio la Orden del Temple y el Papa Luna; aquí encontraron la piedra para construir, el agua dulce, las huertas fértiles y la bendición de la sal y el mar.
El tiempo se volvió contra sus aspiraciones. La decepción y la tragedia se abatieron sobre ellos, pero fue tal su empeño y su tenacidad que unos y otro, los templarios y Benedicto XIII, sobrevivieron a su propia tragedia, se elevaron sobre su propia realidad y tienen hoy su lugar en la Historia, en las leyendas populares y en los misterios que, siempre sin resolver, se trasmiten de generación en generación.



La noche se venía encima y debíamos dejar la visita al Parque de Artillería para la mañana siguiente. Aparte de ser un maravilloso escenario de cine con siglos de historia y de su extraordinaria ubicación junto al mar, Peñíscola tiene mil rincones con encanto. Bajamos del castillo paseando por las callejuelas de casas encaladas y ventanas azules…
Después de la opípara comida, cambiamos la cena por una cerveza junto al mar en el «Entre dos aguas«.


Y por la copa de rigor en nuestra terracita, desde donde teníamos noticias de los alumnos de segundo curso de Bachillerato de Investigación, que celebraban en estos momentos su acto de graduación. Por ellos brindamos.


Viernes, día grande de Alcantarilla. Tras el desayuno y terminar de preparar el equipaje nos dispusimos a completar la visita al castillo, con el Parque de Artillería, un área militar, con baterías, túneles y rampas que conectan con la zona marítima en el exterior del recinto. Los jardines que las rodean fueron realizados en el siglo XX.


En la zona inferior pudimos contemplar las fortificaciones construidas en tiempos de Felipe II, en el último cuarto del siglo XVI, con el fin de modernizar las defensas del castillo medieval y poder combatir los ataques de la piratería y de la armada turca, que representaban en esos momentos una gran amenaza en el litoral de Levante.


La zona superior de fortificaciones y jardines, conecta con el castillo medieval y con la zona el faro.


El mundo medieval no tiene nada que ver con el Renacimiento, época de Carlos V y de su hijo Felipe II, que en el apogeo de su poder ordena construir esta muralla. Es en ese momento cuando en el imperio español “nunca se pone el sol”. A su muerte comenzaría la decadencia del imperio, pero en esos momentos era la primera potencia mundial.

Llegaba el momento de regresar. Teníamos el tiempo suficiente para comer de vuelta a casa y retomar nuestras obligaciones de todos los viernes.
















