San José 2018 (1)

Tal vez sea exagerado decir que nuestros recuerdos del Cabo de Gata son en blanco y negro. Pero no mentimos si, en su lugar, decimos que son analógicos y no digitales.

El Parque Natural Cabo de Gata-Nijar es un lugar muy singular en cuanto a paisajes y belleza, que ha merecido nuestra atención en varias ocasiones. La última de ellas puede que fuera hace ya la friolera de treinta años, coincidiendo con mi llegada a Vera, mi primer destino. Antes incluso, fue visitado en compañía de Charo y Juan Antonio en una celebración de fin de año…

Cuando May comentó la posibilidad de visitar el Cabo de Gata en estos últimos días de verano antes del difícil otoño que se avecina se me vino a la cabeza un “ir y venir” dada la cercanía a casa. Pero resulta que no pensaba en “pasar un día” sino “dos noches” en San José…

Pero antes de instalarnos en San José teníamos toda una mañana por delante. Y hacía un par de años que realicé una visita guiada a las inmediaciones del faro de Cabo de Gata con un grupo de alumnos que me descubrió un paraje singular y espectacular.

En este faro termina el sur oriental de la península. Junto al mirador de las Sirenas, que está a su lado, se construyó en el morrón del cabo, el punto geográfico exacto donde se emplaza este accidente geográfico, ya conocido en época de griegos y fenicios y utilizado durante toda la historia como punto de referencia para navegantes.

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El faro que hoy contemplamos es de construcción relativamente moderna, pues se construyó en 1863 y el resto de dependencias que lo completan son ya del siglo XX. Se edificó sobre las ruinas del castillo de San Francisco de Paula, que formaba parte de la batería de defensa marítima existente en la costa almeriense y que fue destruido durante la Guerra de la Independencia.

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Construido sobre un acantilado de 50 metros y con una altura de torre de 18 metros, los destellos del faro son visibles a 30 millas de distancia. Se construyó como aviso a navegantes de la presencia de la peligrosa Laja del Cabo, un arrecife que se encuentra a una milla marítima dentro del mar frente al faro, causante de numerosos naufragios durante toda la historia. El pecio más visitado por los submarinistas es el del buque checoslovaco Arna, que naufragó en 1928 al chocar contra la Laja del Cabo y que transportaba mineral de hierro.

El arrecife de las sirenas debe su nombre a la presencia de focas monje que habitaban en él y que los antiguos navegantes podían confundir con sirenas, aunque en la actualidad actualmente ya no hay presencia de estos mamíferos en estas costas.

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Las formaciones del arrecife que se elevan por encima del nivel del agua son antiguas chimeneas volcánicas que deben su color oscuro al material volcado por ellas. Accedimos al arrecife a través de una pequeña bajada y al llegar allí encontramos un tramo de guías para embarcaciones oxidado y en desuso, en una diminuta cala que permite disfrutar de la envolvente sensación de las formaciones rocosas de los acantilados y de la visión de las caprichosas formas que despuntan del agua.

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Nos dirigimos ahora a Punta Baja, una pequeña isla unida por un estrecho tramo de tierra a la costa. Aunque parece que es el faro, resulta que este es, realmente, el punto más al sureste de la península ibérica.

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La formación de esta península es volcánica y tiene una antigüedad de unos 14 millones de años, caracterizada por las formas basálticas de sus rocas que dan a este espacio un aire único.

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Estos basaltos son rocas de origen volcánico, con formas de pilares hexagonales normalmente que se han formado tan característicamente por el proceso de enfriamiento y fractura de la lava basáltica, dando forma a estas rocas de una manera característica y maravillosa.

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La vegetación está casi ausente en este espacio, aunque la escasa que aparece es de una belleza salvaje.

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Estos pilares hexagonales parecen brotar de la tierra y se reparten por todas partes. Aunque las zonas más bajas están erosionados por la acción del agua, en las zonas altas observamos basaltos en forma de racimos a punto de desprenderse de la montaña por el transcurso del tiempo. Es obvio que no es la Calzada de los Gigantes, pero es un lugar único en la península.

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Junto a Punta Baja se encuentra Cala Arena. A esa hora del día, y con esa temperatura, la ocasión la pintaban calva… Todo un lujo darse un baño rodeado de fondos rocosos, praderas de poseidonia, pulpos, salemas, vaquillas, meros, sargos y morenas; en una de las seis zonas de reserva marina integral que encontramos en el parque natural.

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Antes de volver divisamos a lo lejos Cala Rajá y el arrecife del dedo.

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Aunque la idea inicial era llegar a San José, instalarnos en el hotel y salir a comer, habíamos disfrutado tanto de la mañana que el tiempo había pasado volando. Cambio de planes. ¿Por qué no probar las croquetas de choco del Restaurante El Faro, a escasos metros de donde teníamos estacionado el coche?

Dicho y hecho. Dimos buena cuenta de una ración de croquetas y de una parrillada de pescado con la Cala del Corralete a nuestros pies.

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Era el momento de llegar a San José es considerado la capital del Parque Natural, por ser la población más grande dentro de él. Forma parte del municipio de Níjar, y tiene censados unos 800 habitantes, duplicando o triplicando este número en verano.

Recordábamos San José como un pueblecito dedicado a la pesca, totalmente distinto al que nos encontramos, que centra su actividad fundamental en el sector turístico, siendo así, que se han construido todo tipo de servicios como el puerto deportivo.

Después del ckeck in en el hotel nos dimos un baño en la piscina antes de hacer el itinerario que teníamos pensado para la tarde.

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Y es que la belleza y la fama de las playas de Mónsul y Genoveses son tan innegables que reciben cada año miles de visitantes en busca de lugares privilegiados donde tomar un baño.

Esta afluencia de turistas, insostenible en verano, hizo plantear a las autoridades la necesidad de acotar el número de vehículos que utilizaban el camino del Campillo del Genovés para llegar a las playas y, desde 2010, todos los veranos se instala una barrera a la entrada del camino que limita el paso de vehículos particulares cuando los estacionamientos de las playas ya están llenos.

Una vez bajada la barrera la única posibilidad de acceder a las playas es andando, en bicicleta o en transporte público. Y de la primera de las maneras era como íbamos nosotros a acercarnos a la playa de Genoveses esa tarde…

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