San José 2018 (2)

El Sendero de Los Genoveses constituye un trayecto lineal de algo más de dos kilómetros de longitud.

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El desembarco histórico de una flota genovesa en el siglo XII dejó una profunda huella en la toponimia local. La ensenada donde sucedió el acontecimiento tiene una de las playas más emblemáticas del parque natural, buscada y disfrutada por turistas de todos los continentes, que además de sol y playa valoran los paisajes y la riqueza del patrimonio natural y cultural.

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El sendero recorre la playa de norte a sur, desde el cerro Ave María hasta el Morrón de los Genoveses, dos cimas accesibles desde donde pueden contemplarse hermosas vistas de la costa.

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Desde la privilegiada ubicación de nuestro hotel, junto a la Playa de San José, comenzamos a andar en dirección al Camino de Mónsul, hacia el suroeste. Unos trescientos metros adelante desde que se acaba el revestimiento asfáltico, sale un camino a la derecha cerca del molino de Los Genoveses. En el cruce se inicia el sendero.

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El restaurado molino de viento fue construido en mampostería de piedra revocada con cal o yeso. Su nivel superior está cubierto por un chapitel o tejadillo de tablas de madera, que alberga parte de la maquinaria de transmisión de la energía eólica a la molienda del cereal.

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Partimos, por tanto, en dirección suroeste, al pie del cerro del Ave María, de 133 metros, que dejamos a nuestra izquierda. El cerro es el extremo norte de la ensenada en la que está la playa de los Genoveses, utilizada como fondeadero.

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En frente, mirando al sur, se ve el extremo contrario, el Morrón de los Genoveses, adentrándose en el mar. Tierra adentro se distingue a continuación una duna fósil, el Cerro del Barronal y tras los llanos del Romeral la sierra volcánica del Cabo de Gata.

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Seguimos andando por una vereda que nos lleva hacia la playa. A unos setecientos metros encontramos un cruce de caminos con hileras de pinos en sus márgenes, que llaman la atención entre los parajes desarbolados que son aquí comunes, con una cubierta vegetal formada por arbustos (palmito, cornical, bufalaga, rascamoños, pita o chumbera) y plantas herbáceas de vida fugaz, aprovechando momentos favorables.

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Más adelante, ya muy cerca de la playa, pasamos por la desembocadura de una pequeña rambla, en la que crecen eucaliptos de formas caprichosas. Llaman también la atención las plantaciones de chumberas en los balates de los campos de cultivo del cortijo del Romeral.

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Continuamos andando hasta llegar a las ruinas de un búnker ya en el borde de la playa, que cuenta con una serie de dunas fijas y móviles en las que crece una vegetación típica compuesta principalmente por el barrón y las algodonosas. También distinguimos a nuestro frente una zona más deprimida, propensa a la inundación, en la que abundan plantas adaptadas a medios salinos (halófitas), entre ellas los tarajes.

A pesar del calor resulta ser una caminata de lo más agradable, con la playa siempre a la vista. Y el baño merece la pena y andar no esa, sino una distancia todavía mayor.

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Era el momento de regresar a San José desandando el camino andado a la ida. Buscando un lugar donde comprar agua pasamos por la plaza del pueblo, que tiene mucha vida, repleta de establecimientos de restauración con sus terrazas y alguna tienda.

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Habíamos intentado reservar mesa en 4 Nudos, en el Puerto deportivo, pero fue imposible para aquella noche. Tampoco era cuestión de repetir freiduría, aunque al estilo de Cádiz en El Cucurucho (Calle del Puerto, 43) tal vez hubiera estado bien.

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Al final optamos por la Pizzería Rione Trastevere (Calle del Puerto, 132) y la elección fue más que acertada. Una pizza y un plato de pasta, acompañado de una botella de cava en honor a la “autora intelectual” de la escapada nos dejaron más que satisfechos.

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Apetecía tomar la brisa en el paseo después de un caluroso y soleado día de final de agosto en estas latitudes. Un día que había resultado completo, algo que no era de extrañar…

A pesar de que no era necesario madrugar a la mañana siguiente, y que tampoco había salido a correr, un poco después de las ocho estábamos desayunando. Queríamos ser uno de los 124 vehículos que encontrara plaza en el aparcamiento de la Playa de Mónsul, aquella que recordábamos (eran otros tiempos) por nuestra acampada libre en el horario permitido para ello, cuando dejaba de pasar la vigilancia…

La playa de Mónsul es una de las más atractivas de cabo de Gata, por su ambiente virgen y sus característicos perfiles que dibujan la duna y las rocas volcánicas, como la conocida roca de La Peineta.

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Las nueve y media de la mañana no era una hora para empezar a disfrutar de la playa. Por ello, una buena opción era realizar el Sendero Vela Blanca que, desde la cala, salva los 185 metros de desnivel y los 3,4 kilómetros de distancia que la separa de la Torre de la Vela Blanca.

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Emprendimos el camino por la misma pista por la que habíamos llegado, continuándola en dirección oeste. A unos doscientos cincuenta metros pasamos la desviación que nos llevaría a la ensenada y playa de la Media Luna.

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Al cabo de otros ochocientos metros hacemos una curva atravesando el barranco del Mónsul, de donde sale el camino a cala Carbón, una preciosa playa cerrada al sur por Punta Redonda, cuyo roquedo tiene su origen en coladas de lava bruscamente enfriadas al entrar en contacto con el agua. Se llaman andesitas y sus características formaciones columnares son una de las más interesantes de todas las existentes en el parque natural.

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Junto a la parada donde finaliza el recorrido del autobús a las playas de Mónsul y Genoveses pasamos la barrera de acceso restringido a vehículos que hay por encima de cala Carbón, desde donde tenemos una excelente vista de la misma.

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Ganando algo de altura, en unos cuatrocientos metros llegaremos a una curva desde la que se tiene una magnífica vista del tramo de costa que acabamos de dejar con playa Barronal al fondo.

Continuamos nuestro ascenso hasta que divisamos, hacia poniente, la punta de la Vela Blanca, allá abajo en el mar, y la torre en la parte más elevada. Las abruptas paredes de andesitas poseen multitud de pequeñas y medianas cavidades, producidas por la erosión, frecuentes en estas rocas volcánicas.

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A la altura de Punta Colorada cambiamos de rumbo, alejándonos de la costa en busca del lugar adecuado para superar el barranco de Parra, que no puede ser otro que su cabecera. En sus laderas podremos ver un espléndido palmital y encontrar algunas de las joyas botánicas del parque, como el dragoncillo del cabo, la zamarrilla del cabo o la clavellina del cabo, e incluso el chumberillo.

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Se tienen noticias de la existencia de una torre en este lugar en textos del siglo XII, pero es posible que desapareciera sin dejar rastro. Posteriormente se levantó otra que también fue derribada por los corsarios moros poco después de su construcción, pero volvió a ser levantada en 1593, aunque sólo duró hasta mediados del siglo XVII, estando ya en estado de ruina antes del terremoto del 31 de diciembre de 1658. Hacía 1720 se utilizaba el promontorio para vigilancia, pero como la torre estaba arruinada los vigías se refugiaban en una cueva cercana.

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En 1767 se acomete la construcción de la nueva torre, junto con la de Cala Higuera. Debido a su alta ubicación y la dificultad de su acceso, parte de la cantería fue sustituida por ladrillo. Ambas torres fueron financiadas por el Contador de la Isla de Santo Domingo, a cambio de un destino para su hijo en las tropas reales destacadas en aquella isla.

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A mediados del siglo XIX la torre se encontraba en buen estado y fue traspasada al cuerpo de Carabineros para vigilancia de la costa. En 1941 pasó a depender de la Guardia Civil. Hacía 1960 fue vendida a un particular que la habilitó como vivienda. En 1987 quedó dentro del Parque Natural Cabo de Gata-Níjar.

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Ya en la cumbre divisamos, desde lo alto, todo el paisaje disfrutado el día anterior, con el faro al fondo. Si desde la base es espectacular, desde esa altura la vista es impresionante.

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De nuevo a desandar el camino. Es lo que tienen los recorridos lineales…

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En un abrir y cerrar de ojos estábamos en el aparcamiento recogiendo los bártulos (no todos…) para pasar la mañana en Mónsul y disfrutar de la playa más famosa del parque natural, con el permiso de la de Genoveses, por haber aparecido en multitud de películas y anuncios comerciales.

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Esta playa debe su singularidad a las formaciones de lava erosionada que la rodean, a la belleza de su arena fina y a su agua cristalina.

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En ninguna otra parte del parque queda mejor reflejado el origen volcánico del mismo. Las rocas que rodean la playa son enormes lenguas de lava que llegaron hasta el mar y que el agua y el viento han ido erosionando para formar esta playa y tallar este diamante del mar Mediterráneo.

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En el centro de la playa nos encontramos una enorme roca que la caprichosa naturaleza ha dejado en medio de la arena, y que sirve de refugio para los bañistas que en los días más calurosos se cobijan bajo su sombra.

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