Con bastante tiempo de antelación habíamos reservado unos días a comienzo de año para «desengrasar» de las siempre inciertas y estresantes vacaciones de Navidad. El puente de diciembre había puesto en entredicho la escapada, y un «impactante» primer día de año casi completa la anulación. Al final, en el «tiempo extra», todo pareció volver por un momento a la «normalidad» y a última hora de la noche preparábamos el equipaje para partir a la madrugada siguiente.
¿El destino? Una mezcla de gastronomía, monumentalidad y naturaleza. Al conjunto formado por «El Bohío» e Illescas le superó «El Doncel» y Sigüenza. Guadalajara es una de las pocas provincias españolas que no habíamos visitado y nos terminó de convencer su propuesta.
El itinerario de ida se desvió de la ruta inicialmente prevista para pasar por Pastrana. La parada para el café, en el lugar de costumbre cuando subimos hacia Madrid, en Honrubia. Esta vez, a cuatro grados y medio bajo cero…
Llegamos a Pastrana antes de las diez de la mañana. Demasiado temprano y en temporada baja para el turismo, por lo que parece. Aparcamos cerca del Palacio Ducal, cerrado a esa hora del día.


Tras la compra de la villa por Dña. Ana de la Cerda en 1541 se da comienzo a la construcción del palacio, proyectado por el arquitecto Alonso de Covarrubias. El edificio sigue un claro trazado renacentista español. De planta cuadrada con torres esquinales y patio central, así como un jardín escalonado en la parte posterior.


Nos quedamos sin contemplar los artesonados que se conservan en su interior, diseñados por el arquitecto, de estilo plateresco. También los zócales de azulejería toledana de estilo mudéjar., pues no era cuestión de esperar a las 12,30 horas.
En la torre de levante, estuvo retenida y prisonera la Princesa de Éboli, Dña. Ana de Mendeoz y de la Cerda, entre 1581 y 1592, por orden de Felipe II.
También nos tuvimos que conformar, por el mismo motivo, con ver el exterior de su Iglesia Colegiata, levantada originariamente hacia el siglo XIII como iglesia parroquial de la villa calatrava. Recibió añadidos y detalles, como la portada norte, que fue construida en estilo gótilo de finales del siglo XV y, finalmente, la gran ampliación de las naves y el crucero en la primera mitad del siglo XVII, promovida por el arzobispo fray Pedro González de Mendoza, hijo de los duques de Pastrana.


Dos días más tarde nos contarían en Guadalajara que en su interior se encuentra el panteón de los duques de Pastrana, donde esá enterrada la princesa de Éboli.


Tras nuestra breve estancia en Pastrana decidimos llegar a nuestro destino final, Sigüenza, a la que llegamos antes de poder hacer, incluso, el check-in. Dejamos el equipaje en consigna y nos dirigimos a Medinaceli, donde teníamos previsto comer.
Sobre un cerro asomado al valle del Jalón surge un reino en piedra cincelado durante milenios por celtíberos, romanos, árabes y cristianos viejos. Todavía la soriana Medinaceli sigue recibiendo a sus visitantes por su arco de tres puertas que en tiempos del Emperador Domiciano (siglo I dC) servía como acceso a esta ciudad situada en la calzada romana que comunicaba Emerita Augusta (Mérida) con Caesar Augusta (Zaragoza).
Nada más subir hasta la cima del cerro en el que se encuentra la villa de Medinaceli nos sale a recibir un arco romano que, además, es “único en su especie”. De los tiempos de la Hispania romana podemos asegurar que no se conserva otro semejante en España. La excepcionalidad de sus tres vanos hicieron que este este arco, diseñado para servir de puerta de acceso al municipio, fuese proclamado Monumento Histórico Artístico Nacional.


La puerta central servía para el paso de carruajes, personas a caballo y ganado, mientras que las laterales, mucho más reducidas, servían para la gente que deseaba entrar o salir por su propio pie.

Este arco es del siglo I, levantado por Docimiano y remozado en tiempos de Trajano. A pocos metros hay restos de lo que fuera una de las calzadas romanas más importantes entonces. Y no son, ni mucho menos, los únicos restos de este período que se conservan en la villa. Pero sí los más notables. Porque el arco de de Medinaceli se aprecia a kilómetros de distancia, como si fuera la última frontera de la villa.


Empezamos a callejear en dirección al mosaico romano de la Plaza de San Pedro, muy parecido tanto en técnica de construcción como en gusto estético y algunos motivos al de la calle San Gil.

Se fechan en la misma época, el siglo II, momento en el que comienza a usarse la policrómía.


Esta villa contaba a finales del siglo XV con doce parroquias, a buen seguro románicas. El Duque de Medinaceli solicitó al Vaticano la unión de todas las parroquiales en una sola, la de Santa María. Ésta se convertiría en Colegiata, y todas sus rentas agrupadas en ella. No pudimos apreciar su interior, por encontrarse cerrada…


Nos dirigmos entonces a la Plaza Mayor, una amplia plaza cerrada, porticada y de forma casi pentagonal, que aparece escoltada por edificios notables: la Casa del Concejo – Alhóngica y el Palacio Ducal.



Un solícito y amable responsable de la Oficina de Turismo nos invitó a visitar el Palacio de los Duques de Medinaceli, bien de interés cultural desde 1979, que ocupa el lado norte de la plaza.

Se trata de un edificio de estética renacentista construido entre los siglos XVI y XVII por Juan Gómez de Mora. Además de su espectacular patio interior, pudimos contemplar varios de los mosaicos que cubrían la Plaza Mayor y que fueron retirados de ella antes de ser pavimentada como la encontramos en la actualidad.



Medinaceli tuvo murallas hace casi dos mil años. Aunque de la época romana lo más visible es el arco, hay tramos que nos ayudan a recomponer la silueta de la Edad Media en que fue protegida la villa por medio de este elemento defensivo de primer orden. La entonces alcazaba árabe requería un mayor refuerzo por lo que en lo que quedaban de las murallas romanas se sobrepusieron otras. Y éstas, una vez Medinaceli fue cristianizada, fueron nuevamente restauradas.

Juanto a la llamada Puerta árabe se observa uno de los tramos más completos por el que se aconseja acceder y hacer el camino de ronda en dirección al castillo. Esta puerta no es exactamente árabe. Su arco apuntado es gótico mudéjar, posterior a la reconquista de la villa. Pero se aprecian de manera escalonada los distintos periodos que vivió la muralla de la localidad.

En el extremo oeste del cerro surge solitaria una edificación cuadrangular en la que a un costado sobresale una torre circular y al contrario otra de planta rectangular. Esta última precisamente es la que sirvió como torre del homenaje, aunque al estar sin almenas ofrece un aspecto más austero. Fue erigido sobre lo que fue la antigua alcazaba árabe, aunque la construcción del castillo se hizo a posteriori con el objeto de albergar en él la residencia de los Duques de Medinaceli.



Se acercaba la hora de la comida y aprovechamos para deambular por las bonitas callejuelas de la villa.




Habíamos reservado mesa en el Asador de la Villa «El Granero». Unos exquisitos puerros navarros fueron acompañados del «tradicional» cuarto de lechazo asado, irregularmente repartido, todo sea dicho.



Una tartaleta de manzana con helado puso el dulce final a una agradable comida…
De vuelta a Sigüenza, decidimos visitar Carabias y Palazuelos antes de llegar al hotel. La iglesia del Salvador o de la Transfiguración del Señor es un precioso templo situado en la pedanía seguntina de Carabias. Está situada en la calle de la Fuente, en el lado norte de la plaza Mayor de la localidad.

Su planta es rectangular de estilo románico rural del siglo XIII y una sola nave, rematada por ábside de cabecera plana y torre-campanario de planta rectangular de dos campanas situada en el lado meridional del ábside. Presenta la orientación litúrgica habitual.


Obviamente, tuvimos que conformarnos, como casi todo el día, con admirar su bello exterior, pues se encontraba, sobre decirlo, cerrada.


Palazuelos conforma un Conjunto Histórico Artístico al que se suele denominar «la Ávila alcarreña». Destaca precisamente por su completo círculo de murallas, que encierran totalmente la villa y en su extremo la fortaleza.
Precisamente el acceso al mismo solía realizarse a través de una de sus puertas, aunque en la actualidad su ruinoso estado impide esta circunstancia. Con todo, su muralla, junto con su castillo, nos transportaron a una verdadera ciudad amurallada del medievo.
El castillo es el punto más fuerte del amurallamiento, que parte de él rodeando toda la población. Presenta torres cilíndricas en los ángulos de su muralla, y una gran torre del homenaje adosada al muro oeste. Fue mandado construir por Íñigo López de Mendoza, primer marqués de Santillana, y está atribuido al arquitecto Juan Guas. Entre sus sucesivos herederos destaca la princesa de Éboli.


Tuvo un uso corto como fábrica de harinas en el siglo XX, y actualmente se encuentra en proceso de restauración. Además, es de propiedad privada, por lo que sólo se permite el acceso libre al exterior.

Entre abundantes casonas de piedra arenisca roja, con múltiples esgrafiados adornando sus paredes nos encontramos otros hitos como la iglesia parroquial de San Juan, con portada románica muy sencilla, o la plaza con una histórica picota reconstruida. Un ambiente de ruralismo digno y curtido se respira al andar por sus calles.



Era el momento de aterrizar en Sigüenza. Integrada en la Sierra Norte de la provincia de Guadalajara, con una altitud de 998 metros sobre el nivel del mar, y rodeada de bellos paisajes arquitectónicos y naturales, fue declarada Conjunto Histórico Artístico en 1964, eligiendo entonces el nombre geoturístico de «Ciudad del Doncel» en referencia al personaje más emblemático de la ciudad, Martín Vázquez de Arce.
Sus primeros habitantes fueron los celtíberos, que la bautizaron con el nombre de «Segontia», que significa «la que domina en el valle». Después llegaron los romanos, los visigodos y, por último, los musulmanes. El monje-guerrero, Bernardo de Agén, la reconquistó en 1224. Más tarde, el rey Alfonso VII de Castilla le concedió, junto a su Cabildo, la jurisdicción civil sobre la ciudad y sus gentes, pasando a ser un señoría episcopal que perdurará hasta finales del siglo XVIII. A lo largo de ese periodo una centena de obispos dejaron su huella en la fisonomía urbana de Sigüenza.
Tras instalarnos en el Hotel «El Doncel» comenzamos a patear la ciudad, como suele ser costumbre cuando llegamos a un nuevo destino. Y prácticamente no dejamos nada sin ver, ni la Sigüenza medieval, ni la renacentista, ni la ilustrada y barroca, ni la neoclásica…


Tras subir por la Calle Mayor nos encontramos con la Catedral, templo iniciado en estilo románico, en la primera mitad del siglo XII. Accedimos a su interior, aunque decidimos realizar la visita guiada al día siguiente.
Tras atravesar la Playa Mayor ascendimos al Castillo, actual parador Nacional de Turismo y residencia de los obispos de Sigüenza desde el siglo XIV hasta mitad del siglo IX. En el siglo XIX albergó a la reina Doña Blanca de Borbón, esposa del rey Pedro I de Castilla.





En el camino nos encontramos con la Casa del Doncel, residencia de los Vázquez de Arcel, la familia del Doncel. Es un singular ejemplo de la arquitectura gótica civil del siglo XV. Como era costumbre, nos quedaríamos sin ver su interior…

En su cercanía, la iglesia de San Vicente, construida en época de transición entre el romático y el gótico en honor al patrón de la ciudad.

De regreso al hotel nos encontramos el Pósito, anticua casa del Peso de la Harina, donde se almacenaba antes de repartirla a las panaderas que cocían pan en los diversos hornos de la ciudad. Actualmente es un teatro-auditorio donde se desarrolla la vida cultural de la ciudad. De hecho, en estas fechas vacacionales, estaban proyectando la premiada «Campeones».

El Cubo del Peso, ubicado junto a la actual biblioteca municipal, fue el torreón que defendía la muralla gótica de la ciudad, alzada en el siglo XIV.
La temperatura había comenzado a bajar nada más esconderse el sol y, a pesar de ir abrigados, apetecía ponerse a cubierto. La comida no había tenido nada de frugal y no apetecía cenar, pero un buen chocolate bien caliente sí que parecía una buena idea.
Acertamos a encontrar una estupenda pastelería en la que, incluso, encargamos un roscón para la cercana festividad de los Reyes, que paseamos por media España dos días más tarde.















