Sigüenza 2019 (2)

El horario del desayuno del hotel invitaba a no madrugar, en contra de nuestras costumbres. La temperatura durante la noche había descendido hasta los -8 ºC, algo a lo que no estamos muy acostumbrados por nuestras latitudes.

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El plan para este segundo día incluía como “plato fuerte” la comida en el Restaurante del hotel, para degustar la cocina del chef Quique Pérez. Antes, la visita a la catedral, prevista para las doce y media de la mañana.

Tras barajar en varias ocasiones realizar la ruta por el Barranco del Río Dulce, desistimos al final. Sin embargo, disponíamos de tiempo suficiente para acercarnos a Pelegrina a contemplar su impresionante Hoz.

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Pelegrina es un precioso pueblo típico alcarreño, enmarcado en tierras de cultivo y coronado por las torres de lo que en su momento fue un castillo. La vuelta por el pequeño pueblo es agradable, aunque el plato fuerte lo constituyen las ruinas del castillo, que tienen bien ganada una restauración que no llega. Las vistas desde este lugar son impresionantes.

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Por un lado, se divisan los campos hasta que la mirada se pierde en el infinito. Por otro, el río Dulce y su barranco muestran todo su esplendor.

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Seguro que si has escuchado hablar en alguna ocasión de Pelegrina ha sido gracias a Félix Rodríguez de la Fuente y la famosa escena de uno de sus programas en la que un águila cazaba una cabra desde el aire. Fue en este barranco donde se grabó esta y otras muchas escenas.

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Tras pasear por las (solitarias) calles de Pelegrina nos dirigimos al monumento que lleva su nombre, desde donde pudimos ver el barranco y toda la zona de montañas que lo rodean.

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Adivinábamos a lo lejos, por el rumor del agua, la cascada del Gollorio, otro de los puntos que nos hubiera gustado visitar. Decidimos salir de la carretera y acercarnos al cortado que precedía al barranco y, para nuestra sorpresa, una familia de buitres emprendió el vuelo.

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Siguiendo su marcha divisamos a lo lejos un mirador en las cercanías de la cascada. Ni estábamos preparados para la caminata ni entraba en la cabeza de uno de los dos viajeros (la mía) acercarnos hasta la misma, pero se pueden imaginar el final de esta historia…

A los pocos minutos, y gracias a la buena decisión de May, intrépida y preciosa, y que sabe buscar una aventura aún no calzando adecuadamente, nos dirigíamos, andando, hacia un empinado sendero que parecía conducir a la cascada del Gollorio. Y he de decir que la caminata mereció la pena, aunque supusiera no llegar a tiempo a la visita programada en Sigüenza para esa mañana.

Antes de llegar al extremo superior de la cascada pudimos estar a muy pocos metros de los buitres que, sin querer, nos habían animado a realizar aquella excursión. Uno, dos, tres… Cuatro teníamos, tal vez demasiado cerca, y nos maravillamos de la belleza y espectacularidad de estas criaturas.

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Habíamos visto antes de partir muchas imágenes de la cascada y la mayoría la presentaban seca, seguramente realizadas por visitantes de estos parajes en los meses estivales. Pero estábamos en los primeros días de enero, y el paisaje era espectacular.

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Casi sin quererlo habíamos disfrutado de una ruta increíble.

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De vuelta a Sigüenza compramos (auténtica) miel de La Alcarria y nos acercamos a la Oficina de Turismo, lo que nos permitió ver, a la luz del día, la impresionante fachada de la catedral.

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Paseábamos ahora por el Parque de la Alameda. A partir de 1808, en época del obisoo Vejarano, la antigua alameda recibió una ordenación arquetectónica neoclásica. Bajo la dirección del arquitecto Pascual Refusta, se rodeó de una barbacana, abierta por dos monumentales puertas. Se distribuyó su terreno con setos que separan sus espaciosas calles y se adornó con cuatro esbeltas pirámides de piedra rematadas con granadas en recuerdo del origen granadino de Vejerano.

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La Alameda ha sido y es un lugar de encuentro de lugareños y visitantes. Ilustres personajes pasaron, antes que nosotros, sus horas de asueto en este bello jardín, entre los que destacan Emilia Pardo Bazán, Pérez Galdós, Ortega y Gasset y Camilo José Cela.

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Nos acercamos a la Iglesia de Nuestra Señora de los Huertos, construida en el siglo XVI, y que combina las bóvedas de crucería gótica de su interior con una portada plateresca. Se alza sobre los vestigios de una antigua basílica visigoda y en su atrio se puede contemplar parte de una calzada romana y de una necrópolis. Adosada a la iglesia se encuentra el Convento de Clarisas, una buena opción para comprar productos artesanales típicos de la zona.

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El Palacio de Infantes fue nuestra última visita antes de la comida. Se sitúa en un callejón del barrio de San Roque y es una obra barroca del arquitecto Luis Bernasconi. Su nombre recuerda a los niños cantores de la Catedral que vivían en él.

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