En el precedente de este blog, del mismo nombre pero alojado en Blogia, me he preguntado varias veces si había vida más allá de los cantautores. Una de ellas fue allá por por febrero de 2008 después de asistir al inicio en el Teatro «Villa de Molina» de la gira nacional de presentación del último, por entonces, trabajo como compositor de Pedro Guerra («Vidas«).

Terminaba con un deseo: que no tuviera que pasar de nuevo tanto tiempo para volver a ver a este genio encima de un escenario. En aquella ocasión tuvieron que pasar algo menos de dos años para poder disfrutar de este genio, pues en enero de 2010 volvíamos a oírlo y a verlo en el coqueto Auditorio de Ceutí.



Del primero, del de Molina, comenté que había sido el mejor de los conciertos de Pedro a los que he asistido. Vamos a hacer una precisión: es el mejor de los que ha estado arropado por su banda, con los asiduos Vicente Climent, Marcelo Fuentes y Luis Fernández. El de Ceutí fue uno de los mejores recitales de Pedro que hemos presenciado, pues se bastó con su voz y su guitarra para convertirse en el mejor intérprete posible de varios de los más emblemáticos sones del repertorio latinoamericano y español.
Anoche, en el Teatro Circo de la capital, hicimos un viaje en el tiempo hasta mediados de 1995 para rememorar aquel «Golosinas«.

La foto del magnífico techo del teatro es mía. La del teatro, desde el escenario, la tomamos del propio Pedro en Twitter.


Una obra, como el mismo Pedro dice, que hoy en día sería imposible de grabar para alguien que se inicia en el mundo de la canción, más para un cantautor, en directo, y con la mayoría de los temas «a guitarra y voz«.

Me quedo, sin duda, con la primera parte del concierto, en la que desgrana en acústico aquellos diez temas que nos saciaron de golosinas en nuestra no ya tan juventud, que uno ya tenía unos años, y unas obligaciones, cuando cayó en sus manos aquella joya…

¿La belleza de lo simple? Así podría describirse el concierto. El público estaba rendido desde el principio al cantante pero, por si esto no era suficiente, después de dos o tres temas ya estás «absorbido» por su obra.

El final de esta primera parte del concierto es apoteósico. «Deseo» y «El marido de la peluquera» para finalizar. No se puede pedir más. De nuevo fue como si estuviéramos cantando con él, sin perder detalle de sus gestos y sentimientos al interpretar cada canción.

Todavía quedaba la parte instrumental del disco, para la que se acompaña de Tony Gil (de La Unión, aclara Pedro, de hecho su «ahijadita» estaba primero por el patio de butacas y luego por el mismo escenario) al bajo eléctrico y Guille Molina en la batería. «Biografía» para comenzar y «Contamíname» para acabar el repaso completo al mítico «Golosinas«.

Con esta canción «acababa este viaje», como el mismo Pedro nos hizo saber, porque «para tocar más canciones de Golosinas primero se las tendría que inventar porque no quedan«.
A continuación fue desgranando algunas de las canciones de su dilatado repertorio, sin conseguir complacer todas las peticiones que salían de las gargantas del público, algo que sería imposible, por otra parte. Mías faltaron unas cuantas, pero iba convencido de oír, por primera vez en directo, un directo que me marcó hace ya casi veinticinco años. El resto era un regalo.

Sin duda, un oasis en el desierto que supone el quehacer diario. Lástima que no podamos disfrutarlo más a menudo. Pero siempre nos queda su música, para acompañarnos en cada uno de esos momentos. Hasta la próxima, maestro.















