Guadalest 2019 (1)

Desde hace un par de años, el calendario escolar retoma la actividad lectiva dos días después de la celebración del Bando de la Huerta. No cabe duda que es una buena excusa para realizar alguna pequeña escapada después de la Semana Santa, que suele ser algo estresante y, este año, lluviosa además. Más tarde, coincidiendo con las fiestas patronales, se repite la ocasión. El año pasado los destinos fueron Milan y Granada, respectivamente. En esta ocasión, Hugh Jackman es el causante de que invirtamos el destino (internacional y nacional). Y Guadalest era el primero.

La meteorología estuvo a punto de arruinar la visita. La gota fría instalada sobre buena parte del Sureste había descargado más de 300 litros por metro cuadrado en Jávea, a tan solo 60 kilómetros de nuestro destino. El mismo día de nuestra partida.

Sin las prisas de ocasiones precedentes pusimos rumbo a Guadalest sobre las diez de la mañana. El viaje era relativamente corto. Y la lluvia nos acompañaba en buena parte de él. Y seguía haciéndolo cuando llegamos a este enclave del sector septentrional de la Marina Baixa, El Castell de Guadalest, un pueblo que ha sabido mantener, a través del tiempo, los rasgos más típicos de las poblaciones del interior alicantino.

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Situado en lo alto de un peñasco, a 595 metros de altitud, sus casas, encajadas en la roca, dominan un extenso valle enmarcado por las sierras de Xortà y Serrella al norte y la sierra Aitana al sur.

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El municipio fue declarado conjunto histórico-artístico en 1974. Está dividido en dos barrios claramente diferenciados. Uno es el del castillo, colgado en lo alto de la peña y protegido por la antigua muralla, que conserva todo su sabor medieval. Otro, de posterior creación, el del Arrabal, cuando la población aumentó y se trasladó a las faldas de la montaña.

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Accedimos al primero de ellos por un túnel excavado en la misma roca que sirve de entrada a la población. Encaramado sobre la misma peña, destaca el campanario exento de la iglesia parroquial. A su lado, encontramos los restos de una antigua fortificación conocida como la Alcozaiba, construida por los antiguos pobladores para defender la villa.

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Ascendiendo por la antigua escalinata que nos lleva al barrio antiguo y después de flanquear la entrada, nos encontramos ante la casona señorial de los Orduña, con su escudo en la puerta. 

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La «Casa Gran» de El Castell de Guadalest fue construida después del gran terremoto de 1644 que arrasó la comarca y asoló las dependencias del castillo. Las actuales dependencias de la casa se corresponden con el momento de máximo esplendor e influencia de la familia Orduña ejercida a través de D. Joaquín Mª de Orduña.

La casa ocupa un solar irregular. Por el este se apoya y supera las rocas, por el oeste es vecina de la iglesia parroquial llegando a ocupar espacios encima de las capillas de la parte de la epístola. Tiene cuatro niveles y una bodega, todos ellos accesibles por diversas escaleras.

Entre sus dependencias destaca la antesala y sala de la Virgen. En ella, una urna guarda la imagen procesional yacente de Nuestra Señora de la Asunción.

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La tabla colocada en el estero de la habitación trata el tema del «Tránsito o Dormición de la Virgen». Esta pieza del siglo XVI es la mejor pieza de la casa. Pudo ser el retablo de la primitiva iglesia de Guadalest. Se atribuye al «Maestro de Alcira» y se encuentra cronológicamente enrre 1527 y 1550.

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La custodia del siglo XVIII guardada en una vitrina se concibe como un sol radiante y su ástil es una figura con un símbolo eucarístico en su ano derecha y una cruz en la izquierda.

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Visitamos  la cocina, la despensa y el comedor antes de pasar a las salas nobles, que mantienen la disposición tradicional de salas y alcobas.

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La biblioteca es un de los conjuntos más atractivos de la casa. Posee un total de 1265 volúmenes. Los libros presentan diversos formatos y formas de encuadernación.

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Al salir de la biblioteca encontramos una sala adornada con resposteros con las armas de la familia Orduña.

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Por las antiguas escaleras de la casa se desciende hasta la planta baja, desde se accede al Castillo de San José, una fortaleza del siglo XI que se encuentra situada sobre la roca en la parte más elevada del municipio.

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Tuvo un papel muy importante a lo largo de la Edad Media y Moderna, gracias a su situación estratégica. Los terremotos de 1644 y 1748 y la voladura que sufrió en 1708 en la Guerra de Sucesión fueron los culpables de su destrucción.

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En la actualidad quedan en pie varios lienzos de muralla, la cisterna y la torre del homenaje.

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A su lado se alza la iglesia parroquial de la Asunción de la Virgen, construida en el siglo XVIII.

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El recorrido por la calle principal del pueblo permite admirar la arquitectura de sus casas de una sola planta, blancas y luminosas. Al final de esta calle, en la plaza, se encuentra el edificio del Ayuntamiento que antiguamente fue también juzgado y prisión. Desde aquí se disfrutan de unas vistas espléndidas al valle y del embalse de Guadalest.

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Era el momento de llegar al hotel, en la vecina localidad de Benimantell, y de comer, en Casa Paco, el restaurante anexo a él. Pero antes teníamos algo de tiempo para visitar sus empinadas y laberínticas calles, con callejones umbríos que nos evocan su diseño medieval.

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El edificio más sobresaliente es la iglesia parroquial dedicada a San Vicente Mártir, que emerge notoriamente, merced a su esbelta torre rectangular acabada en un cimborrio octogonal y coronada con tejado color añil barnizado.

Nos llevó nuestro tiempo el menú degustación que tomamos, que finalizó con una de las especialidades de la casa, el arroz al horno.

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Tras la digestión, y tras cesar la lluvia, decidimos volver a Guadalest para realizar una visita nocturna.

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El agradable paseo de algo menos de un kilómetro nos permitió ver un Gudalest casi «fantasmal» a estas horas de la tarde, lejos del bullicio generado por los turistas con los que habíamos coincidido por la mañana, a pesar de la lluvia. Una visión, no cabe duda, muy diferente de este maravilloso enclave.

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