Ámsterdam 2019 (1)

¿Tiene algún sentido relatar tus viajes por el mundo? No cabe duda de que es una buena pregunta, más cuando es el principal objetivo de este blog. Los viajes suponen la punta del iceberg de nuestra existencia cotidiana. Quedan en el recuerdo, en la memoria. Este blog permite, de vez en cuando, recordarlos. Porque el resto no se cuenta, se vive.

Son varias las ocasiones en las que he comentado que viajar puede llegar a convertirse en una especie de terapia. Y que cuando lo haces, cuando viajas, lo haces acompañado de preocupación, mucha preocupación, y de tristeza. A ratos consigues disfrutar el momento. Hasta tú, piensas, mereces unos días de descanso mental, más que nada para recargar las baterías que te permitan seguir con el día a día que te espera a la vuelta, que durará muchas semanas y meses, hasta la próxima escapada.

Así es la vida.

Decíamos al iniciar el relato de nuestro viaje a Milán que la aventura por la Costa Oeste había cambiado nuestra forma de viajar. Puesto que lo hacíamos en escasas ocasiones, siempre habíamos preferido que alguien con experiencia organizara todos los detalles, desde el alojamiento hasta el desplazamiento, incluidos los traslados…

Ahora, de nuevo, habíamos reservado con la suficiente antelación vuelos, hoteles, tarjetas y entradas. Sí, entradas, porque algo que empezó casi como una broma (ver a Hugh Jackman, alias “cafelitos”, en su gira mundial “The man. The music. The show”) fue el germen de este viaje.

No nos llevó tanto tiempo preparar el equipaje por la corta duración del viaje. En la madrugada del 16 de mayo tomamos rumbo a Alicante, dejando el coche en un parking de larga estancia cercano al aeropuerto. A las ocho de la mañana estábamos facturando el equipaje y preparados para, a las siete, tomar el avión que nos conduciría a Ámsterdam, al aeropuerto de Schiphol más concretamente.

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Tras coger el equipaje nos dirigimos a la estación de tren anexa, con el tiempo exacto de sacar los billetes (sin validar…) y tomar el que nos conduciría a la estación Central de Ámsterdam.

Su edificio neorenacentista, construido entre 1881 y 1889, es obra del mismo arquitecto que diseñó el Rijksmuseum, Pierre Cuypers. Con los años ha sido renovada y actualmente el área está rodeada por la construcción de la nueva línea de metro que conecta el norte y el sur de la ciudad.

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Nuestro primer objetivo, nada más aterrizados en la ciudad, era recoger nuestras “ya famosas” tarjetas I amsterdam, que habíamos adquirido “meses antes” con el objetivo de reservar nuestra entrada para el Museo Van Gogh (algo que no puedes hacer si no tienes la city card “físicamente”).

Con ella en nuestro poder accedimos al metro para dirigirnos al hotel. La salida estaba justo al lado del Teatro de la Ópera de Ámsterdam, sede del Ballet Nacional Neerlandés y la Ópera Holandesa, construido en la década de los ochenta del siglo pasado con una doble función: ayuntamiento y teatro de ópera. Por eso se lo conoce con el nombre de Stopera.

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El teatro está junto al río Amstel, al igual que nuestro hotel. Antes de la construcción del sistema de diques y canales, el Amstel desembocaba directamente en la bahía IJ. En 1936 se rellenó el último tramo, de modo que puede decirse que el río termina en el actual Rokin, aunque sigue conectado a la bahía por túneles subterráneos y, por supuesto, el sistema de canales.

Para llegar al hotel cruzamos un hermoso puente de piedra de diez arcos que cruza el Amstel, el Hogesluis, concebido al estilo parisino, en el que destacan pequeños obeliscos que sostienen pares de farolas.

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Una vez instalados fuimos conscientes de la hora que era. Era la hora de comer. La magnífica ubicación del hotel y su cercanía a la plaza Dam hizo que nos dirigiéramos a ella, dando nuestro primer paseo por calles y canales, abarrotados de gente a esa hora del día.

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Pero no podíamos esperar para admirar este centro neurálgico de la ciudad…

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En algún momento habría que probar la comida típica holandesa pero, para empezar, un buen plato de pasta y una pizza parecían un buen comienzo con vistas a reponer fuerzas para la tarde que nos esperaba. El sitio elegido fue la Pizzería Doria, a escasos metros de la plaza.

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Eran más de las cuatro cuando terminamos de comer, y la mayoría de monumentos cerraban a las cinco de la tarde. Tras contemplar el obelisco de 22 metros de altura con dos leones heráldicos en honor a los caídos durante la segunda guerra mundial en Holanda, realizado en mármol, decidimos posponer la visita al Palacio Real (Koninklijk Paleis) para otro día y nos dirigimos a la Iglesia Nueva (Nieuwe Kerk), ambos en la Plaza Dam.

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Aunque fue consagrada a la Virgen María y luego a Santa Catalina, se la conoce como Iglesia Nueva porque fue la segunda iglesia que se construyó en la ciudad (la primera es Oude Kerk, la Iglesia Vieja). En 1408, visto el aumento de la población, el obispo de Utrech autorizó la construcción de una nueva iglesia, aunque el edificio ya había sido comenzado en 1380, gracias a donativos de un rico comerciante, Willem Eggert.

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Diferentes remodelaciones y ampliaciones prolongaron su construcción durante siglos. Del edificio original de 1408 no queda casi nada tras el gran incendio de 1645, que la redujo casi por completo a cenizas. La iglesia fue reconstruida bajo la dirección de Jacob Van Campen en estilo gótico renacentista tratando de respetar el espíritu del edificio original. A diferencia de otras iglesias, la Iglesia Nueva carece de una torre importante.

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El interior, ampliamente iluminado por 75 ventanas y donde destaca un bello púlpito de caoba tallado por Vinckerbrinck, trabajo que le demandó quince años, guarda las tumbas de personajes importantes en la historia de Holanda, famosos almirantes que contribuyeron a establecer el poderío de la República Holandesa: Jan van Galen (1653), Michiel Adriaansz de Ruyter (1767) y Van Speyck (1831), entre otros.

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Aunque es el lugar de coronación de los reyes y reinas de Holanda y en ella se celebran las bodas reales, actualmente la iglesia ya no es utilizada para oficios religiosos sino que es una prestigiosa sala de exhibiciones temporales. La que nosotros tuvimos la ocasión de visitar fue la World Press Photo Exhibition 2019.

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Nos dirigimos, recorriendo de nuevo Damstraat hacia el Barrio Rojo, subiendo por Oudezijds Voorburgwal hacia la Iglesia Nueva (Oude Kerk).

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La Oude Kerk es la iglesia más antigua de la ciudad, inmersa en plena Zona Roja, rodeada de sex shops y tiendas eróticas. Fue erigida en honor a San Nicolás, el santo patrono de los marineros, para los que servía de punto de referencia su torre de 70 metros de altura. Tres siglos debieron pasar para que alcanzara su aspecto y dimensiones actuales.

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Su construcción habría comenzado a mediados del siglo XIII y, a pesar de sus 40 metros de largo, al cabo de 30 años ya quedaba pequeña, cuando Ámsterdam alcanzó la categoría de ciudad y atrajo nuevos pobladores de los alrededores.

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La iglesia se amplió entonces alrededor del año 1300, pero medio siglo después hubo necesidad de nuevas reformas. Las obras se paralizaron varias veces debido a los problemas económicos provocados por los incendios de 1412 y 1452, que si bien no afectaron mayormente a la iglesia, destruyeron casi totalmente la ciudad, construida esencialmente en madera. La expansión de la vieja iglesia se veía limitada por las construcciones de los alrededores, y además ya se estaba construyendo la Iglesia Nueva, con lo cual el presupuesto se veía reducido.

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A comienzos del siglo XVI, con el agregado de las capillas al norte y al sur, el plano de la Iglesia Vieja tomó las actuales dimensiones: 70 metros de largo, 60 metros de ancho y 20 metros de altura.

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Durante la Reforma, los iconoclastas destruyeron y robaron las imágenes y objetos valiosos de su interior. En 1578, con la victoria de los calvinistas sobre los católicos, la iglesia fue totalmente saqueada y sus frescos fueron cubiertos con pintura. La iglesia era refugio de vagabundos y los comerciantes iban allí a vender sus mercancías. Sólo en el siglo XVII fue recuperada, época de la que datan su púlpito actual y sus figuras conmemorativas.

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En el siglo XVIII se renovaron los dos órganos, que se destacan por su excelente calidad de sonido, y se construyeron un conjunto de pequeñas casas alrededor de la iglesia. Pero pese a todas las obras de restauración realizadas paulatinamente, la madera seguía su proceso de putrefacción, y a principios del siglo XX la iglesia debió ser cerrada por peligro de derrumbe. Las últimas reparaciones finalizaron en 1979, la Iglesia Vieja pasó a ser basílica y obtuvo la calificación de Monumento Europeo.

Rembrandt solía ir a menudo a la Oude Kerk acompañado de su hijo Titus. De hecho, la tumba de su esposa Saskia se encuentra en la iglesia, junto a las de arquitectos, almirantes y escritores importantes.

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Seguíamos paseando junto al canal en dirección a la Iglesia de San Nicolás, sorpendiéndonos de las fachadas de los edificios inclinadas hacia delante. Situada en la calle Prins Hendrikkade, en el frente marítimo al otro lado de la estación, esta iglesia relativamente nueva se construyó entre 1884 y 1887 en honor al patrono de la ciudad.

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La fachada de la iglesia, que combina los estilos neo-renacentista y neo-barroco, resulta un tanto seria, con sus dos imponentes torres que dan sobre el antiguo muelle y la roseta central, mientras que la parte posterior se extiende hasta el canal Oudezijds, lo cual la hace visualmente aún más importante.

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