El Palacio de Invierno era la residencia principal de los zares rusos, cosa que determina su carácter fastuoso, el Hermitage Pequeño fue construido para la vida privada de Catalina II. La emperatriz quería descansar de la vida oficial en un lugar más acogedor. Por ese motivo el palacio fue denominado “Hermitage”, palabra francesa que significa “ermita”, y a él solamente podrían acceder sus invitados personales.




La mesa del comedor del Hermitage descendía a la planta baja, con ayuda de un mecanismo especial, allí era preparada por los sirvientes y luego volvía a subirse una vez ya preparada, así se evitaba que la servidumbre importunara a Catalina y sus huéspedes.




Este comedor con la mesa levadiza ya no existe; el palacio fue reconstruido en la segunda mitad del siglo XIX y en su lugar hay una maravillosa sala-pabellón adornada con galerías, rejas doradas, mosaicos esmaltados, la denominada “fuente de las lágrimas”, centelleantes arañas de cristal de roca.
En la sala se expone también el reloj Pavo real, obra inglesa del siglo XVIII. Cuando el reloj da las horas el pavo real instalado en un roble abre su opulenta cola y da la vuelta mostrándola. Las ventanas de esta sala miran al jardín colgante, dispuesto sobre las bóvedas de la planta baja.



Hacia finales del reinado de Catalina II, la colección del Hermitage contaba con 3.000 cuados, casi 7.000 dibujos, más de 70.000 grabados y 10.000 piedras talladas, que eran su afición especial. Pero sus colecciones no eran accesibles al público. Ahora visitan el Hermitage unas dos millones y medio personas cada año.




Se dice que si una persona dedicara solo un minuto a contemplar cada pieza del museo, necesitaría cuatro años y medio, sin descanso, para verlas todas. Nosotros, por desgracia, disponíamos, tan solo, de una mañana, por lo que era necesario seleccionar lo que deseábamos ver.




El Hermitage viejo fue construido en la década de 1770 para instalar la creciente colección artística de Catalina II. Ahora en este palacio se encuentran obras de los maestros de renacimiento italiano: se expone «Judit», obra maestra de Giorgione, la poética «Virgen de la Anunciación» de Simone Martín, obras de Fra Angelico y Boticelli…






Se han conservado tan solo unas doce auténticas obras pictóricas de Leonardo da Vinci, a las que pertenecen las dos «madonas» del Hermitage. En «La Virgen de la flor» o «Madona de Benois» (antes pertenecía a la familia del arquitecto L. Benois), ejecutada en la entonces novedosa técnica de la pintura al óleo, la Virgen está representada como una jovencita florentina, en vestido secular, jugando con su hijo.

Sin embargo, los elementos de la vida real se compaginan en el cuadro con los símbolos tradicionales: encima de las cabezas de la madre y la criatura fulgen nimbos dorados, y la flor de cuatro pétalos que intenta apresar el Niño recuerda una cruz.

La otra imagen de la Virgen, pintada en la tradicional para Italia técnica del temple, «La Virgen y el Niño», también llamada «Madona de Litta», llamada así por el nombre de su primer propietario, el conde milanés Litta, presenta el ideal de belleza del Alto Renacimiento, en el cual la perfección física y espiritual son inseparables.


Entre las obras de la célebre colección de Tiziano destaca «San Sebastián», pintado al final de la vida del gran maestro veneciano con trazos amplios e impetuosos, realizados no sólo con el pincel, sino a menudo con los dedos, lo que le da una expresión especial.

En el edificio del Hermitage nuevo encontramos una parte de la colección de los maestros italianos, que fue construido por Nicolas I y abrió las puertas al público hace 150 años. Aquí se encuentra arte italiano de los siglos XIII al XVIII. «La Anunciación» de Martini, «La visión de San Agustín», de Lippi, «La virgen y el niño» de Fra Angelico, «El tañedor de laúd» de Caravaggio.



El único ejemplar escultórico en el Hermitage de la producción del gran maestro Miguel Angel, «Niño acurrucado», pertenece al periodo de su labor en la Capilla de los Medici, en Florencia.

Todas las trazas que caracterizan las obras de Miguel Angel de ese periodo se observan, en toda la medida, también en esta pequeña escultura.

El cuerpo humano arqueado recuerda un resorte provisto de enorme energía. Al mismo tiempo, el rostro, las manos y los pies del niño están apenas insinuados. Sumido como en un letargo, él se presenta trágicamente inmovilizado.

En las Grandes Salas de techo encristalado, decoradas con vasos de malaquita y lapislázuli, se hallan la exposición de pintura italiana y la colección de pintura española, considerada como una de las mejores fuera de las fronteras de España.





En ella se puede ver obras de El Greco, Velázquez, Ribera, Zurbarán, Murillo y Goya. La riquísima colección de los pintores españoles del siglo de oro perteneciente al banquero Coesvelt, reunida durante la guerra napoleónica, llegó al Hermitage en 1814.




En esta época las adquisiciones se hicieron ordenadas y el museo compraba las obras que se consideraban imprescindibles para reflejar con plenitud la historia del arte. Además de las pinturas españolas, a principios del siglo XIX se adquirieron cuadros de maestros de los Países Bajos. Esta colección no es grande pero tiene obras maestras de Robert Camping, Roger van del Weyden y Hugo van del Goes.


En todas las épocas los coleccionistas de Rusia tuvieron una afición especial por el trabajo de los pintores flamencos y holandeses del siglo XVII. Cinco salas del Hermitage Nuevo atesoran obras de Rubens, desde las más tempranas hasta las últimas, célebres retratos de Van Dyck, escenas de caza de Paul de Vos y abundantes naturalezas muertas de Frans Snyders. La colección de pintores holandeses cuenta con más de mil cuadros de todos los géneros.





Los lienzos de Rembrandt ocupan una gran sala y dan una clara idea de toda su obra creativa: el retrato juvenil de su esposa Saskia, representada como la diosa Flora, el trágico Descendimiento de la cruz, el penetrante retrato del anciano en rojo… y al final la joya de la colección, el regreso del hijo pródigo, escena evangélica en que el maestro pudo expresar su fe en el bien y en el amor humano.






La colección del arte francés de los siglos XV al XVIII es la segunda en importancia en el mundo después de la del Louvre. Los lienzos de Poussin, Watteau y Chardin se alternan con creaciones de los mejores escultores franceses y una riquísima colección de arte aplicado.
«Cupido amenazando», de Etienne-Maurice Falconet, es una de las estatuas más populares del Rococó. La figura del pequeño travieso dios del amor fue encargada al escultor por su protectora, la marquesa de Pompadour.


Dejamos sin visitar, pendiente para nuestro regreso a San Petersburgo, la colección de los impresionistas ubicada en el Estado Mayor General. Digna de contemplar, sin duda. Con todo, no habríamos admirado «La danza», de Henri Matisse. La explicación, la habíamos visto el día anterior en el Museo Pushkin de Moscú…

Sí que se encontraba en nuestro itinerario «La Virgen con el Niño debajo del manzano», de Lucas Granach el Viejo, pero tampoco la hubiéramos encontrado. Eso sí, también la habíamos admirado hacía unos meses, pues era una de las joyas del Hermitage de San Petersburgo que vimos en la exposición temporal ubicada en la sede de Ámsterdam de este prestigioso museo.
















