Moscú, San Petersburgo 2019 (11)

Cierto es que en nuestros viajes por el mundo siempre he intentado que tengan un “toque científico”. La visita a la tumba de Galileo en la Iglesia de la Santa Croce en Florencia, o al Museo Galileo de esa misma maravillosa ciudad. La visita a la tumba de Newton en la Abadía de Westminster, en Londres. O a la tumba del astrónomo danés Tycho Brahe, que se encuentra en la Iglesia de Tyne en Praga. Y la de Marie Curie, sita en el Panteón de París, donde se puede contemplar, además, el original péndulo de Foucault.

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Sin saberlo (para qué engañarnos) uno puede estar tranquilamente paseando por las salas de The Metropolitan Museum of Art en New York y “saltarse” el maravilloso Retrato de Antoine Lavoisier y su esposa que tantas veces has contemplado en los manuales de Química…

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Y, sin ir tan lejos, pude visitar en Segovia el laboratorio donde el ilustre químico francés y profesor del Real Colegio de Artillería, D. Louis Proust, descubrió la Ley de las proporciones definidas.

Pero ahora estábamos en San Petersburgo, casualidades de la vida, en el Año Internacional de la Tabla Periódica y de los Elementos Químicos. Y no habría podido explicar a nadie que, estando allí, no hubiera hecho un paréntesis para visitar las huellas del científico ruso más famoso, Dmitri Mendeléyev, y menos en «su» Año.

Bien es cierto que el apretado programa, y tal vez el periodo vacacional, no me permitió visitar el museo que la ciudad de San Petersburgo dedicó a Mendeléyev apenas cuatro años después de su muerte, en 1911, ubicado en las mismas dependencias que ocupaba el científico. La universidad y la Sociedad Rusa de Química compraron a su viuda la biblioteca, los archivos y algunos muebles, y lo mantuvieron todo en el mismo emplazamiento en que estaba. El comedor y el dormitorio son ahora espacios de exposición.

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Pero algo se podría hacer…

San Petersburgo fue la ciudad donde Mendeléyev desarrolló su actividad científica y técnica principal. Por ello la ciudad le erigió una estatua, dio su nombre a una calle y a un instituto de secundaria donde había impartido clases, y fundó el citado museo en las dependencias que había ocupado cuando era profesor en su universidad.

El monumento era mi objetivo desde antes de partir hacia Rusia. La verdad es que las guías turísticas más comunes no citan este monumento, que está un poco alejado del centro histórico y turístico.

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Se encuentra en número 19 de la avenida de Moscú (Moskovskiy Prospekt), en un jardín exterior sin cerrar del Instituto de Investigación en Metrología, y que fue la sede de la Oficina de Pesas y Medidas donde trabajó Mandeléyev desde el 1893 hasta su muerte, el 1907. Allá se hizo famoso por implantar normativas para asegurar la calidad del vodka.

Si bien uno se puede acceder al monumento fácilmente desde el metro (para los que viajen a San Petersburgo: estación del Instituto Tecnológico, Tekhnologicheskiy Instituto, líneas 1 o 2), era una excusa perfecta para salir a correr por su relativa cercanía a nuestro hotel. Y había llegado el gran día.

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Emocionado por correr por las calles de San Petersburgo en una fresquita mañana, en poco más de veinte minutos de carrera junto al río Fontanka me encontraba frente al monumento, que consta de dos partes: la estatua del científico y una tabla periódica en la pared.

El escultor de la estatua fue Ilya Ginzburg, que fundió una primera versión de la estatua en bronce durante los últimos años de la vida de Mendeléyev. Varios años después, el 1930, la presentó a la academia. El 1932 se aprobó instalarla donde está ahora, pero se realizó una versión mayor, la actual.

La escultura muestra al científico sentado, con un libro en su regazo, fumando una papirosa, que es un tipo de cigarrillo ruso con el tabaco ubicado en un tubo de papel largo y casi vacío. Al pie de la escultura hay una inscripción casi ilegible, y que no pude descifrar.

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La tabla periódica de la pared es de dimensiones considerables, y está fabricada en cerámica. Tiene la estructura de las tablas de Mendeléyev de 1871 y los años siguientes. Hay símbolos en rojo, y otros en azul. No me pregunten por el código de colores. En algunas descripciones de webs indican, de forma errónea, que los elementos en rojo eran los que se conocían en vida del científico, y en azul los que se añadieron desde su muerte hasta el momento de hacer el mosaico; pero un análisis rápido de algunos elementos hace ver que esta explicación es errónea.

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Figuran en rojo los elementos predichos por Mendeléyev. Escandio (identificado en 1879), galio (1875) germanio (1886) y también el radio (1898). En azul figuran muchos metales lantanoides: praseodimio, neodimio, samario, europio, gadolinio, terbio, disprosio, holmio, erbio y tulio -con símbolo Tu, no el actual Tm-, lutecio, y los metales de transición hafnio, renio, polonio, actinio y protactinio.

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Los símbolos de los elementos iniciados con la letra i mayúscula están todos representados con la letra j mayúscula, quizás para evitar confusiones con la l (ele) minúscula. Así, el indio figura con el símbolo Jn, el iridio con el símbolo Jr y el yodo con el símbolo J. También el disprosio es singular, pues aparece representado por Oy, quizás por la forma de la d mayúscula en el alfabeto cirílico, que es д.

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En la posición del actual prometio figura un desconocido Jl, que probablemente haga referencia al illinio (de símbolo Il, de Illinois), un elemento realmente no existente que se creyó descubrir el 1926. En la base de la tabla figuran las fórmulas genéricas de los óxidos y de los hidruros que los elementos forman.

La tabla periódica tiene al lado una frase enalteciendo la ciencia, del mismo Mendeléyev, frase que no se puede leer completa.

Se puede observar que Mendeléyev tiene la nariz amarilla, o más exactamente, dorada. Se cuenta que, en época de exámenes, los estudiantes frotan la nariz del sabio con la mano y así confían que aprobarán la química. Los que no llegan a la nariz, que está bastante alta, le frotan el pie, pero eso debe ser menos eficaz… Es evidente que yo me conformé con frotar el pie de la escultura, pensando en transmitirles la suerte a todos mis alumnos.

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Satisfecho por el encuentro con el gran químico ruso regresaba al hotel cuando pensé que el recorrido que haría esa mañana sería algo reducido (unos seis kilómetros y medio). Por este motivo, cuando alcancé de nuevo la Avenida Nevsky, muy cercana al mismo, decidí seguir por la orilla del Fontanka para hacer algún kilómetro más.

Con la emoción de la carrera no observé que el río daba una curva y no seguía su curso perpendicular a la avenida. Resultado: unos minutos después estaba, literalmente, perdido.

Corría sin rumbo por la ciudad de San Petersburgo, prácticamente desierta a esa hora de la mañana. Sin parar de correr cambié varias veces de dirección y debo agradecer a dos amables señoras que, con las limitaciones propias del idioma, supieran “guiarme”, de nuevo, a la Avenida Nevsky. Eso sí, cuando pensaba que saldría casi junto a la estación de ferrocarril, salí a ella justo al lado del puente Ánichkov (en el lugar más insospechado para mí). Por lo menos, la situación estaba salvada. Al final el reloj nos tuvo que felicitar por haber recorrido la mayor distancia desde que empecé a correr hace ya más de tres años.

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Ya con el tiempo justo de ducharnos, vestirnos y bajar a desayunar antes de partir hacia la Pushkin, la Villa de los Zares (Tsárskoye Seló), nuestra visita para esa mañana.

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