Moscú, San Petersburgo 2019 (12)

Tsárskoye Seló, la Villa de los Zares, constituye un conjunto monumental que durante casi dos siglos fue residencia de la familia imperial rusa y centro de recibimiento de la realeza y la nobleza.

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El conjunto de palacios y parques, hoy en la vecina ciudad de Pushkin, a 24 kilómetros al sur de San Petersburgo, forma parte del Patrimonio de la Humanidad.

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El territorio, donde actualmente se erige pertenecía en el siglo XVII a los suecos, hasta que en 1702 fue conquistado por el Zar ruso Pedro el Grande durante la Gran Guerra del Norte. El nombre del lugar tiene origen finés, “Saari Mois”, la Villa Alta. La palabra “saari” se asemejaba al ruso “zar”, por lo cual el nombre original fue asimilado por los rusos como Tsárskoye Seló, y no sin razón.

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En 1710, el Zar Pedro el Grande donó los territorios a su esposa, la Zarina Catalina I, que los convirtió en su coto de caza. Un año más tarde, tras ser proclamada oficialmente Emperatriz de Rusia, Catalina inició allí la construcción de una casa de campo, que llegaría a ser un majestuoso palacio, la predilecta residencia veraniega de la realeza rusa.

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El primer palacio de Catalina I, muy pequeño y modesto a pesar de su categoría, fue levantado en el año 1717 por el arquitecto alemán Johann-Friedrich Braunstein. Isabel I de Rusia (que reinó entre 1741 y 1762), era la segunda hija de Pedro el Grande y Catalina I y consideró que la residencia de su madre estaba pasada de moda y era incómoda. Por eso encargó a los arquitectos rusos Mijaíl Zemtsov y Andréi Kvásov que ampliaran el Palacio de Catalina.

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Un año y medio más tarde entregó la dirección de las obras al destacado arquitecto ruso, Savva Chevákinski, cuyo proyecto determinó la fisonomía arquitectónica del conjunto: el edificio central rodeado de un gran jardín, construcciones en forma de circunferencias que albergan las dependencias palaciegas y la iglesia. Chevákinski decoró la fachada principal con estátuas doradas, al gusto de la época, y el palacio cobró majestuosidad.

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Sin embargo, le pareció poco a la Emperatriz Isabel y en 1751 pidió a su arquitecto de corte, Bartolomeo Rastrelli que demoliera la antigua estructura y la reemplazara con un edificio mucho más grande en un llamativo estilo rococó. La construcción tardó cinco años y el 30 de julio de 1756, el arquitecto le presentó a la Emperatriz el flamante nuevo palacio. Los 310 metros de su fachada estaban decorados con una serie de columnas, atlantes y grandiosos ventanales con una combinación de tonos azul, dorado y blanco que rompían la monotonía y creaban una fantasía espectacular a la vista.

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Al mismo tiempo, continuaban los trabajos de diseño y decoración de los jardines palaciegos. Toda la extensión arbolada se divide en dos: frente al palacio se diseñó un enorme jardín formal, más arquitectónico y geométrico, mientras el resto fue concebido como un parque inglés, donde la naturaleza cobra su protagonismo ornamental.

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Un edificio llamado la Galería Cameron separa los dos jardines. Debe su nombre al arquitecto escocés Charles Cameron, contratado por Catalina II, la Grande, amante del estilo neoclásico. Cameron construyó los apartamentos personales de la Emperatriz, una estructura de reminiscencias griegas conocida como las Habitaciones de Ágata y diseñadas de manera que enlazaban con los Jardines Colgantes, los Baños fríos y la Galería de Cameron (que todavía conserva una colección de estatuas de bronce): tres edificios neoclásicos construidos conforme a los diseños de Cameron.

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Otro arquitecto invitado, el famoso italiano Giacomo Quarenghi, construyó por encargo de Catalina la Grande el palacio de Alejandro, un regalo de la Emperatriz a su querido nieto, el futuro Emperador Alejandro I. Una leyenda cuenta que tanta debilidad tenía por su nieto Alejandro que una mañana, al ver una preciosa rosa blanca en el jardín, quiso regalársela. Para que nadie arrancara la flor ordenó colocar un centinela al lado del rosal. La Emperatriz se olvidó de su orden y los centinelas continuaron relevándose durante muchos años.

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Durante el reinado de esta Emperatriz se termina de diseñar el Parque de Catalina y los interiores del Gran Palacio. Pero algunos trabajos puntuales continuaron hasta finales del siglo XIX, así que el conjunto arquitectónico de Tsarskoye Selo conserva la impronta de todos los zares rusos.

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Durante la Gran Guerra Patria (1941-1945), las tropas de la Alemania Nazi destruyeron casi por completo el palacio y los jardines de Tsarskoye Selo. Los arquitectos soviéticos hicieron un arduo trabajo de reconstrucción, mientras las fotografías del Palacio de Catalina en ruinas fueron presentadas como pruebas acusatorias durante el famoso Proceso de Nuremberg.

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Tsárskoye Seló, además de una majestuosa residencia imperial, es un lugar donde habitan las musas. En 1811, Alejandro I creó el Liceo Imperial, una escuela de enseñanza superior para hijos de familias nobles. Entre los primeros alumnos del Liceo estuvieron el célebre poeta ruso Alexandr Pushkin, el destacado diplomático Alexander Gorchakov, el escritor Mijaíl Saltikov-Shchedrín y muchos más. La tradición literaria de Tsárskoye Seló continuó en el siglo XX con Ana Ajmátova, Innokienti Ánnenski y otros poetas y escritores.

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La entrada al Palacio comienza en la escalera blanca, que divide las estancias situadas al norte y al sur. A partir de ahí, fuimos siguiendo el cordón dorado que va aislando las salas para evitar que visitantes como nosotros se vayan desperdigando…

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Para abrir boca, pasamos al gran salón dorado, una inmensidad de espejos elbejos, marcos de oro, candelabros y un techo sin fin del que colgaba una inmensa lámpara de araña de cristal.

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De aquí pasamos a la Antecámara, la sala contigua al salón de baile, que contiene unas enormes estufas azules y blancas, hechas no sólo con cerámica de Holanda sino por maestros ceramistas de la región de Delft, traídos hasta aquí para enseñar a los artesanos rusos.

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Pasamos a continuación a la antesala de los caballeros al comedor.

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Es el lugar perfecto para admirar la “enfilada dorada”, una sucesión de marcos dorados que va dando paso a la colección de habitaciones más surrealistas que pueda tener una residencia de este tipo: el comedor oficial, el comedor verde, la habitación de las flores o la habitación de porcelana azul.

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Y, por fin, llegamos a la sala de ámbar…

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La Cámara de Ámbar original situada en el Palacio de Catalina fue una lujosa habitación del zar de Rusia decorada con un conjunto de paneles de distintos tamaños, zócalos y muebles formados por miles de astillas de ámbar cuyo precio era doce veces superior al del oro.

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La Cámara fue un regalo de Federico Guillermo I de Prusia al Zar Pedro el Grande para estrechar las relaciones diplomáticas entre ambas naciones. Desde entonces fue ampliada y considerada el orgullo de Rusia, incluso tras la Revolución.

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La Emperatriz Isabel I decidió instalar la Cámara en el Palacio de Tsárskoye Seló. Para no dañar los frágiles paneles 75 soldados de la guardia personal de la Zarina hicieron los 25 kilómetros que separan San Petersburgo de la Tsárskoye Seló a pie, cargando con las cajas. Durante la Gran Guerra Patria, los alemanes incluyeron la joya en la lista de obras de arte para su saqueo y la trasladaron al castillo de Königsberg, donde se perdió su rastro.

En 2003 fue remplazada por una copia. La inauguraron durante los festejos del 300 aniversario de San Petersburgo.

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Al salir del palacio dimos un agradable paseo por los jardines de la villa, aprovechando para hacer una nueva foto de grupo.

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Fue el magnífico preámbulo a la comida, en un típico restaurante local, Podvor’ye (Подворье, Fil’trovskoye Shosse, 16, Tyarlevo, Sankt-Peterburg).

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El vodka con el que nos recibió, inicio de una simpatiquísima velada, era el mejor augurio de una buena comida. La armonía y el buen ambiente reinaba en el grupo, más cohesionado después de unos cuantos días de convivencia.

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La típica comida rusa, acompañada de una muestra de folklore local, tuvo su brillante colofón con la interpretación del universalmente conocido “Canto a Murcia” de La Parranda, a cargo de nuestros compañeros del Cabezo de Torres, que incluso hizo que se nuestros teutones compañeros de sobremesa se arrancaran con sus cánticos autóctonos.

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De vuelta a San Petersburgo, era el momento de tomar un barco y navegar por el Neva y los ríos y canales interiores de la ciudad. Este tipo de paseos siempre te da una nueva perspectiva de la arquitectura y los rincones de las ciudades. El tiempo acompañaba y pudimos contemplar de nuevo la espectacularidad y la riqueza monumental de San Petersburgo, ahora desde el agua.

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Mención especial merece el crucero Aurora, un buque de guerra que participó en los disturbios sociales, militares y políticos en Rusia en el siglo XX. Construido en 1897, el crucero armado estaba utilizado durante la Guerra Ruso-Japonesa de 1904-1905. Al final de la guerra, golpeado por un torpedo, logró escapar de la captura japonesa y fue reparado, siendo readaptado y utilizado durante la Primera Guerra Mundial.

Fue estacionado en San Petersburgo en 1917 y se convirtió en uno de los símbolos de la Revolución de Octubre después del 25 de octubre de 1917, después de que un golpe vacío fuera disparado por su lastre, marcando el comienzo del ataque al Palacio de Invierno, que debía ser el comienzo de la Revolución de Octubre.

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Al igual que el Palacio de Mármol, un monumento arquitectónico único de la segunda mitad del siglo XVIII. La construcción del palacio se inició en 1768 y se terminó en 1785. El material principal de construcción de la decoración exterior e interior del edificio era una piedra natural: granito y mármol de diferentes colores, que imparte el palacio una originalidad única.

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Vuelta al hotel. Y vuelta a la Avenida Nevsky para visitar algún centro comercial y localizar algún cercano local donde tomar algo para cenar y cerrar así, una intensa jornada.

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