¿Cómo es eso de comer en un restaurante con estrella Michelin? Es obvio que no podemos ir todos los días. Posiblemente, tampoco sería divertido hacerlo a diario, o sí. Sin embargo, no es algo que sea imposible.
Una vez oí decir a Juan Mari Arzak que a su casa en Donosti van familias y obreros que ahorran durante todo el año para ir a probar sus platos. Lo cierto es que hay muchos restaurantes distinguidos con al menos una estrella por la guía francesa en los que probar la alta cocina no es mucho más caro que otras opciones de ocio.
Y no es menos cierto que a nadie le amarga un dulce. Por este motivo, cuando se ha presentado la oportunidad no lo hemos dudado.
Y así hemos degustado los manjares de La Finca de Susi Díaz en Elche.
El Restaurante El Doncel, de Enrique Pérez, en Siguenza.
El Restaurante Magoga, de María Gómez, en Cartagena.
Y, recientemente, Casa Gerardo, de Pedro y Marcos Morán, en Prendes.

Varias eran las ocasiones que habíamos planeado la visita al Restaurante La Cabaña Buenavista, de Pablo González, que no cristalizaron por diversos motivos.
Hasta el pasado 20 de octubre…
Llegamos con algo de antelación a la hora reservada pero no fue ningún problema para que nos recibieran con una copa de cava y una cerveza.
La experiencia sigue un recorrido prefijado: jardín, huerto, terraza y cabaña. En el jardín tomamos los primeros cuatro aperitivos en sendas estaciones temáticas a las que nos vamos desplazando paseando tranquilamente.
La temática del recorrido por el Jardín, primera parte del menú, es la poesía española.
En versos de Federico García Lorca, «poesía es la unión de dos palabras que uno nunca supuso que pudieran juntarse, y que forman algo como un misterio«.
Comenzamos con la estación dedicada a Gustavo Adolfo Bécquer, en la que degustamos una ventresca de bonito curada en naranja con escabeche de zanahoria emulsionada y brotes de hinojo marino y zanahoria.


Antonio Machado fue nuestro siguiente poeta. En esta estación la canana era la protagonista, en varias presentaciones: tartar, salteada con ajo, jugo de suquet, aire. Acompañado de un picado de piñones, ajo asado, perejil y pan frito.


Seguimos caminando por el jardín hasta llegar a la estación dedicada a Juan Gil de Biedma. Allí probamos un aperitivo en el que, ahora, el foie era la estrella. Foie a la planta, espuma de foie, royal de foie, polvo de foie y un demiglas de pollo y coñac.


Finalizamos nuestro paseo por el jardín con Vicente Aleixandre. Crema de trompeta de la muerte y queso azul, junto al queso azul y la trompeta de la muerte confitada. Cacahuete frito y crema de cacahuete.


Del jardín pasamos al huerto. En él se elabora en el huerto un plato denominado se llama verduras en modo ancestral. Se comienza sacando del barro una calabaza que se ha asado cubierta de él. Una oreja de cerdo glaseada, verduras que salen de debajo de la tierra, nitrógeno líquido… Una preparación para ser admirada y para disfrutar finalmente del sabor de ese plato.

Del huerto pasamos a la terraza del restaurante.
En ella se brinda un homenaje a las más importantes civilizaciones a lo largo de la historia: Egipto, China, Roma, Grecia y Maya.

Una espectacular presentación de cinco snacks llenos de sabor. Y fenomenalmente acompañados por un vino blanco del Rhin.


Tras la terraza pasamos a la cabaña para disfrutar, ya sentados en nuestra mesa, del resto del menú degustación Experience.
Comenzamos con una serie de snacks en sala, con los que degustar nuestra Región.

Sierra Espuña.
Mar Menor.
Noroeste.
Y Altiplano.
Aunque ya llevábamos cerca de dos horas en el restaurante, es en este momento cuando comienza el menú. Mantequilla AOC Charentais-Poitou, con pan de semillas. AOVE Ecológico Cabaña, elaborado a partir de los propios olivos de la Finca Buenavista, con pan de aceitunas. Y para completar un paté de hueva de mújol, con baja curación, acompañado de pan de almendras.
Con la llegada de los platos principales era el momento oportuno para pedir una botellla de vino tinto, a elección del sumiller, que nos acompañara hasta el final de la comida. Un Ribera del Duero (Matanegra), fue el elegido.

El primer principal consistió en espardeñas rustidas, judías verdes a la brasa y licuado de sus semillas, acompañado de blini con emulsión de michirones y menta.
El siguiente plato principal fue un taco de merluza negra, patatas ahumadas y emulsiones cítrico-herbáceas. Las salsas se presentan en sendas caracolas, con la indicación de verterlas juntas sobre la merluza, y una focaccia de calamar y manzanilla.
El último de los platos principales es el lomo de corzo, mini calabacín al enebro y queso al momento, acompañado de un pan de masa croissant calentito para rebañar y crujiente de zanahoria. El queso había sido elaborado ante nosotros mientras degustábamos algunos de los platos del menú, siguiendo todos los pasos necesarios para hacerlo.
Con el recuerdo en la mente del espectacular carro de quesos de Magoga llegó el turno de la degustación de quesos. Otra irresistible tentación para unos amantes del queso como nosotros.

Y, por fin, los dulces, el «mundo dulce». Para ello, seguimos al personal de sala a un cuarto oscuro donde una voz en off nos introducía en Matrix. Finalmente, aparecieron ante nosotros cuatro cápsulas de colores verde, rojo, naranja y marrón. Cogimos una de ellas y la introducimos en el pastillero que previamente nos habían entregado. May optó por el rojo. Yo, por el marrón.
Ya en la mesa nos sirvieron un cocktail Ginger Gin, caliente y frío. El toque final era la cápsula que habíamos elegido previamente, que espolvoreamos sobre la copa a modo de toque final.
Si la poesía había sido la temática de los aperitivos del jardín, otro arte escénico, el cine, era el hilo conductor del postre. Cuatro posibilidades se presentaban ante nosotros. El silencio de los corderos. El cartero siempre llama dos veces. La naranja mecánica. Y, finalmente, Charlie y la fábrica de chocolate.




La cápsula que elegimos en la sala oscura había decidido por nosotros. Los frutos rojos para May y el chocolate para mí.
Finalizamos la experiencia con una degustación de chocolates. Chocolates de Venezuela, Papúa, Madagascar y Nueva Guinea, de diferentes intensidades y matices interesantes.
El café ponía punto y final a una experiencia gastronómica de más de tres horas y media.
…aunque todavía al salir del restaurante nos esperaba el último detalle, la despedida árabe, un cucurucho de helado al más estilo moruno.
Posiblemente, la experiencia vivida en el Restaurante Cabaña Buenavista trasciende lo meramente gastronómico. La puesta en escena, la capacidad de sorprender y, lo más importante, el sabor, hacen un conjunto de difícil comparación.

Ojalá no falten buenos motivos y buenas razones para volver una y otra vez a este paraíso para los sentidos de Pablo González.






















































