Egipto 2022 (5)

Navegábamos hacia Esna. Probablemente, el retraso a la hora de zarpar la motonave de Luxor hizo que no pudiéramos contemplar el paso de la esclusa, que hicimos bien entrada la noche, continuando travesía hacia Edfú, a medio camino entre Luxor (109 km) y Aswan (123 km), a la que llegamos antes del desayuno.

Desde el puerto donde estaba atracada nuestra motonave, hasta el Templo de Edfú, hay unos quince minutos de trayecto que salvamos en calesa. Una experiencia, sin duda. Compartimos viaje con Isabel y Pedro, con anécdota incluida, pues Isabel se bajó del carruaje sin el móvil y, aunque lo normal hubiera sido que no apareciera, un alto cargo de la policía local se lo devolvió horas más tarde, a la finalización de la visita.

El Templo de Edfú es un templo greco-romano que fue dedicado al dios Horus, convirtiéndose en uno de los más grandes del Antiguo Egipto, solo por detrás del Templo de Karnak en Luxor. Es posiblemente, además, uno de los mejor conservados del país, y cuenta con una longitud de 137 metros y una altura de 36 metros.

El Templo se construyó entre el año 237 a.C. y 57 a.C, durante la era Ptolemaica, tras la conquista de Egipto por parte de Alejandro Magno, en el año 323 a.C. Sus sucesores, los Ptolomeos, eran griegos, pero imitaron las tradiciones y replicaban la arquitectura de los egipcios de la época. Por este motivo, cuenta con varias instancias típicas de ella como el pilono, las salas hipóstilas y una cámara de ofrendas, además de la sala central y el santuario del templo.

Las inscripciones en las paredes del templo son como un libro abierto que brinda una exhaustiva información sobre su construcción, de referencias mitológicas y religiosas y de cómo era la vida en el Antiguo Egipto.

El templo fue abandonado en el año 391 d.C debido a que se prohibió el culto no cristiano. De hecho, el techo de la sala hipóstila de columnas se puede ver dañado debido a que, cuando ocurrió esto, los cristianos quemaron cualquier imagen religiosa o estatua que no fuese cristiana, destrozando así cualquier culto de la época.

A partir de este momento el templo quedo abandonado y enterrado bajo las casas que se construyeron posteriormente hasta que, en 1860, el egiptólogo francés Auguste Mariette inició las excavaciones para desenterrarlo. Por este motivo, la arena ha logrado mantener su perfecto estado de conservación hasta nuestros días.

La entrada del Templo de Edfú, además de ser una de las mejor conservadas, nos muestra a través de su gigante pilono de 37 metros de altura, a Ptomoleo XII, el último gobernante ptolemaico que finalizó el templo, golpeando a sus enemigos ante el dios Horus. El pilono está precedido de 2 halcones realizados en granito negro.

Tras pasar el pilono nos encontramos con la sala hipetra, rodeada por columnas en los costados, y en la entrada a la siguiente sala del templo, donde las paredes aparecen decoradas con relieves. Desde la parte trasera del pilono se puede apreciar dichos relieves que continúan a lo largo del patio en su parte inferior tras las columnas.

Estas inscripciones nos narran algunas de las historias mitológicas de las contiendas divinas de la época como la victoria de Horus e Isis sobre Seth, al haber matado a su hermano Osiris, esposo de Isis. También el Festival del Bello Encuentro, donde se puede ver como la diosa Hathor navega desde el templo de Dendera, y el dios Horus desde el Templo de Edfú, para encontrarse a medio camino. Este encuentro se realizaba dos veces al año y en uno de ellos se desplazaban al templo de Dendera, y la segunda vez al templo de Edfú.

Finalmente, en la entrada a la primera sala hipóstila se puede ver una estatua del dios Horus con la doble corona del Alto y Bajo Egipto, dando acceso a la sala hipóstila.

La sala hipóstila de las fiestas es la parte más antigua del templo y está compuesta de doce columnas decoradas, además de varias salas destinadas a las ofrendas, la Cámara de Consagraciones (donde el rey o el sacerdote se vestían para los rituales, situada la izquierda), y la Biblioteca, a la derecha.

Posteriormente, accederemos a la segunda sala hipóstila donde encontraremos nuevamente hileras de columnas a cada lado de la sala sosteniendo el techo intacto del templo con relieves interesantes sobre astronomía y representaciones del cielo.

Entre las cuatro pequeñas salas destinadas a las ofrendas, una de ellas es el famoso laboratorio donde se encuentran las fórmulas de las esencias y ungüentos egipcios que, posteriormente, los franceses emplearon para elaborar los perfumes más populares conocidos hoy en día.

A través de una puerta con relieves de los barcos de Horus y Hathor se accede a la sala de las ofrendas, que se encuentra comunicada con las terrazas a través de una escalera y da acceso a la sala central, lugar de la capilla dedicada al dios Min, el dios lunar, de la fertilidad y la vegetación.

¿Disponía ya de WiFi el templo de Edfú?

Tras la sala central se llega al santuario del dios Horus, sin duda la parte más sagrada del templo. Fue levantado con granito negro y en él se puede observar la mesa de ofrendas y la barca ceremonial en la que se llevaba a Horus durante los festivales. En las paredes nos encontraremos con relieves donde se muestra a Ptolomeo IV realizando ofrendas y adorando a los dioses.

Un elemento novedoso que no presentan otros templos de épocas anteriores es la adhesión de un pasillo exterior o deambulatorio que rodea todo el templo. Fue mandado construir por Alejandro Magno como un segundo espacio público cuyos muros servirían para narrar importantes pasajes de la mitología egipcia.

Estos relieves fueron tallados extraordinariamente y son una fuente valiosísima de información para la egiptología. Las escenas son sumamente interesantes y los temas representados son, entre otros, la colocación de la primera piedra del templo, el himno a Mut y, sobre todo, el nacimiento de Horus y su victoria sobre los enemigos de su padre Osiris.

Paseando por los exteriores del templo finalizábamos la visita.

Una vez recuperado el móvil regresamos a la motonave en el mismo medio de transporte y por las mismas calles, conociendo la realidad del Egipto alejado de los circuitos turísticos.

Continuábamos la navegación hacia Aswan, pudiendo disfrutar un mayor tiempo de nuestro crucero por el Nilo, una experiencia inolvidable, sin duda. Y es que no existe mejor manera de conocer Egipto que dejarse llevar a través de las tranquilas aguas del río Nilo, que discurren entre palmeras, un árido desierto y un sinfín de cultivos que los egipcios siguen realizando como hace 3.000 años.

El Nilo es fuente de vida y, a la vez, la única zona del país en la que es posible el asentamiento humano. Tal vez por esta razón, los restos arqueológicos más importantes se encuentran a lo largo de su curso.

Nuestra motonave presumía de estar totalmente preparada para que nos sintiéramos cómodos durante los días de navegación. Ofrece comida, habitación, una zona de descanso en cubierta con piscina y un programa de actividades para que no tuviéramos que preocuparnos por nada. Además de contar con Ramsés, nuestro particular guía.

Por si fuera poco, el crucero es la mejor forma de obtener una visión de la vida del Nilo, imposible de conseguir haciendo el recorrido por carretera.

La llegada al Templo de Kom Ombo estaba prevista para después del café. Teníamos tiempo de disfrutar de la navegación por el río, de contemplar la belleza de sus riberas, y de tomarnos un aperitivo y comer, más tarde, en cubierta. Se incorporaban a nuestro «minigrupo» Isabel y José Luis, otra estupenda pareja con la que compartiríamos mucho tiempo y experiencias en los días posteriores.

Descansar en las hamacas habilitadas al efecto y tomar el café, al tiempo que realizar alguna que otra compra en las tiendas de la motonave.

Tampoco podemos dejar de citar las «sorpresas» que nos tenían preparadas los empleados de la embarcación.

Había que prepararse para la Fiesta de disfraces, pero eso ya es harina de otro costal.

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