Durante el corto periodo de sueño habíamos llegado a Aswan. A las cuatro de la mañana ya estábamos acomodados en el autobús que, tras recorrer la dormida ciudad y atravesar un riguroso control de seguridad, atravesaría unos 300 kilómetros de desierto para llegar a primeras horas de la mañana al Aswan, al complejo arqueológico de Abu Simbel, casi en la frontera con Sudán. Sin duda, una de las maravillas de Egipto. Dos templos, dedicados a Ramses II y su esposa Nefertari, impresionantes, grandiosos y de dimensiones épicas, que han cautivado a cualquiera que los haya contemplado desde su descubrimiento en 1813.
La salida del sol estaba prevista a las 6:20 horas para este día. Y no faltó a su cita. Una pequeña parada para comprobar los contrastes térmicos de estas latitudes y tomar algunas instantáneas del amanecer en el desierto.

Otra posterior, a medio camino, para tomar algo, y ya estábamos en Abu Simbel, a las orillas de la presa de Aswan, la nueva, la construida en 1964 para dar energía a la mitad de Egipto.
Los templos de Abu Simbel fueron construidos por Ramses II para conmemorar su victoria en la batalla del Kadesh en el año 1274 a. C. Para ello, mandó dedicar un templo, dedicado a él mismo, junto con las deidades más importantes del país, Amon, Ra y Ptah. No se olvidó de dedicarle un templo a su esposa Nefertari, algo más pequeño…
En la batalla del Kadesh se enfrentaron las fuerzas del Imperio Nuevo, con Ramses al frente, contra el Imperio Hitita, enemigos habituales. Tras ella, ambos territorios firmaron el primer tratado de paz de la historia.
Ramses II tenía un objetivo muy claro cuando construyó Abu Simbel en este emplazamiento, casi en la frontera con Nubia, otro de sus enemigos más acérrigos, puesto que los templos eran una forma de impresionar y mostrar su poder al contrario.
Los templos de Abu Simbel no tienen nada que ver con la tipología de templos que días anteriores habíamos visitado en Luxor o Edfú, puesto que son speos, es decir, están excavados en la roca. Se denominan hemispeos (semicueva) los que tienen una fachada decorada exterior y otra parte excavada en la roca.
En la entrada al Templo de Ramses II encontramos cuatro colosos que le representan a él, sedente, con la doble corona, la barba postiza y joyas propias de su cargo. A cada lado de los colosos se encuentran representadas figuras más pequeñas que representan a sus familiares.
Tres de ellos están en perfecto estado y otro más perjudicado. Así se encontró el templo y así es como se ha querido mantener. Coronando la fachada podemos ver una hilera de monos adoradores del sol.
El interior es tan impresionante como el exterior. Nada más cruzar el umbral nos encontramos en la gran sala hipóstila, de más de 18 metros de longitud y 16 de anchura, cuyo techo está sostenido por 8 pilares. Apoyados en los pilares nos reciben otros ocho colosos de diez metros cada uno que representan a Osiris pero que, en realidad, también son Ramses II.
A la derecha de la sala hipóstila del templo de Ramses II hay cuatro cámaras laterales, y a la izquierda otras dos. Seguida de esta hay otra sala hipóstila también profusamente decorada. En todos los relieves y decoraciones se cuenta la historia de Ramses, su vida y milagros y se representan sus ofrendas a los dioses.
Al fondo del templo encontramos la sala de ofrendas y el santuario, con el sancta santorum central y dos capillas laterales. En el sancta sanctorum no hay un altar, sino cuatro estatuas talladas en la roca que representan a Ramses, Ptah, Amón-Ra y Ra-Horajti.
En este sancta sanctorum se produce un fenómeno solar es muy especial justificado por la orientación del templo. Dos días al año, 61 días antes y 61 días después del solsticio de invierno, el sol penetra por la puerta de entrada y cruza todo el templo hasta iluminar completamente tres de las cuatro estatuas. Ptah, el dios del inframundo, siempre queda sumido en la oscuridad. Se cree que, en su día, las fechas elegidas eran el 21 de octubre y el 22 de febrero. En la actualidad, con el desplazamiento del templo (y de la propia tierra en 3.000 años), el fenómeno se puede observar los días 22 de octubre y 20 de febrero.
Ramses tenía varias esposas pero parece ser que su favorita era Nefertari, la más bella entre las bellas. Por este motivo, el segundo templo del complejo está dedicado a Nefertari y a Hathor, diosa del amor, la belleza y la maternidad.
El templo de Nefertari está un poco más al norte que el de Ramses y es más pequeño. Su fachada también tiene colosos, en concreto seis, y miden unos diez metros cada uno, la misma altura que los del interior del templo de Ramses II. De ellos, cuatro le representan a él mismo.
En el interior, la sala hipóstila tiene seis grandes columnas con capiteles decorados con la cara de la diosa Hathor. En las salas laterales se representa a Nefertari y a Ramses haciendo ofrendas a divinidades femeninas, Hathor, Nut, Isis…
En el sancta sanctorum se encuentra la estatua de Hathor.
Cuentan que tan solo se tardaron 20 años en terminar los dos templos. Fue una obra magnífica en su época que impactó, no solo a los nubios, sino también a otras civilizaciones no tan cercanas. Sin embargo su esplendor se apagó, como el de tantos templos egipcios, y pronto se cubrió de arena, quedando olvidado.
Es a partir de 1800 cuando las campañas napoleónicas empiezan recorrer Egipto, investigando y datando todo aquello que encontraban, cuando se empiezan a desenterrar hallazgos tan tremendos como este.
Un explorador suizo, Johann Ludwig Burckhardt, encontró el templo de Ramses II por pura casualidad. En sus primeras incursiones en la zona consigue entrar al templo de Nefertari, incluso hace unos detallados bocetos del interior, pero el Gran Templo resulta inaccesible, oculto tras una duna de arena gigante. Posiblemente no sea la última vez que le citemos, pues el flamante descubridor de Abu Simbel, apenas un año antes de llegar a Egipto había descubierto ¡Petra!
Es el italiano Benzoli, en 1817, quien consigue acceder al templo de Ramses II, después de arduas de tareas de excavación. Y no es hasta 1820 que el templo queda accesible, convirtiéndose en una visita ineludible para viajeros, científicos y amantes de la historia.
Durante su viaje, Belzoni escribe “Viajes por Egipto y Nubia II: Abu Simbel (Entre piedras)”, un libro que es una obra esencial para conocer los primeros pasos de la Egiptología, además de una aventura maravillosa.
El culmen de la historia de Abu Simbel llega casi 3.000 años después de su construcción, con su traslado, piedra a piedra, a 65 metros de su emplazamiento original.
Egipto vive del Nilo, y el Nilo es vida para Egipto, desde el Imperio Antiguo hasta nuestros días. Antes, en forma de regadío para cosechas y pesca. Ahora, a modo de gigantesco generador. En 1902, bajo el control británico, se construyó la primera presa de Aswan, a la altura de la primera catarata del Nilo. Durante esta construcción varios templos, como el de Philae, tuvieron que ser trasladados para salvarse de quedar sumergidos.
En 1952, ante el crecimiento del país y las nuevas necesidades energéticas, se plantea la construcción de una segunda presa, a la altura de la segunda catarata del Nilo. La Alta Presa dejaría bajo el lago Nasser, no solo a Abu Simbel, sino numerosos complejos arqueológicos de gran valor histórico. Ante la negativa del gobierno de dar marcha atrás a sus planes, en 1960 se pone en marcha un programa internacional para salvar el mayor número de monumentos posible.
Más de 40 países, 150 ingenieros y casi 2.000 obreros trabajaron contra reloj para salvar un pedazo de la historia, no solo Abu Simbel, también otras muchas construcciones. Muchos yacimientos fueron excavados, trasladados o regalados (como el templo de Debod que podemos contemplar en Madrid), pero los templos de Ramses y Nefertari entrañaban la máxima dificultad. Su gran tamaño y el hecho de estar excavados en la montaña hacía de su traslado una grandísima hazaña.
En 1963 se puso en marcha la obra, desmontando los templos en más de 1.000 piezas, numeradas y categorizadas, algunas de las cuales pesaban más de 30 toneladas. En un emplazamiento seguro, lo más cerca posible del original, se construyeron las cúpulas que albergarían la parte interior de los templos, revestidas con las paredes decoradas de los mismos, quedando exactamente igual que cuando fueron construidas.
Después se montaron, pieza a pieza, las fachadas, trasladando los bloques con inmensas grúas, como si fuese un puzzle a escala divina. Los trabajos fueron tan minuciosos que el Ramses caído de la fachada principal quedó exactamente igual que como se encontró en 1813.


También era crucial mantener la posición del sancta sanctorum, para hacer posible el fenómeno solar del templo de Ramses II. A pesar de todos los inconvenientes se consiguió, aunque se atrasara la fecha un día, debido a encontrarse ahora el templo más elevado.
Cuatro y un año teníamos cuando se celebró la gran fiesta de inauguración de Abu Simbel. Tal vez por este motivo hemos retrasado nuestra visita hasta estos días. Se calcula que en su traslado se invirtieron más de 40 millones de dólares.
Un dinero y una obra de ingeniería colosal que nos han permitido disfrutar de más de 3.000 años de historia en los impresionantes templos de Abu Simbel, y recrearnos contemplando una y mil veces los colosos de la entrada al templo de Ramses II.

Más de una vez hemos afirmado que de nuestros viajes por el mundo nos ha sobrecogido el Cañón del Colorado. Un buen compañero de viaje me comentó que podía estar en lo cierto, pero que era obra de la Naturaleza. Lo que habíamos contemplado esta mañana era obra de la mano del hombre. Sin duda, la auténtica joya de Egipto y una de las maravillas del mundo.










































































