El desayuno traía consigo nuestra despedida de la capital jordana.
Si en el día anterior habíamos transitado por (parte) de la Decápolis, hoy recorreríamos parte del Camino de los Reyes hasta llegar a una de las joyas del viaje: Petra.

Abandonamos Amman recorriendo sus barrios residenciales y los centros diplomáticos, sin olvidar la embajada americana (No Photo), poniendo rumbo al Monte Nebo, situado en el extremo occidental de la cordillera de Siyaghah (“Psyga” en la Biblia).
Fue aquí donde Moisés se detuvo a contemplar la Tierra Prometida, y donde los franciscanos de la Custodia de la Tierra Santa edificaron su memorial sobre las ruinas de un monasterio que, a su vez, se alzaba donde se asegura que estuvo la tumba de Moisés. Según la Biblia, Yahvé ordenó a Moisés subir al Monte Nebo para contemplar la tierra de Canaán antes de morir.
La primera iglesia, de planta cuadrangular, contaba con tres ábsides, un nártex en la fachada y dos capillas funerarias al sur y norte del nártex. Conocida como iglesia del “trifolio”, se remonta al año 393, según la inscripción de un mosaico descubierto en una de las capillas, expuesto actualmente en la zona donde se halla el baptisterio.
La parte exterior del edificio se abría al patio donde daban las celdas de los monjes. La estructura original, que se corresponde con el ábside actual, fue ampliada posteriormente. La primera nave se edificó en el siglo V y el baptisterio en el VI, trasladado más tarde a otro emplazamiento. El lado norte acogía una capilla funeraria, en la que se han descubierto dos subterráneos, probablemente utilizados como osarios. Tras la remodelación, la antigua iglesia quedó como presbiterio de la nueva. Los añadidos posteriores transformaron la pequeña iglesia original en un gran templo bizantino, capaz de acoger a los numerosos peregrinos de camino hacia Jerusalén.
Fueron los testimonios de una peregrina del siglo IV, Egeria, y el descubrimiento de sus diarios, en 1887, en las inmediaciones de Arezzo, los que permitieron conocer detalles de la historia del santuario. Egeria menciona haber visitado una pequeña iglesia, dedicada a Moisés, edificada en la cima de una colina.
El maravilloso mosaico del pavimento, descubierto en 1976, se preservó gracias a que el suelo del diacónico, donde se hallaba el mosaico, se elevó un metro casi para ponerlo al mismo nivel que el de la basílica. Para ello fue necesario cubrir el mosaico, lo que evitó su destrucción. Durante estas obras, también se construyó un nuevo baptisterio en el lado sur de la iglesia, en sustitución de la pila bautismal originaria.

En 1933, el santuario se confió a los franciscanos de la Custodia de Tierra Santa, quienes se encargaron de las labores de excavación y restauración, así como de la edificación de un nuevo santuario sobre los anteriores, sobre cuyos cimientos se alzan las dependencias del grandioso monasterio junto al santuario.
En la avenida de acceso al santuario se alza un monumento monolítico, de seis metros de altura, obra del escultor Vincenzo Bianchi. En honor al Libro del Amor entre las Gentes, está inspirado en los textos sagrados de las tres religiones monoteístas: la Torah, el Evangelio y el Corán.
En la estatua reza en griego, latín y árabe el mensaje “Dios es Amor”.
En la terraza panorámica que hay frente a la iglesia, donde pudimos admirar el espléndido escenario natural de la llanura de Moab y las colinas de Palestina, se alza otro monumento en bronce, realizado por Gian Paolo Fantoni, que representa una serpiente enroscada en un bastón.
Ya en la iglesia, a la derecha de la entrada, se puede ver la capilla de la Virgen María, añadida en el siglo VI, aprovechando un ábside anterior. Junto a esta, en la siguiente capilla, se encuentra el nuevo baptisterio, de la época en que el santuario fue ampliado. En la pila bautismal se descubrieron dos inscripciones, una de las cuales aludía al lugar donde los novicios recibían la iluminación y que hoy acoge una hermosa cruz de vidrio policromado.
Inmediatamente antes, a la derecha del ábside de la nave central, una cruz realizada con teselas blancas y negras, al parecer señala el lugar donde estuvo ubicada la tumba de Moisés (el Memorial).
El ábside de la nave central, que corresponde al edificio primitivo, cubierto de alfombras, está impregnado de misticismo, aunque su estructura sea muy sencilla.
Lo más destacado de la iglesia es, sin duda, el pavimento musivo de la sala norte, realizado en el año 531, y en magnífico estado de conservación.
El paño central, limitado por un marco con una inscripción en su parte superior, está dividido en cuatro series, todas con un mismo color blanco de fondo, animado por airosos álamos. En la primera, empezando por arriba, aparece un pastor protegiendo a un cebú atado a un árbol del ataque de un león. Le sigue un soldado con gorro frigio clavando la lanza a una leona cuanto está a punto de atacarle.

En la segunda, dos cazadores a caballo seguidos de perros clavan una lanza a un oso y a un jabalí. En la tercera aparece otro pastor, sentado sobre una piedra a la sombra de un árbol, mirando un rebaño de cabras y ovejas que ramonean las hojas de los álamos.
En la cuarta, dos jóvenes, uno negro y otro blando, el primero con un avestruz y el segundo vestido con un manto y un gorro frigio, sujetan por el ronzal a un dromedario y a una cebra. Se puede leer los nombres del obispo de Madaba y de sus creadores en la inscripción superior del mosaico.
Se conservan también los restos de una pila bautismal de planta de cruz, donde se hacían los bautismos por inmersión, como en el baptisterio posterior del siglo VI, situado al otro lado de la iglesia.
Tras la visita nos dirigimos a Madaba, pero antes contemplamos el arte de la confección de mosaicos en una de las fábricas cercanas al Monte Nebo.
Madaba se alza sobre la “Medba” bíblica, citada al narrar la destrucción del pequeño estado de los amorreos gobernados por Sijón cuando los judíos, durante su éxodo, cruzaron el Arnon.
Hoy es una ciudad de casi cien mil habitantes que cuenta con un discreto número de cristianos, muy apegados a sus tradiciones. Próspera en época bizantina, fue dotada de numerosos edificios religiosos, adornados con espléndidos mosaicos, que le valieron el apodo de “ciudad de los mosaicos”.
No disponíamos de mucho tiempo, y de entre todos sus centros de interés, que merecen una reposada visita, el elegido era la Iglesia de San Jorge, de rito ortodoxo griego, donde se conserva el Mapa de Tierra Santa.
Este mapa es un mosaico del año 560 que constituye un excepcional documento de geografía bíblica, al abarcar desde la zona de Tiro y Sidón hasta el delta del Nilo, y del mar al desierto. Originariamente medía 17,5 x 10 m y está compuesto por dos millones de teselas. El que contemplamos en la actualidad presenta una superficie más reducida.
En el mapa se señalan 150 ciudades y sus respectivos topónimos, representadas con imágenes acordes con su importancia. Los nombres de los distintos lugares están escritos en griego y con diversa simbología, según sus características.
Jerusalén destaca en mitad del mosaico, lo que subraya su importancia como foco de la cristiandad. En ella se señalan casi todos sus monumentos y edificios más importantes. Además de las murallas y las puertas se ve nítidamente la calzada romana y la iglesia del Santo Sepulcro.
A su alrededor aparecen poblaciones como Hebrón, Ghaza o Jericó. También se distinguen montes, llanuras y río.
La salinidad del Mar Muerto está subrayada de un modo muy peculiar, pues los peces del río Jordán, al llegar a su desembocadura, se representan en posición invertida al mar, remontando el río para “huir” del agua salada. En él se representan barcas con figuras a bordos con rostros desfigurados debido a los iconoclastas.
Un plomizo cielo y las primeras gotas de agua nos recibieron al salir de la iglesia. No queríamos creer las previsiones meteorológicas pero se iban confirmando (“Casandra”). Y, desgraciadamente, la lluvia que comenzaba nos iba a acompañar buena parte de los días posteriores y a deslucir, en cierta manera, nuestro viaje a Jordania.
De vuelta al autobús, al mediodía, pusimos rumbo a Wadi Musa, por una autopista del desierto en la que atravesamos, incluso, una tormenta de arena. Mohamed, nuestro guía, nos quiso tranquilizar indicándonos que “estaba científicamente demostrado” que con diez minutos de lluvia la tormenta desaparecería. En esta ocasión se equivocó…
Comimos en un lugar indeterminado entre Madaba y Petra en un “centro comercial” con buffet libre. El grupo decidió dejar para un próximo viaje la visita al castillo de las cruzadas de Shobak, del aguacero que caía cuando nos acercábamos a nuestro destino.
La desilusión fue mayúscula cuando nos confirmaron que el estado del tiempo provocaba la suspensión de la visita a Petra por la noche “con la luz de las velas a lo largo del Siq hasta el Tesoro”, donde nos esperan con música beduina… en otra ocasión. De manera testimonial, y para envidia de los lectores, de este espectáculo disfrutaron los que sí la hicieron en días previos a nuestra estancia.
Ya instalados en el Hotel Petra Marriot 5*, nos quedaba pasar la tarde en compañía de Toñi, Lola, Antonio y Dona en sus salones tomando una copa, dar una clase de economía para conseguir pagarlas y encomendarnos a las deidades nabateas para que al día siguiente pudiéramos contemplar Petra en todo su esplendor.
Y la cosa no estaba muy clara…

































































