Solo a la mañana siguiente, con los primeros rayos de sol, fuimos conscientes de que habíamos pasado la noche en el desierto. Sí, los primeros rayos de sol, una pequeña tregua que nos dio el tiempo esa mañana.
Como siempre, a la carrera, a desayunar y a meter el equipaje en el autobús. A renglón seguido, montamos en nuestro 4×4 para el recorrido (tour clásico) que nos tenían preparado por los imponentes paisajes de Wadi Rum, demasiado “turístico” y alejado de los monumentos geológicos más representativos de la zona (Little Bridge -Puente Rakhabat al-Wadak-, Mushroom Rock, arcos de Kharaz, Burdah Rock Bridge,…).
Wadi Rum es, sin duda, una de las zonas más hermosas de Jordania, transitada desde tiempos remotos por nómadas y caravanas, surcada por manantiales subterráneos que dan vida a especies endémicas y arbustos silvestres, habitada por mamíferos y más de cien especies de aves. En 1998, la Royal Society for the Conservation of Nature declaró Wadi Rum área protegida, sometida a la administración especial de ASEZA (Agaba Special Economic Zone Authority).
Wadi Rum es, en realidad, una meseta de casi 450 km2, con numerosos manantiales, caracterizada por sus arenas y las singulares formaciones rocosas que dan vida a escenarios irreales formados por torres, pináculos y agujas de arenisca, que dominan los lechos de antiguos ríos, ahora totalmente secos, y que le han valido el nombre de “valle de la Luna”.
El paisaje se caracteriza por las diferentes tonalidades de la arena, salpicada de arbustos del desierto, como la acacia espinosa y el “salicor de la hamada”.
La zona está delimitada por dos macizos montañosos, el gebel Rum, de 1.754 metros (uno de los picos más altos de Jordania) y el gebel Umm Ishrin (1.753 metros), cuyo nombre significa “montaña de la madre de los veinte”.
Geológicamente, fue originada por una fractura de la corteza terrestre que provocó una fuerte elevación del terreno, lo que hizo aflorar enormes bloques de granito y arenisca de la placa afro-árabe. La altura de algunos de estos bloques era de miles de metros, pero ahora muestran los efectos de la erosión a lo largo del tiempo.
La región estuvo habitada desde la época prehistórica, en especial durante el Neolítico. Una primera impresión lleva a pensar que se trata de una zona fuera de las rutas de caravanas, pero las numerosas inscripciones halladas testimonian antiguos lazos con los principales enclaves nabateos y con la Península Arábiga. El principal motivo del tránsito de nómadas por la región era la presencia de numerosos manantiales, lo que trajo consigo el asentamiento de algunas de ellas.
T.E. Lawrence escribió impactantes e inspiradoras descripciones de Wadi Rum en su famoso relato autobiográfico “Los siete pilares de la sabiduría”, escrito en 1926. El mismo sobrecogimiento que expresó él en su libro sentíamos nosotros en el momento de ingresar por primera vez al Wadi Rum.
En nuestro itinerario hicimos tres paradas.
La primera de ellas, en una duna de arena roja. Los efectos de la intemperie, la erosión eólica y la desintegración de los bloques de arenisca derrumbados siguen produciendo la gran cantidad de arena que cubre los suelos de los wadis y que se monta a los acantilados como dunas trepadoras.
Sin duda, era mucho más fácil de bajar que de ascender. Eso sí, la ascensión merecía la pena, pues desde su cima las vistas eran impresionantes. En la jaima junto a la que aparcamos no faltaba el té y los productos típicos del lugar puestos a la venta.
De nuevo en el todoterreno nos dirigimos a Alameleh. En este paraje, las grandes rocas y paredones de arenisca roja producen una capa oscura que fueron preferidos como superficie para los petroglifos, ya que al ser grabados exponen la parte interior más clara de la roca. Esta práctica se extiende sin interrupción a lo largo del Neolítico hasta la era moderna.
No faltaban los camellos en el lugar, configurando una más que típica estampa propia del desierto.

Siq Um Tawaqi constituyó la última parada. En la entrada al cañón encontramos una roca con tallas de la cabeza de T.E. Lawrence y sus compañeros. Enfrente, una espectacular duna y formaciones rocosas impresionantes.
Retomamos el camino hacia el campamento y rápidamente emprendimos viaje hacia el Mar Muerto. Una breve parada en Aqaba (ciudad portuaria en el Mar Rojo) para repostar y una “parada hidráulica” posterior (inevitablemente, aprovechada también para compras) antes de recorrer los más de trescientos kilómetros que nos separaban del Mar Muerto, que nos recibió con una espectacular granizada (finalizada la tregua de Wadi Rum, volvíamos al mal tiempo).
Llegamos al Hotel Hilton Dead Sea Resort 5* pasada la hora de la comida, efectuando un frugal almuerzo en el Moringa Seafood Restaurant مطعم مورنجا للمأكولات البحرية (محافظة البلقاء Dead sea, Jordania).
No llegamos con tiempo suficiente para disfrutar de las instalaciones del hotel y bañarse en el Mar Muerto. Tampoco el tiempo acompañaba.
May y Toñi, las más aventureras, optaron por desafiar a la lluvia y realizar un tour por las inmediaciones del hotel, con intención de llegar a la orilla del mar. El resto decidió instalarse en sus habitaciones y descansar algo antes de la cena.


























































