Jordania 2023 (7)

Los días previos a nuestra llegada a Jerusalén habían sido intensos. No obstante, había llegado el día de visitar la Ciudad Santa por excelencia.

Desde Jordania accedimos a Israel por el Puente Allenby o Puente del Rey Hussein, que se encuentra muy cerca de nuestro hotel en el Mar Muerto. En el primer paso fronterizo la primera espera. Más tarde, la gestión del visado para Israel. Curiosamente, sin sellar el pasaporte.

Cumplido el trámite nos instalamos en el autobús que nos desplazaría a Jerusalén, donde nos esperaba Marco, el guía para la vista a la ciudad. Por un momento pareció que iba a dejar de llover. Craso error. La lluvia arreciaría conforme nos acercábamos a Jerusalén.

Nos dirigimos en el autobús al Monte Sión, una colina baja y ancha adyacente al lado sur de la Ciudad Vieja de Jerusalén. Durante cientos de años el monte ha tenido un significado religioso. Jugó un papel importante en la Biblia y en el Segundo Templo de Jerusalén (516 a.C.-70 d.C.). En la Biblia Hebrea, el nombre Sión se usó para describir la Ciudad de David, el Monte del Templo y Jerusalén. A lo largo de los años, Sión se ha convertido en un símbolo de la Tierra Santa en su conjunto y de Jerusalén en particular.

El Monte Sión se encuentra fuera de las actuales murallas de la Ciudad Vieja que se construyeron hace unos 500 años bajo Suleiman el Magnífico. Calados hasta los huesos contemplábamos Jerusalén desde un mirador adyacente a un pequeño monumento dedicado a las víctimas del Holocausto. Nos encontrábamos cerca del cementerio Protestante existente en el Monte Sión y del cementerio Católico donde está enterrado Oscar Schindler.

Nos tuvimos que “conformar” con ver el Monte de los Olivos desde el autobús, así como el Huerto de Getsemaní, la Iglesia de María Magdalena y el cementerio judío de Jerusalén.

Al bajarnos del autobús llovía a cántaros. Y una tormenta eléctrica acompañaba al aguacero, con viento racheado. Accedimos a la ciudad antigua a través de la Puerta de Sión, en el barrio armenio, que se encuentra al suroeste. Su calle principal es Rehov del Patriarcado armenio.

Pasamos por el Cardo, una antigua calle que en el siglo VI atravesaba la ciudad de punta a punta. Se pueden ver algunas ruinas del primer y del segundo templo y la reconstrucción de la calle principal de la ciudad tal y como la veían los romanos.

Nos dirigimos al muro de las Lamentaciones (o muro de los Lamentos), en el barrio judío.

Según la tradición judía hasta hace unos años se creía que este muro era un resto del antiguo templo de Herodes pero está confirmado que este muro era de contención para sujetar la explanada del templo de la parte occidental. Tiene unos 28 metros de largo y los hebreos lo llaman Ha-Kotel Ha-maarabi.

Durante veinte siglos los judíos de todas partes del mundo han venido a este Muro para lamentarse de la destrucción del templo y aclamar a Dios el regreso del Mesías a la tierra prometida. Hombres y mujeres no rezan juntos. Para entrar en el recinto de las mujeres no hace falta tener ningún pañuelo para tapar el pelo, pero para entrar en el recinto de los hombres sí hace falta el kipá en la cabeza. No en esta ocasión, pues era imposible llevar la cabeza al descubierto si querías protegerte de la lluvia

Tras este emotivo momento nos adentramos dentro de la antigua Ciudad Amurallada de Jerusalén para visitar la Iglesia del Santo Sepulcro, uno de los sitios más visitados de Jerusalén, sin duda.

El corazón de la ciudad vieja de Jerusalén para los cristianos es la Basílica del Santo Sepulcro, conocida por los habitantes locales como “Iglesia de la Resurrección”. En su interior se encuentran el Calvario, lugar de la crucifixión y muerte de Jesús, y la Tumba de Cristo, desde la que el Hijo de Dios resucitó al tercer día. Los dos Santos Lugares están relacionados y son inseparables, como lo es el misterio pascual de la muerte y resurrección de Jesucristo que tuvo lugar allí y se realiza continuamente. Desde hace ochocientos años, los frailes franciscanos de la Orden de Frailes Menores son los custodios del Santo Sepulcro en nombre de la Iglesia católica, y comparten la propiedad de la basílica con la Iglesia greco-ortodoxa y la Iglesia apostólica armenia.

A través de las estrechas calles del Suk de la Ciudad Vieja, llenas de vendedores, souvenir religiosos y peregrinos curiosos, se llega casi sin darse cuenta delante de la entrada de la basílica del Santo Sepulcro. Ante una placeta empedrada rodeada de edificios se abre la fachada de la iglesia cruzada con sus entradas, de las que sólo la de la izquierda permanece abierta, sobre las que se encuentran el mismo número de ventanas enmarcadas por arcos ligeramente puntiagudos y elaborados con motivos vegetales.

En la época cruzada, las dos puertas estabanadornadas por lunetas decoradas: la de la derecha tenía un mosaico con la figura de la Virgen María, la de la izquierda todavía conserva las huellas del opus sectile realizado con preciosos mármoles esculpidos. Cuando terminaron la fachada, los cruzados añadieron el campanil en la esquina izquierda de la plaza, que en la actualidad se encuentra sin las plantas superiores que se derrumbaron en 1545. Por la derecha, una escalinata abierta lleva hasta un pórtico cubierto por una pequeña cúpula cilíndrica, el original acceso exterior al Calvario, después transformado en la pequeña Capilla de los Francos, de propiedad Latina, dedicada a la Virgen Adolorada.

Entrando en el patio, a lo largo de las gradas que llevan hasta el empedrado, todavía se pueden ver las bases de las columnas que sostenían el pórtico cruzado. Las columnas se enviaron como regalo a la Meca por deseo de los Corasmios en 1244. Por los laterales este y oeste del patio se abren las entradas a las capillas griego-ortodoxas, armenias y etíopes, además de al convento griego que se extiende por el lado oriental.

El único acceso al Santuario, con los dos batientes de madera del portón del tiempo de Saladino, está custodiado por dos familias musulmanas, Judeh y Nuseibeh, que cumpliendo los mismos gestos enseñados de padre a hijo, realizan cada mañana y cada tarde el ritual de apertura y cierre del exterior de la basílica.

La basílica del Santo Sepulcro, una vez que se cruza el umbral, se abre al peregrino con su carga de memorias reunidas justo en el lugar en el que ocurrieron: aquí, Jesús fue crucificado y venció la batalla contra la muerte. Entrando en la basílica por la derecha, se articulan las memorias relacionadas con la pasión, muerte y unción de Jesús.

Por algunos ripiados escalones, a la derecha de la entrada, se sube hasta el “monte” Gólgota. La roca en la que se clavó la cruz y que tenía que encontrarse al abierto en tiempos de la peregrina Egeria, se eleva todavía hoy unos 5 metros y es visible desde varios puntos de las vidrieras.

La planta elevada realizada por los cruzados está subdividida en dos naves: a la derecha, la capilla de la Crucifixión, propiedad de los Latinos, donde se recuerda cuando le quitaron los vestidos a Jesús y su crucifixión, tal y como se muestra en el mosaico de fondo; a la izquierda, la Capilla del Calvario que pertenece a los Griegos Ortodoxos, es el lugar donde los fieles se pueden arrodillar ante el altar para tocar, a través de un disco de plata, el punto en el que se clavó la cruz del martirio de Jesús.

Era aquí donde los peregrinos cumplían el voto, es decir, depositaban sobre el altar la pequeña cruz de madera que se les entregaba en su patria al comienzo del viaje. La capilla está decorada con lámparas y candelabros según su tradición.

El altar, en bronce plateado, es regalo del gran duque de Toscana Fernando de Médici (1588). La decoración y los mosaicos fueron rehechos el siglo pasado. Del siglo XII es el medallón que representa la Ascensión. Entre las dos capillas se encuentra el altar de la Dolorosa. El medio busto de la Virgen es un presente de la reina María de Portugal (1778).

Ver en su totalidad la basílica se antojaba misión imposible, más cuando dedicamos la mayoría del tiempo de la visita a guardar cola en la Capilla del Calvario. Nos limitaremos, por ello, a relatar aquello que sí vimos, dejando para otra visita, más pausada, el resto de elementos que integran este auténtico centro de la cristiandad.

En el atrio de la basílica está colocada la Piedra de la Unción, en memoria de la piedad de Nicodemo y José de Arimatea, que prepararon el cuerpo de Jesús para su sepultura.

Es muy venerada por los ortodoxos y está adornada con candelabros y lámparas.

Un mosaico en el tabique frontal ilustra el episodio.

Cuando se entra en la basílica, por la izquierda se llega al Anastasis, la Rotonda constantina con el Edículo del Santo Sepulcro en el centro, bajo la cúpula restaurada e inaugurada en 1997.

El Edículo del Sepulcro, compartido por las Comunidades, repropone en su composición las tumbas de la época de Jesús formadas por un vestíbulo en el que se ungía el cuerpo y se deponía en el sudario y por la cámara sepulcral, que en el caso de la de Jesús tiene forma de arcosolio, con el banco sepulcral paralelo a la pared. En 1808 hubo un incendio devastador y el Edículo actual fue realizado en 1810 por la comunidad Griego-Ortodoxa.

El Edículo está cubierto por un techo plano con una pequeña cúpula en el centro de estilo moscovita con forma de cebolla sostenida por pequeñas columnas; los laterales están decorados con inscripciones en griego que invitan a los pueblos y a las naciones a alabar el Cristo Resucitado. Detrás de los candelabros de las varias Comunidades, la fachada del Edículo se presenta enmarcada por una arquitectura formada por columnas torcidas, ornamentos, inscripciones, cuadros y lámparas de aceite.

Entrando en el Edículo se detiene en el vestíbulo, llamado Capilla del Ángel en memoria del joven vestido con una túnica blanca que las mujeres vieron sentado en la tumba la mañana después del sábado y del que escucharon el anuncio de la Resurrección. La pequeña cámara, larga casi 3,50 metros y ancha 4 metros, está decorada con paneles esculturales de mármol blanco intercalados por columnas y pequeños pilares. En el centro se encuentra un pedestal con un fragmento de la roca que cerraba la entrada del Sepulcro, piedra conservada toda entera dentro de la basílica hasta la destrucción del 1009. La antecámara hipogea original fue destruida ya en tiempos de Constantino, que pensó en un espacio frente a la cámara sepulcral libre de paredes y rodeada de balaustre. El Edículo cruzado volvió a proponer tres puertas de acceso a la antecámara, que se cerraron en el siglo XVI. La reproposición de la antecámara funeraria es por tanto, una versión bastante reciente del complejo del Edículo. Una pequeña puerta de 1,33 metros introduce en la segunda habitación donde fue depositado el cuerpo de Jesús. El banco está protegido por láminas de mármol. Los ornamentos no deslucen la simplicidad de este lugar, meta de millones de peregrinos y centro de la fe cristiana. Aquí Jesús venció a la muerte.

El Anastasis y el Edículo del Sepulcro fueron vistos en tiempo récord, pues ya el grupo había abandonado la iglesia. A la carrera lo alcanzamos y recorrimos de nuevo las callejuelas de la ciudad vieja en dirección a la Puerta de Jaffa, por la que abandonaríamos Jerusalén.

La cima del monte de los Olivos, el «Camino del Domingo de Ramos», la Capilla de Dominus Flevit, el Cenáculo, la Mezquita de Al Aqsa, la Cúpula de la Roca,… tendrán que esperar.

Un corto viaje nos condujo a Belén, donde realizamos una primera parada para almorzar en Olive Grove Restaurant (Almadris Street, Beit sahur).

A la finalización de la comida nos dirigimos a la Basílica de la Natividad. El lugar de nacimiento de Jesús se identifica con Belén, donde en la actualidad se encuentra la basílica de la Natividad. Para inscribirse en el censo ordenado por los romanos, José y María viajaron desde la ciudad de Nazaret en Galilea a la pequeña localidad de Belén, en Judea, ya que José pertenecía a la familia de David. Allí se cumplieron para María los días del parto y Jesús nació en la que hoy se conoce como la “gruta de la Natividad”.

Cuando se llega a la plaza enlosada que precede a la basílica, aparece al fondo la silueta del santuario de la Natividad. El edificio esencial se remonta al siglo VI y es obra de los arquitectos del emperador bizantino Justiniano, que mandó reconstruir la basílica del siglo IV, destruida tras la revuelta de los samaritanos.

La actual fachada pertenece a la estructura de la construcción justiniana, aunque su composición se presenta hoy poco clara a causa de las continuas modificaciones. Una atenta observación permite apreciar hasta tres puertas de entrada que sucesivamente fueron tapiadas hasta llegar al acceso actual.

La pequeña puerta de entrada es el resultado de las progresivas reducciones que a lo largo del tiempo sufrió el acceso a la basílica. Es fácil reconocer la gran puerta central de la época bizantina, con arquitrabe horizontal y piedras dispuestas en diagonal. Cuando llegaron los cruzados, la puerta fue rebajada según el estilo de los caballeros occidentales, para asegurar mejor la defensa del lugar santo. En la época otomana, las dimensiones de la puerta fueron reducidas todavía más, dejando como resultado el actual acceso de entrada a la basílica. Esta última reducción se hizo para impedir el paso a los que trataban de profanar el lugar santo.

​​​​​Entrando por la pequeña puerta, se accede en primer lugar a un espacio definido técnicamente como nártex, realizado en la época bizantina. El nártex, en la antigua tradición cristiana, desempeñaba la función de acceso a los espacios sagrados; también estaba destinado a los catecúmenos, que no podían entrar en la basílica en ciertos momentos de las celebraciones.

En su interior, la basílica ha conservado todos los elementos arquitectónicos del siglo VI. El emperador bizantino, cuando examinó el proyecto, no aprobó las opciones tomadas por el arquitecto y lo acusó de haber malgastado el dinero, condenándolo a la decapitación. A pesar de la insatisfacción del emperador, la estructura ha demostrado ser muy sólida, ya que ha llegado íntegra hasta nuestros días.

En la época constantiniana, el suelo estaba totalmente cubierto por mosaicos finamente trabajados, tal como mostraron las excavaciones financiadas por el gobierno inglés en 1932. Estos bellos mosaicos ofrecen decoraciones geométricas y florales.

En el siglo VI, la basílica debía de estar totalmente recubierta de mármol: quedan todavía algunas huellas de orificios encontrados en los muros revocados en yeso, orificios que servían para anclar las losas de mármol a las paredes. Las filas de columnas, que hoy llegan a la altura de la zona absidal, en la antigüedad continuaban hacia el este, de forma que creaban un deambulatorio alrededor de la Gruta de la Natividad.

Los lienzos altos de los muros de la nave central presentan decoraciones musivas de gran calidad, del siglo XII, obra de maestros orientales. Estos mosaicos están divididos en tres secciones horizontales que representan, de abajo hacia arriba, la genealogía de Jesús, los concilios y los sínodos locales y, ya en lo alto, una procesión de ángeles. Por un testimonio griego del siglo IX se sabe que, antes de estos mosaicos, existían otras decoraciones musivas de la época bizantina.

La nave central es particularmente oscura, debido a la falta de mantenimiento, que, con el pasar de los años, ha llegado a comprometer el estado mismo del santuario. De todas formas, sigue siendo fascinante el efecto de los mosaicos con sus fondos dorados y las brillantes incrustaciones de madreperla que en otro tiempo recubrían todas las paredes de la basílica.

El iconostasio griego que actualmente preside el presbiterio es de 1764. En la primera basílica, esta zona, justo encima de la gruta, era de forma octogonal, como quedó evidenciado en las excavaciones de 1932-1934. A partir de la reconstrucción que se puede hacer tras los hallazgos arqueológicos, parece que, en el siglo IV, se accedía al presbiterio a través de una escalera ubicada en los muros de este perímetro octogonal. En este presbiterio octogonal, bajo el actual piso, se encontraron decoraciones en mosaico parecidas a las de la nave central, pero mucho más ricas, con representaciones animales, vegetales y geométricas.

La entrada actual a la Gruta de la Natividad está ubicada lateralmente respecto al lugar del nacimiento de Jesús, pero se conjetura que en el siglo IV el acceso se realizaría frontalmente, desde la parte delantera del presbiterio. Accedimos a ella, tras una larga espera, por la escalera sur (derecha del iconostasio) se llega al interior mismo de la Gruta de la Natividad. El espacio es estrecho y angosto; las paredes, originalmente irregulares, forman ahora un perímetro casi rectangular. En la época bizantina, la roca natural de las paredes estuvo recubierta con mármol.

El Altar de la Natividad se comenzó a venerar sólo cuando, en la época bizantina, fue creado este espacio como recuerdo del lugar preciso del nacimiento de Jesús. La estructura actual es completamente distinta a la descrita por los peregrinos Focas y l’Abad Daniel en el siglo XII. Dos columnas de piedra roja sostienen el altar, donde figura la inscripción «Gloria in excelsis Deo et in terra pax hominibus«; en el conjunto están representados el Niño entre pañales, la escena del lavatorio del Niño y la llegada de los pastores. Bajo el altar se encuentra la estrella de plata con la inscripción latina: «Hic de Virgine Maria Iesus Christus natus est – 1717«, en recuerdo del lugar exacto de la Natividad.

A la derecha del altar de la Natividad está el lugar donde María colocó al Niño tras nacer: un “comedero”, llamado popularmente el Altar del Pesebre. En esta parte de la gruta el suelo es más bajo. Este espacio está delimitado por columnas parecidas a las bizantinas de la nave central de la basílica y por restos de dos columnas cruzadas. Frente al pesebre existe un altarcillo dedicado a los Magos donde los latinos celebran la santa Misa. La actual estructura de toda esta capillita no es original, sino resultado de muchos cambios realizados a lo largo del tiempo y derivados del continuo trasiego de peregrinos.

Tras el incendio de 1869 y para prevenir nuevos siniestros, las paredes de la Gruta fueron recubiertas con paneles de amianto, donados por el presidente de la República Francesa, el mariscal MacMahon, en 1874. Por debajo de este revestimiento son todavía visibles los mármoles cruzados, mientras que sobre dichos paneles penden cuadros de madera de escaso interés artístico.

Salimos a la calle a través del pórtico de la Iglesia de Santa Catalina. Su visita, así como la programada a la Iglesia de St. Jerome Caves (donde la biblia fue traducida del hebreo al latín) y al Campo de los Pastores en Beit Sahour (donde se recuerda el anuncio de los ángeles del nacimiento de Jesús), también quedaron en el tintero.

El grupo decidió obviar la visita para compras y regresar, cuanto antes a Jordania. Eso sí, la espera en el primer puesto fronterizo, todavía en territorio israelí, no los la quitó nadie.

Cumplidos, de nuevo, los protocolos en las dos fronteras llegábamos al hotel con el tiempo justo de cenar y descansar de este agotador día en el que, más que ver Jerusalén, “habíamos estado en Jerusalén”.

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