Tras el desayuno cogimos el coche para desplazarnos al municipio de Rincón de la Victoria, a unos 10 kilómetros de Málaga capital. Entre La Cala del Moral y el Rincón se encuentra la Cueva del Tesoro, en la conocida zona de El Cantal. Y es que los «cantales» son pequeños acantilados que se formaron en época jurásica y que se asoman al mar por esta parte de la costa mediterránea.
Esta cueva es una de las tres únicas cuevas de origen marino que se conocen en el mundo, siendo, además, la única de estas características en el continente europeo, ya que las otras dos están en Asia y en América Central (Méjico).
Sus historias y leyendas se remontan a diversas épocas: al Paleolítico, a la primera Edad del Bronce, a los fenicios, con los romanos y con los árabes. De todo ello han quedado numerosas muestras, aunque el misterioso tesoro árabe que dicen que oculta en sus entrañas está aún por descubrir… aunque la Cueva en sí misma es un tesoro para la Humanidad.
En este lugar y en tiempos remotos existían materiales silíceos depositados en una zona de sedimentación. A su vez, sobre éstos se fueron sedimentando nuevas capas de cúmulos calizos. Esta combinación geológica comenzó a elevarse a causa de presiones subterráneas y, fruto de las corrientes marinas y el golpear de las olas, se constituyeron diversas oquedades y galerías que emergieron en los cantales de la zona por la presión de los extremos de la plataforma de sedimentación. De esta forma el mar constituyó galerías típicas de cuevas submarinas, con columnas y gargantas que son la base de la Cueva del Tesoro. Más tarde, una vez emergida la zona sobre el nivel del mar, filtraciones de agua dulce fueron constituyendo formaciones de estalactitas y estalagmitas, propias de cuevas de origen terrestre y de la erosión por agua dulce. Así quedó conformada la actual Cueva del Tesoro, con unos 500 metros de galerías y una zona de lagos.
La visita se inicia observando una exposición de restos arqueológicos que iremos viendo según descendemos por la Sala de la Virgen, en la que destaca El Pozo del Suizo, creado mediante barrenos por Antonio de la Nari. Continuando, se llega a la Sala del Águila, en la que una gran roca presenta la apariencia de este animal para, posteriormente, continuar por las Galerías Laberínticas. Inmediatamente llegaremos al Santuario de Noctiluca, diosa de la luna, de la noche, de la fecundidad…
Finalmente, y por ese ala, el visitante accede a la Sala del Volcán, donde se observa una oquedad que finaliza en una sima la cual, probablemente, llegue hasta el mar. Regresando hasta la Sala de la Virgen podremos avanzar hacia la bellísima Sala de los Lagos, con un especial encanto y majestuosidad.
Finalizada la visita a la cueva nos dirigimos a Benalmádena, en cuyo término municipal se encuentra el Castillo de Colomares, un monumento dedicado a Cristóbal Colón construido por el Doctor Esteban Martín y Martín, con la ayuda de dos albañiles del cercano pueblo de Mijas, entre los años 1987 y 1994. Se trata de un homenaje al descubrimiento de América con la ayuda de diversos estilos arquitectónicos. El edificio, cuya planta ocupa una superficie de 1.500 metros, está realizado en piedra, siguiendo rigurosamente las técnicas usadas durante la Baja Edad Media. En su interior se encuentran unas vidrieras de enorme riqueza artística.
El recorrido por el castillo también constituye una especie de historia, pues mediante una serie de símbolos y grabados, el visitante podrá conocer la historia del descubrimiento de América.
La construcción pretende ser también un homenaje a las tres religiones presentes en España durante el siglo quince, que fue la época en la que Colón realizó su descubrimiento (1492). Por ello, en la arquitectura y decoración del castillo encontramos rastros de la influencia cristiana, árabe y hebrea.
Sin embargo, hay un elemento arquitectónico que no se corresponde a ninguna de las tres culturas señaladas, ya que entre todas las torres surge una bella pagoda china. A través de ella, Esteban Martín también recuerda el que fue el sueño original del descubridor de América: hallar una ruta paralela para conectar Europa con Asia.
En el interior del castillo se puede visitar la capilla más pequeña del mundo, consagrada a Santa Isabel de Hungría. Es de planta irregular y tiene una superficie de casi dos metros. Alberga imágenes de Cristo y de Santa Isabel, moldeadas personalmente por el constructor del castillo.
De vuelta a Málaga costó, y mucho, dejar de nuevo el coche en el parking. Una vez conseguido, no sin esfuerzo, comimos en el centro y paseamos por la ciudad antes de prepararnos para la representación que esa noche tendría lugar en el Teatro Cervantes.
Bajo la dirección de Rune Bergmann, la Orquesta Filarmónica de Málaga representaba el Concierto nº 2 para piano y orquesta en si bemol mayor, Op.83, de Johannes Brahms, con Sheng Cai al piano; y la Sinfonía nº3 en re mayor, D. 200, de Franz Schubert.
Después de más de veinte años de su primer concierto para piano y orquesta, Brahms terminó el Segundo concierto en si bemol mayor, Op.83 el año 1881. En ese lapso de tiempo compuso obras muy trascendentes de su catálogo como las dos primeras sinfonías y el concierto para violín. En el que aquí nos ocupa el instrumento solista actúa como elemento propulsor del conjunto orquestal y no como su oponente, dada la equivalencia de carácter sinfónico que le da al piano respecto a la formación instrumental, determinada por su personal manera de tocar utilizando constantemente todo el teclado, que se traduce en una composición concertante altamente original al llegar a equipararse con una sinfonía con piano obligado. Su estructura en cuatro movimientos le da una dimensión insólita para una obra concertante que normalmente tiene sólo tres.
El peculiar estilo melodioso de Franz Schubert queda reflejado ya en sus seis primeras sinfonías, obras de juventud en las que su núcleo de orquestación está constituido por la sección instrumental del metal, destacando las trompas y las trompetas, a las que se irán añadiendo los trombones. Los temas los suele tomar prestados, orientándolos en su desarrollo a destacar el canto por encima de cualquier otra particularidad musical. En esta línea hay que entender su Tercera sinfonía en re mayor, D200 escrita en la primavera de 1815, cuando todavía impartía formación musical como asistente en la escuela de su padre.










































