A la salida nos dirigimos a la Catedral de Albarracín, posiblemente el monumento más importante de la ciudad (siglo XVI) y a la que solo se accede a través de las visitas de la Fundación.
Se cree que está ubicada donde estuvo la antigua mezquita principal de Albarracín, es fruto de la renovación de la catedral medieval a lo largo del siglo XVI, momento al que pertenecen los retablos más importantes como el mayor o el de San Pedro.
Durante la restauración, no sólo se han encontrado restos muy interesantes de su pasado medieval, sino que se ha recuperado la riqueza decorativa y colorista que le imprimió la reforma del siglo XVIII. Sorprendente es la recuperación integral de la capilla de la Circuncisión, sus pinturas y retablo en lo que hasta ahora era un almacén.
Al finalizar la visita había llegado el “esperado” momento de subir a las Murallas de Albarracín.
Albarracín ha sido, desde tiempos inmemoriales, ciudad estratégica, de ahí que su capacidad defensiva fuera en el pasado imbatible, con una serie de construcciones compuestas, en líneas generales, por tres castillos y dos recintos de murallas, construcciones todas ellas que se han ido edificando a lo largo de la historia.
En este sofisticado sistema defensivo destacan los castillos del Andador, la torre de Doña Blanca, y dos recintos fuertemente amurallados.
Para la subida optamos por la calle Subida a las Torres, junto a la Iglesia de Santiago.
Una vez en lo alto, veremos que hay una puerta sobre la muralla donde podremos contemplar el río Guadalaviar y el casco antiguo.
En el camino de vuelta nos encontramos por el Portal de Molina, ante una de las cuatro puertas que cerraban la ciudad. Ésta recibe su nombre del camino que se abre hacia Castilla por Molina de Aragón.
Cuentan que es la fotografía imprescindible si se visita Albarracín, ya que fue un icono de los pósteres que el Ministerio de Turismo hizo para vender la imagen de España en los años 70. Para ello hay que volver la vista atrás para ver el portal de Molina desde extramuros, enmarcando la casa de la Julianeta dentro del arco del portal.
La casa de la Julianeta (que recibe el nombre del diminutivo afectivo de su antigua dueña, Juliana) vigila al viajero a la entrada de la ciudad. Su estructura de entramados de madera se manifiesta en el exterior de las paredes, permitiéndonos conocer el sencillo sistema constructivo de las casas más antiguas de la Ciudad, con zócalo de piedra, tabicón de yeso del terreno (colores grises, rojos, rosas y tostados) y madera de pino. Su morfología y volumetría caprichosa es el resultado de aprovechar al máximo el suelo en la intersección de dos calles.
Tiempo para pasear pausadamente por la Plaza de la Comunidad, el Portal del Agua o contemplar la Casa Torcida del Chorro, con la tranquilidad de haber visitado en este primer día la mayor parte de los atractivos de la ciudad.










































