Llegamos a Ceuta a media tarde un Domingo de Ramos con el primer objetivo de conseguir hotel para esa noche. Mientras realizábamos las gestiones oportunas llamamos a un ceutí, que había realizado el Servicio Militar en la Academia General del Aire de San Javier, contacto proporcionado por mi cuñado (treinta y cuatro años después no recuerdo su nombre, lamentablemente).
Cierto es que contactamos con él y conseguimos habitación en un hotel de la zona. Lo que desconocíamos es que nuestro contacto ejercía de relaciones públicas en varios locales de la ciudad, y no se nos olvidará nunca la “noche ceutí”. Hacía mucho tiempo que no salíamos de fiesta en la península como lo hicimos esa noche en el lugar menos pensado.
Habían pasado unas pocas horas cuando tocaba a la puerta de nuestra habitación para desplazarnos al taller. Allí tuvimos la suerte de que aceptaran y arreglaran el problema del cambio del coche mientras aprovechábamos para realizar algunas compras en Ceuta.
Una vez nos despedimos de nuestro compañero de andanzas por Ceuta volvimos a realizar los trámites para entrar en Marruecos por segunda vez en dos días, coincidiendo ahora con un grupo de murcianas, también de turismo, con las que compartiríamos viaje hasta Larache.
De ahí, ya solos en la carretera, a Casablanca (la capital financiera del país), donde haríamos noche, pasando previamente por la capital política y administrativa de Marruecos, Rabat.
Teníamos algo de tiempo para visitar la ciudad y optamos por acercarnos a la explanada de la Mezquita Inacabada donde te sorprenden -como si fuesen centinelas haciendo guardia- unas enormes hileras de columnas solitarias bajo el cielo de Rabat, con diversos tamaños que deberían de haber sustentado una enorme mezquita con capacidad para 40.000 fieles con su alminar (que debería alzarse a los 80 metros de altura).
Este colosal proyecto quedó interrumpido tras la muerte del califa y donde un gran alminar con algunos paños de “sebka o motivos decorativos de origen islámico en forma geométrica” también inacabado quedará reducido a 44 metros como testigo de una época histórica.
La Torre Hasan II es muy similar a su “hermana gemela”, la Giralda de la antigua Ishbiliya “Sevilla”, sin el cuerpo de campanas. Ha sido restaurada por la Unesco. Junto a ella se encuentra una bella fuente con el árbol genealógico de la familia real alauita.
En un extremo superior de la explanada se alza majestuosamente el Mausoleo de Mohamed V en mármol blanco que contrasta con la sobriedad del conjunto. Destacan sus bellos alicatados y una enorme bóveda de caoba con paños de pan de oro que acogen los sepulcros del Rey Mohamed V, de su padre Hasan II y de su hermano Muley Abdalá, velados por un talib que recita el Corán para el descanso eterno de los ilustres difuntos.
El Mausoleo de Mohamed V (al igual que las mezquitas y alminares musulmanes) se encuentra rematado como todas las grandes obras musulmanas por el “yamur”, tres esferas en orden descendente como terminación de la arquitectura musulmana sin un significado definido aunque existen diversas teorías proyectadas a una plenitud asociada al Universo y a Dios.
A medio camino entre Rabat y Marrakech se encuentra la mayor ciudad de Marruecos, Casablanca. Su origen se remonta a tiempos muy pretéritos, cuando los marinos portugueses costeaban por un lugar que la identificaban con una pequeña casa blanca situada sobre la antigua colina “Anfa”. Los nativos denominaban casa a la medina.
Llegamos ya de noche, con el tiempo más que justo de encontrar hotel y dormir lo justo para salir temprano a la mañana siguiente al encuentro de nuestros compañeros de viaje.





























