Marruecos 1990 (3)

Entre bosques de eucaliptos y alcornocales llegamos entre grandes montañas de color ocre al Gran Oasis de Marraquech cuyo palmeral de más de 150.000 palmeras sirviera de asentamiento a las tropas del emir almorávide Yúsuf ibn Tašufín, primero de la dinastía bereber de los almorávides, que reinó sobre Marruecos.

Actualmente Marrakech posee una parte importante de su economía vinculada al turismo, junto con los productos agrícolas que se exportan a Europa. Es centro comercial de su región y centro del trasporte del mineral extraído en el Atlas. 

Etimológicamente, el término Marruecos proviene del nombre de su antigua capital Marrakech, “Tierra de Dios”, fundada en 1062 por los almorávides que hicieron de ella su capital en el sur de Marruecos al pie del Atlas a 466 metros sobre el nivel del mar. Marrakech junto con Meknès, Fez y Rabat han sido consideradas desde tiempos muy pretéritos las cuatro ciudades imperiales de Marruecos con monumentos que forman parte del Patrimonio de la Humanidad.

En Marrakech reposan los restos de filósofos y médicos andalusíes de la talla de Averroes o Abentofail entre otros personajes de la cultura universal cuyo legado llegaría a ser el faro de Europa que ayudaría a disipar nuestras brumas culturales beneficiando al pensamiento posterior del mundo latino (Santo Tomás).

Como es habitual en nosotros, llegamos con tiempo más que de sobra antes del reencuentro, aparcando el coche cerca de la torre de Kutubiya de Marrakech. Llamada Mezquita de los Libreros -kutub en árabe significa libro- es un ejemplo del arte almohade del siglo XII. Fue mandada construir por el monarca almohade Yaqub al-Mansur, cercana a los 70 metros de altura. Es de planta cuadrada y sirvió de modelo para la construcción del minarete sevillano “La Giralda” que tiene una altura de 97,5 metros.

Todas las grandes avenidas de Marrakech convergen en la Torre Mezquita Kutubía. La Plaza de Djemaa el-Fna o Plaza de la muerte (por ser donde se exponían a los condenados a muerte en tiempos pretéritos), los jardines de la Menara con su gran laguna, el Jardín Botánico o el Palmeral.

Le propuse a May dar una vuelta por la Plaza de Djemaa el-Fna y el zoco, sin conseguirlo. Tocaba esperar a las doce horas del mediodía, cuando se produjo el ansiado encuentro con nuestros cuatro compañeros. Sin móviles, sin wasap, sin medio alguno de comunicación, en un país extraño, en un punto de encuentro del que tan solo teníamos referencias. Pero ahí estábamos los seis dispuestos a continuar nuestra aventura.

Ahora sí que May, resguardada por el gran grupo, estaba dispuesta a tomar al asalto todas las tiendas habidas y por haber, comenzando el regateo que no nos abandonaría hasta el regreso a casa.

En el zoco de la Plaza Djemaa el-Fnaa encontramos saltimbanquis, portadores de agua con su traje tradicional, encantadores de serpientes, coches de caballos, motocarros de tres ruedas, músicos y grupos tradicionales con sus coros y danzas, cuenta cuentos y un largo etcétera.

Contemplábamos el bullicio de la mañana desde la terraza de un café donde comentábamos nuestro viaje desde Ceuta unos y los detalles de Fez y Mekinez otros, protagonizando incluso un duelo de cámaras fotográficas…

Tras la comida iniciamos la visita a los zocos de Marrakech, en pleno centro de la Medina, empezando por el de las especias, ideal para pasear y disfrutar del aroma que desprenden las especies y remedios naturales. El resto del zoco es un entramado de callejuelas y recovecos con mucho encanto, todo un laberinto donde puedes encontrar todo tipo de artículos, en especial: lamparas, alfombras, textiles, ropa, artesanía de cuero, y souvenirs.

Poco a poco íbamos adentrándonos más en el zoco y sustituyendo la parte más turística por otra mucho más autóctona, guiados por el buen saber y el atrevimiento, para qué negarlo, de Quiño. De este modo llegamos a la Madrasa Ben Joussef, una de las joyas de Marrakech, un claro ejemplo de la arquitectura marroquí

La Madrasa Ben Youssef era una escuela coránica del Siglo XIV que acogía a más de 800 alumnos y fue fundada por el Sultán Abou al Hasan. Una Madrasa es lo que en Occidente podemos conocer como una escuela, pero basada en las enseñanzas del Corán. También se enseñan otras disciplinas como arte, historia, ciencias, o idiomas. Esta Madrasa llegó a ser la más grande de todo Marruecos.

Actualmente se pueden visitar algunas de las celdas dónde se alojaban sus estudiantes. Lo que llama más la atención es, sin duda, la arquitectura de la Madrasa y su patio central.

Seguíamos paseando por la medina, sin saber ya muy bien donde nos encontrábamos, hasta que encontramos una puerta por la que salir de la misma y regresar a la Plaza Djemaa el-Fnaa.

El Ramadán es el noveno mes del calendario lunar islámico y tiene una inmensa importancia para los musulmanes de todo el mundo. Durante este mes sagrado, los musulmanes ayunan desde el amanecer hasta el atardecer, participando en la reflexión espiritual, la oración y actos de amabilidad. El inicio del Ramadán en 1990 se produjo el domingo 17 de marzo y coincidió con nuestra estancia en Marruecos.

El ayuno es interrumpido tras la puesta de sol, generalmente comiendo dátiles y tomando agua o jugo. Sin embargo, cualquier comida o bebida lícita puede utilizarse para interrumpir el ayuno. A esto le sigue el Salat Al-Maghrib (oración posterior a la puesta de sol) y luego una comida completa. Después de un breve descanso, los musulmanes van a la mezquita para ofrecer el Salat Al-‘Isha (oración de noche) y más tarde una oración especial llamada Tarawih.

El resultado: cuando de nuevo volvimos a la plaza la transformación había sido brutal. Desaparecidos todos los “espectáculos para turistas” de la mañana, su lugar era ocupado ahora por infinidad de puestos donde degustar todos los manjares de la gastronomía marroquí. Una ocasión que no podíamos dejar escapar antes de pasar nuestra primera noche en Marrakech.

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