Tras visitar la ciudad, pusimos rumbo al Ksar de Ait Ben Haddou a unos treinta kilómetros en dirección al desierto. Debe su nombre a la tribu que se asentaba en estas tierras, y que inició su construcción allá por el siglo XVII (Ben = “hijos”: Hijos de Haddou). Aprovecharon la ladera de una colina para ir apilando pequeñas casas hechas de adobe, algunas bastante modestas y otras que parecen auténticos castillos (kasbahs). Era un lugar frecuentado por las caravanas de comerciantes que se embarcaban en la ruta entre Marrakech y las ciudades al otro lado del Sahara, en un viaje que duraba varios meses.
Con el paso del tiempo la ciudadela fue despoblándose, aunque muchas de sus construcciones se conservaron casi intactas, lo que hace que sea uno de los mejores ejemplos de ciudadela bereber medieval presahariana.
Que fuera nombrada como patrimonio de la UNESCO en el año 1987 y que haya sido el escenario de muchas películas de alto presupuesto también ha ayudado a que hoy en día luzca como una de las maravillas de Marruecos.
Ait Ben Haddou, está dividida en dos partes: la ciudad antigua (que sería el famoso ksar) y la ciudad nueva, con varias opciones de alojamiento y restaurantes. Se encuentra en el extremo sur del Valle de Ounila, que atraviesa un pintoresco paisaje de camino a Marrakech, y que pasa por la bonita Kasbah de Telouet.
La antigua ciudadela está separada de la ciudad nueva por el cauce del río Ounila. Para llegar a sus pies tuvimos que cruzar el río a pie aunque el nivel suele ser bajo (ahora, y no entonces, hay puente).
Algunos intrépidos integrantes del grupo plantearon la posibilidad de llegar hasta Zagora, “La reina del Sur” ubicada al final del Valle Draa en un enorme palmeral y verdes frutales que se pierden en las arenas del Sáhara. Punto de partida también de las antiguas caravanas y a día de hoy base para adentrarse en el último pueblo del sur, M´hamid. La perspectiva de tener que recorrer otros 160 kilómetros por aquellas carreteras, de ida, y otros tantos de vuelta, más los correspondientes hasta llegar de nuevo a Marrakech hicieron que la idea abandonara nuestras cabezas. Esta es, por lo tanto, la instantánea más al sur de Marruecos que pudimos tomar.
Nos llevó toda la tarde regresar a Marrakech tras pasar algunos controles de tráfico con la inestimable ayuda de Quiño y realizar algunos curiosos intercambios geológico-gastronómicos. En esta ocasión el grupo se dividió en dos para dormir, pues May quería pasar la última noche en Marrakech en algún hotel de superior categoría. Objetivo cumplido. A la mañana siguiente el grupo se congregaba en este establecimiento para el desayuno.
Partíamos hacia la capital, Rabat, pasando por Casablanca. Ahora desandábamos nuestro camino de ida a Marrakech. Un alto en el camino para fotografiar a los dromedarios, a los que habíamos echado en falta durante estos días. Para el recuerdo la anécdota del “Gigante Verde” y sus guisantes…
Aunque Casablanca, la mayor ciudad de Marruecos no lleva el apellido de Imperial, no podemos pasar por alto su gran interés como centro económico y comercial del país. Posee un rico patrimonio arquitectónico moderno debido a la diversidad en ésta materia que experimentó durante el siglo XX. Debe su nombre a los antiguos marinos portugueses que costeaban la zona e identificaban ésta localidad con una pequeña casa blanca situada en el alto de la colina de Anfa, cuyo significado es Elevado.
Contemplamos la Mezquita Hassan II, el templo más alto del mundo y segundo más grande por detrás de la Meca. Esta gran obra, construida bajo el mandato del rey Hassan II, se alza como emblema de la capital del poder económico en Marruecos. Ocupa una extensión de 30.000 metros cuadrados y la convierten en una obra inédita, además de poseer una vista increíble y una ubicación excepcional como un islote en el mar, que dejan al visitante sobrecogido ante la envergadura de la obra.
Una visita al cercano puerto pesquero y continuación del viaje a Rabat, donde volveríamos al Mausoleo de Mohamed V, acompañados en esta ocasión.
Eso sí, tras alojarnos en el hotel del simpático “uno por chambre”. Más tarde visitamos la Medina en compañía de una persona con la que Quiño pronto congenió. Y la visitamos de punta a rabo, hasta llegar a las mismas puertas del mar, cerca de la desembocadura del río Bu Regreg, que divide a la ciudad de Rabat con la vecina Salé. Algo impensable para un viajero normal y corriente, todo hay que decirlo.


































