Segovia, Aranjuez 2012 (3)

Hora de comer. Nos pareció una buena opción la villa medieval de Pedraza, marco incomparable declarado Conjunto Monumental en 1951, distinguida por los premios “C” de Turismo de Castilla y León en 1993 y Premio Europa Nostra en 1996. Situada a 1.073 m de altitud en el piedemonte segoviano, el promontorio pétreo en el que actualmente se asienta la población está orillado por los arroyos San Miguel y Vadillo que poco más abajo confluyen y se convierten en el Cega.

La configuración geográfica de Pedraza favorece un asentamiento temprano; hay indicios de población prehistórica en los valles que arropan al río Cega y se han encontrado restos junto a la actual explanada del Castillo de cerámica hecha a mano, que hacen suponer que la propia roca donde hoy se asienta Pedraza estaba ya habitada hacia el siglo IV a. C. por un núcleo de población celtibérica. Posteriormente, hay certeza de una ocupación en época romana, incluso existe una teoría que sitúa el origen del emperador Trajano en Pedraza.

Tras aparcar nos dirigimos al Castillo, del que únicamente se conservan los altos muros y otros contados restos, así como la Torre del Homenaje, de tres plantas y forma cuadrada; es hoy propiedad de los descendientes del pintor Ignacio Zuloaga, del que se conservan algunas obras en este torreón.

Se desconocen los orígenes del castillo, ya que es uno de los más antiguos de Europa. Fue residencia de Abderramán el Grande, así como de los reyes de Castilla y León durante la Edad Media. La más popular de sus leyendas se asocia a los amores trágicos de doña Elvira, señora del Castillo, y del monje Roberto que, habiéndose amado de adolescentes, se reencuentran al cabo de los años cuando el monje es nombrado capellán del Conde Ridoura, marido de Doña Elvira.

Y qué mejor lugar para comer que la Plaza Mayor de Pedraza, una plaza porticada coronada por la Iglesia de San Juan Bautista (siglo XIII) cuya única puerta de entrada era la antigua cárcel. La plaza de Pedraza es irregular en su forma y creada para que las familias nobles de la villa disfrutaran desde sus balcones, de los festejos taurinos celebrados desde 1550. Todavía se conservan los palacios y casonas de las familias que allí vivieron, datadas en los siglos XVI y XVII.

El lugar elegido, el Restaurante El Soportal, asentado sobre dos casas conservando intacta toda su estructura desde el Siglo XVI. Una fue taberna y otra panadería desde comienzos del siglo XX. Los judiones de la granja y el cordero lechal, de capricho.

De vuelta a Segovia nos preparamos para visitar, ahora sí, el Alcázar y la anexa Casa de la Química. El Alcázar de Segovia, declarado Monumento Histórico Artístico en 1931 y Patrimonio de la Humanidad en 1985 es una de las construcciones más bellas de la ciudad de Segovia. Se asienta sobre una colina situada entre los ríos Clamores y Eresma, un lugar estratégico empleado por los pueblos celtíberos y, posteriormente, por romanos y árabes.

La historia del Alcázar de Segovia se remonta al siglo XII. El primer documento escrito que hace referencia a la fortaleza es del periodo de Alfonso VII, sin embargo, la construcción del palacio, en ese mismo siglo, se atribuye al reinado de Alfonso VIII, monarca que aportaría una decoración claramente hispano-musulmana de aspecto cisterciense. En la centuria siguiente Fernando III y Alfonso X realizaron varias ampliaciones. El aspecto actual del Alcázar tiene lugar durante los reinados de Juan II y Enrique IV, ya en el siglo XV. A finales del siglo XVI, durante el reinado de Felipe II, Francisco de Mora reformó el Patio de Armas y sería el encargado de colocar los chapiteles y tejados de pizarra. Debido a las continuas reformas realizadas en el complejo entre los siglos XII y XVI, se pueden apreciar elementos de diferentes estilos artísticos: románico, gótico, mudéjar y renacentista.

En el Alcázar de Segovia han tenido lugar grandes acontecimientos históricos: la celebración de las Cortes Generales en 1256 por parte de Alfonso X; la proclamación como reina de Isabel I en 1474; el matrimonio entre Felipe II y Ana de Austria en 1570; el emplazamiento del Real Colegio de Artillería en 1764. En 1862 se produjo un incendio que arrasó el Alcázar, pero éste fue restaurado y desde 1896 alberga el Archivo General Militar. El Alcázar de Segovia consta de un gran perímetro de 728 metros que se adapta perfectamente a la compleja orografía del peñasco rocoso sobre el que se asienta. Se accede salvando el foso de 26 metros de altura a través de un puente de piedra realizado en época de Felipe II y que sustituiría al antiguo puente levadizo de madera. El Alcázar se sitúa alrededor de dos patios: el Patio de Armas y el Patio del Reloj. En los extremos del complejo se hallan dos torres: la torre de Juan II, en la zona de acceso, y la Torre del Homenaje, en la zona más exterior del promontorio. La Torre de Juan II se encuentra junto al foso y la entrada. Fue construida entre 1440 y 1465 y es considerada un gran ejemplo de la arquitectura gótico-civil española. Se asienta sobre una torre anterior del siglo XIII de la que se conserva un ventanal mudéjar de influencia almohade. Consta de 80 metros de altura y se divide en tres pisos gracias a tres líneas de impostas. La torre está decorada exteriormente con motivos circulares esgrafiados.

La torre es rematada con almenas, algunas de ellas decoradas con los escudos de Castilla, y con doce torrecillas circulares decoradas en su parte superior con escamas. Esta torre fue empleada como prisión de Estado. Se puede acceder a la parte superior de la torre tras subir 152 escalones por una escalera de caracol. Las impresionantes vistas de la ciudad que se pueden disfrutar desde lo alto, hacen que el esfuerzo merezca la pena. El Patio de armas del Alcázar de Segovia también se construyó en el siglo XIII, aunque el patio actual corresponde al siglo XVI, de estilo herreriano. Consta de una planta irregular y porticada en tres de sus cuatro lados. El primer piso del patio está sustentado por arcadas y el segundo es adintelado. Desde una de las puertas de este patio se accede a la Sala de Ajimeces o antigua Sala del Palacio Viejo. Esta sala fue un encargo del rey Alfonso VIII, y fue denominada “de los Ajimeces” por los antiguos ventanales románicos geminados que se conservan. La Sala de la Chimenea se denominada así por ser la chimenea su elemento principal. Fue reformada en tiempos de Felipe II. Era la sala de despacho y reunión con el consejo. Ésta y otras dependencias fueron decoradas con techumbres mudéjares; desgraciadamente las originales se perdieron en el incendio de 1862, y las que hoy observamos son réplicas exactas siguiendo grabados antiguos. A través de un arco profusamente decorado accedemos al Salón del Trono, que recrea el aspecto que debía tener en época de los Reyes Católicos. La sala se cubre con una cúpula octogonal mudéjar del siglo XV, muy parecida a la que se perdió en el incendio del siglo XIX, pues ambas fueron realizadas por el mismo artista, Xadel Alcalde. La actual se trajo de la desaparecida iglesia de Santa María de Urones de Castroponce (Valladolid). En esta sala se aprecia una pareja de tronos, regalo de Alfonso XII, bajo un dosel con el emblema y divisa de los Reyes Católicos “Tanto Monta”. Era el lugar destinado por los reyes para las audiencias y recibir a diferentes mandatarios y nobles.

Tras una puerta de arco gótico aparece la Sala de la Galera o de los Embajadores, cubierta con un artesonado en forma de barco invertido. Fue mandada construir por la madre de Juan II: Catalina de Lancaster. En una de las paredes de la sala se narra a través de una pintura del siglo XX la coronación de Isabel como Reina de Castilla: el 13 de diciembre de 1474 salió del Alcázar para ser nombrada Reina de Castilla en la iglesia de San Miguel. Esta obra fue realizada por el artista segoviano Carlos Muñoz de Pablos.

Anexa a la habitación anterior se encuentra la Sala de las Piñas, denominada así por las piñas que aparecen representadas en el artesonado. Destaca el friso inferior realizado en yeso dentro del estilo gótico-mudéjar. Seguidamente se accede a la Alcoba del Rey, sala donde se simula la habitación real, compuesta por una cama de madera de nogal bajo un dosel rojo.

Una de las dependencias más interesantes de esta zona es la Sala de los Reyes, iniciada en tiempos de Alfonso X y finalizada en 1596. Esta sala fue destinada a la reunión de los reyes con la Corte. La cubierta original se perdió en el incendio de 1862 pero en la actualidad se encuentra una réplica exacta. Lo más destacado es el friso superior, donde aparecen 52 esculturas sedentes que corresponden a los reyes de Asturias, de Castilla y de León (desde Don Pelayo a Juana la Loca). Estas imágenes se encuentran acompañadas de otras de personajes importantes en la historia de Castilla, como Fernán González y El Cid.

A continuación la Sala del Cordón, cuyo nombre se debe al cordón franciscano que Alfonso X mandó colocar. Al lado aparece el Tocador de la Reina, una pequeña sala cubierta con un artesonado renacentista. Desde aquí se puede acceder a la antecapilla, donde destaca la reja y posteriormente a la capilla, cubierta con artesonado mudéjar del siglo XV procedente de la iglesia de Cedillo de la Torre (Segovia) y con un retablo mayor del siglo XVI realizado por la escuela castellana. La capilla y antecapilla están situadas junto a uno de los lados del patio del Reloj.

El Patio del Reloj recibe este nombre por el reloj de sol que puede verse en una de sus paredes. Este patio da acceso a la Torre del Homenaje que se encuentra en la zona más occidental. Se inició en el siglo XIII y fue remodelada posteriormente por Felipe II. Se trata de una torre rectangular flanqueada por cuatro esbeltas torrecillas cilíndricas adosadas en sus esquinas. El conjunto se completa con otra torre semicircular, de mayor tamaño que las anteriores, pero en este caso adosada en su parte exterior.

A finales del siglo XVIII, el Real Colegio de Artillería era ya un centro de enseñanza moderno, pujante y de referencia. La presencia de profesores como Louis Proust fue determinante en el prestigio en poco tiempo adquirido. Tras un breve paso por Madrid, donde enseñó química contratado por el Gobierno español, Proust se hizo cargo de las disciplinas de Química y Metalurgia del Real Colegio de Artillería, que con tanto éxito funcionaba en el interior del Alcázar segoviano. En Segovia, el químico francés impartió cursos de cuatro meses, a razón de tres lecciones semanales, y dejó una huella indeleble. De hecho, fue en el laboratorio del Real Colegio donde Proust realizó todas las experiencias que le permitieron enunciar la Ley de las Proporciones Definidas, con la que pasó a la historia como uno de los fundadores de la química moderna.

Louis Proust había nacido en la población gala de Angers en 1754. Siendo un muchacho, compaginó los estudios en el colegio de los Oratorianos con el trabajo diario en la farmacia del padre, donde adquirió sus primeros conocimientos de química y herboristería. Incluso llegó a tomar parte en la creación de un jardín botánico en la ciudad. Con veintiún años, ganó por oposición, tras un brillante concurso, la plaza de farmacéutico jefe del hospital de la Salpêtrière de París, abriéndose ante él una etapa verdaderamente enriquecedora. A la vera del Sena conoció Proust a Lavoisier y a Pilâtre de Rozier, farmacéutico y pionero de la aerostación con quien realizaría una ascensión en globo en 1784, en presencia de Luis XVI de Francia y Gustavo III de Suecia. Para entonces, Proust ya había vivido su primera experiencia española, pues pasó casi dos años al frente de la cátedra de Química del Real Seminario Patriótico de Vergara (Guipúzcoa), fundado años atrás por la Real Sociedad Económica Bascongada de Amigos del País.

En 1786 llegó a Madrid, merced a un acuerdo entre Carlos III y Luis XVI, contratado por el Gobierno español. Enseñó química en la capital, pero rápidamente recaló en el Real Colegio de Artillería de Segovia, donde impartirá las enseñanzas de Química y Metalurgia hasta final de siglo. La llegada de Proust supuso una pequeña revolución en el Real Colegio, cuyo laboratorio fue dotado con los mejores medios del momento.

En ese laboratorio, instalado en la llamada Casa de la Química, junto al Alcázar, desarrolló el francés numerosos experimentos, en los que estudió la composición de diversos carbonatos de cobre, óxidos de estaño y sulfuros de hierro, llegando a la conclusión de que la proporción en masa de cada uno de los componentes (por ejemplo, carbono, cobre y oxígeno en los carbonatos de cobre) se mantenía constante en el compuesto final y no adquiría ningún valor intermedio, independientemente de si eran un carbonato natural o artificial o de las condiciones iniciales de la síntesis. De esta manera, dos compuestos diferirían entre sí en función de las proporciones de elementos básicos. Estas conclusiones llevaron a Proust a enunciar la Ley de las Proporciones Definidas, que contradecía los postulados del químico francés Claude Louis Berthollet, convencido de la variabilidad en la composición de los compuestos en función de su método de síntesis. En 1811, el químico sueco Jöns Jacob Berzelius defendió el enunciado de Proust, que sentó las bases de la teoría atómica de Dalton.

Durante su estancia en Segovia, Proust dirigió la publicación de los «Anales del Real Laboratorio de Química de Segovia» (en dos tomos, de 1791 y 1795) y contribuyó a las pruebas aerostáticas que culminaron con la demostración del vuelo de un globo realizada ante el rey Carlos IV en El Escorial, en noviembre de 1792. En la exhibición tomaron parte los capitanes Pedro Fuentes, Manuel Gutiérrez y César González, los cadetes Gesualdo Sahajosa y Pascual Gayangos y un grupo de artilleros, todos ellos dirigidos por el propio Proust. Aquellos ensayos realizados en Segovia marcan el origen de la aerostación militar.

Para finalizar, una noche cultural, pues se celebraba en esas fechas en la ciudad el 37 Festival de Segovia. Esa noche, en la Iglesia de San Juan de los Caballeros, asistiríamos al recital de piano ofrecido por Iván Martín.

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