Belmonte 2020 (1)

Pocas escapadas por España y por el mundo quedan por reflejar en el blog. No lo fueron en su momento y en estos últimos meses las hemos ido recuperando, siempre con la ilusión de que sea “la antepenúltima”. Por desgracia, el panorama, ya complejo de por sí, se ha oscurecido, obligando a suspender algún anhelado viaje a Grecia y poniendo en entredicho cualquier otra salida. Pero ya lo dice el refrán: “la obligación antes que la devoción”. Dicho de otro modo, antes de dedicarnos a aquellas actividades que nos gustan y nos permiten un relativo pequeño respiro, debemos cumplir con nuestras responsabilidades y deberes, como padres en este caso. Así es la vida.

También corrían tiempos convulsos cuando visitamos Belmonte, uno de los municipios incluidos en la lista de los pueblos más bonitos de Castilla-La Mancha, coincidiendo con el puente del Pilar de 2020. El 21 de junio de ese año, al acabar el estado de alarma, todos los territorios pasaron a la “nueva normalidad”, acabando las restricciones de movilidad entre provincias y comunidades autónomas a excepción de las medidas recogidas en el Real Decreto que la definía, como el uso de mascarilla en lugares de uso público.

Sin olvidar, por ser lo más importante, la lucha de cada día, con coraje, esperanza y valentía, de May, la persona con la que he realizado todos estos viajes. Y es que no todas las heroínas llevan capa.

Habíamos decidido que Belmonte era un destino excepcional para escapar de la rutina y retroceder quinientos años en el tiempo. Y, si bien se puede visitar en un día desde ciudades como Madrid (150 km), Cuenca (95 km) o Toledo (155 km) o, por qué no, Alcantarilla (250 km), no está de más quedarse a dormir y aprovechar la estancia lo mayor posible.

Como somos de madrugar cuando salimos de viaje, llegamos a Belmonte prácticamente a tiempo de desayunar para, a continuación, sumergirnos en un fabuloso viaje a la época en la que el intrigante Don Juan Pacheco, primer Marqués de Villena y tercer Señor de Belmonte, ya mandaba en Castilla más que el propio Rey Enrique IV y traía de cabeza a su enemiga irreconciliable, la futura Reina Isabel la Católica.

Nacido en el antiguo palacio de Don Juan Manuel, Pacheco mandó erigir sobre una colina un castillo mayúsculo en estilo gótico-mudéjar que sería no sólo un poderosísimo fortín manchego sino también su morada más querida. También fue el responsable de la construcción de la Colegiata de San Bartolomé, a la que otorgaría tratamiento catedralicio y daría sepultura a sus padres y abuelos. A sus pies se fue apostando un reguero de callejuelas estrechas de muros blancos y empinadas cuestas del que fue, es y será considerado con justicia, uno de los pueblos más bonitos de Castilla-La Mancha.

Nuestra visita se inició por el castillo de Belmonte, un palacio-fortaleza de origen renacentista y estilo gótico-mudéjar. Comenzado a construir en 1456 por orden de D. Juan Pacheco (primer Marqués de Villena) con trazas atribuidas al arquitecto Hanequín de Bruselas o bien a Juan Guas (según los historiadores), es probable que se terminase en 1474 por el segundo marqués de Villena D. Diego López Pacheco. Una personalidad vinculada a la historia de este castillo fue la emperatriz francesa, Eugenia de Montijo.

El recinto principal se rodea de una barrera artillera, con tres puertas de acceso, de exquisita construcción, que defiende zonas bajas.

La puerta, llamada de los Peregrinos o de Santiago, se abre en un cubo desde el que debía colgar el puente levadizo; la del Campo, situada al este, desde la que se accede al castillo; por último, la de la Villa, que enlaza la fortaleza con la población. Flanquean estas dos últimas entradas sendos torreones cilíndricos.

La planta del castillo tiene una «estructura atenazada«, construida sobre un rectángulo equilátero, con dos cuerpos en dos de sus lados y en el otro la torre del homenaje. Forma todo el conjunto un triángulo que se convierte en polígono de nueve lados con seis torres en los vértices, a modo de una estrella de seis puntas.

Los dos cuerpos antes citados forman un ángulo agudo, constando de tres plantas cada uno de ellos, donde se distribuyen los aposentos del palacio. Se accede a estas plantas por una escalera para dar paso a las galerías, a lo largo de las cuales se abren las estancias nobles del castillo.

Las techumbres de algunas de las estancias están cubiertas por artesonados y alfarjes mudéjares, como la de la sala utilizada para la capilla de planta octogonal y articulada mediante mocárabes ricamente policromados, las de los dormitorios de los marqueses ochavadas a modo de cúpula, o la del Salón de Gobierno.

Especial mención merece el Salón de Gobierno que representa el verdadero marco solemne y señorial del poder nobiliario; tiene forma rectangular con una superficie que ronda los 150 metros cuadrados, cubierto por una estructura construida con madera de pino mediante la técnica de par y nudillo.

De igual modo, la exuberancia y riqueza ornamental aparecen en algunas piezas y elementos de su arquitectura interior, tales como frentes de chimenea o los alféizares de algunas ventanas.

Actualmente el castillo es propiedad de la Casa ducal de Peñaranda y Montijo, que a través de una sociedad gestora presidida por el conde de Montalvo, don Javier Fitz-James Stuart de Soto, ha procedido a una última rehabilitación entre los años 2008 y 2016 con la que se ha podido musealizar el Castillo y propiciar su uso turístico y de eventos.

El viejo alcázar del siglo XIV mandado erigir por el infante Don Juan Manuel fue el lugar de nacimiento de Juan Pacheco. Todavía se pueden visitar interesantes restos arqueológicos entre los que destacan los restos de un convento de monjas dominicas que se levantó in situ en el siglo XV. Ahora el alcázar es un hotel de cuatro estrellas (Palacio del Infante Don Juan Manuel Hotel Spa) con un claustro magnífico y alma de Parador, aunque no lo sea. En realidad esta transformación en alojamiento se debió a un proyecto de creación de “Ventas de la Ruta de Don Quijote” que comenzó y terminó precisamente en este hotel belmontino.

Era el hotel que habíamos elegido, con buen gusto, para pernoctar, motivados también por su magnífico restaurante (Los Alarifes) que nos permitió probar sus deliciosos platos con productos de la tierra cocinados y presentados con un toque ciertamente innovador. Y con vistas al castillo, por lo que más no se puede pedir.

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