Belmonte 2020 (2)

La Colegiata de Belmonte es un edificio construido sobre una iglesia visigoda anterior en el barrio Alto de la Villa. Su trayectoria va unida a la historia del Marquesado de Villena que la convirtió en templo colegial a través de una bula fundacional obtenida del papa Pio II en el año 1459. Su consagración como colegiata, bajo la advocación del apóstol San Bartolomé, se produjo en el mes de marzo del año 1460. Participaron en su construcción personajes tales como Hanequín de Bruselas, Egas Cueman, Esteban Jamete o Andrés de Vandelvira, haciendo de la colegiata en uno de los conjuntos arquitectónicos más relevantes de Castilla la Mancha. La religiosidad convertida en arte sacro permite descubrir numerosas obras entre las que se encuentra incluso la firma de Salzillo.

El edificio pertenece al gótico final siendo de aspecto sencillo y sobrio pero de grandes dimensiones. Posee una planta de salón compuesta por tres naves divididas en cuatro tramos, pilares cilíndricos soportando arcos apuntados, bóvedas de nervadura en el crucero y la capilla mayor y cuatripartitas en el resto; posee también un ábside poligonal, coro en el centro y trece capillas laterales abiertas entre los contrafuertes más la sacristía.

La capilla mayor es un espacio situado en la cabecera del templo, elevado, de planta poligonal con nueve lados cuyos muros se dividen horizontalmente en dos cuerpos a través de una moldura, abriéndose en el superior cuatro ventanales góticos bocinados de apuntadas ojivas. La bóveda que la cubre es de crucería estrellada y en sus muros laterales se abren cuatro arcosolios pertenecientes al gótico florido donde se encuentran las estatuas orantes, en alabastro, de la familia del Marquesado de Villena. La traza del retablo mayor, presidido por la imagen de San Bartolomé, fue realizada por Lázaro Ruiz en el año 1617 y ejecutado por Hernando de Espinosa en 1619.

La fisonomía exterior del edificio se caracteriza por utilizar mampuesto en las zonas bajas y la sillería para las partes elevadas de la torre y el ábside, en las esquinas y en los contrafuertes y vanos (ventanas, puertas). Consta de un cuerpo central (nave principal), cubierto a dos aguas, que tiene adosados a su alrededor varias capillas de distinto tamaño y altura, cubiertas a dos y a cuatro aguas. Sobresalen los volúmenes formados por la torre cuadrangular situada a los pies y el ábside. Todo el perímetro del templo esta jalonado por contrafuertes. Además tiene dos entradas, una situada al sur llamada Puerta del Sol y la otra a poniente denominada de Los Perdones o de San Bartolomé.

En las naves laterales de la Colegiata se realizaron a lo largo del siglo XVI, una serie de capillas, en su mayoría funerarias, costeadas por las familias nobles de Belmonte. Sus nombres son: Capilla del Bautismo, Capilla de la Anunciación, Capilla de la Inmaculada, Capilla de San Pedro y San Pablo, Capilla de San Miguel Arcángel, Capilla de la Purificación, Capilla de la Santísima Trinidad, Capilla del Santo Cristo de los Peligros, Capilla de San Juan Bautista, Capilla de la Asunción, Capilla de Santiago y Capilla del Santo Sepulcro.

Tras la reconfortante comida, dedicamos la tarde a callejear por el casco viejo de Belmonte, que guarda muchos secretos intramuros. Decidimos dejarnos llevar por las callejuelas del casco histórico y disfrutar de una armonía urbana que cada vez se hace más complicado encontrar hoy día. A través de grandes fachadas con ventanales protegidos por rejas uno puede presenciar la huella de los mejores años de Belmonte. O, por ejemplo, buscar la casa natal de uno de los hijos más ilustres de la villa, Fray Luis de León, relativamente cerca de la Colegiata.

También las ruinas del Hospital de San Andrés que mandara construir para los pobres a principios del siglo XV Juan Fernández Pacheco, el abuelo de Don Juan Pacheco, aunque su estado de conservación actual resulta del todo preocupante. O la hermosa plaza que antes era uno de los patios del convento de los jesuítas (edificio destinado a diferentes propósitos), sin olvidarnos del convento de los Trinitarios en la calle Lucas Parra.

Recorrimos parte de la muralla medieval, conociendo alguna de sus puertas más emblemáticas. Poco después de la Reconquista comenzó a construirse una muralla para proteger la ciudad, algo que continuó en tiempos del Infante Don Juan Manuel rematándose con la construcción del castillo de los Pacheco ya bien metidos en el siglo XV.

El cinturón defensivo que bordeaba la ciudad contaba con cinco puertas que se abrían y se cerraban cada día, tres de las cuales continúan utilizándose como acceso a la villa. En la Puerta del Almudí, junto al viejo pósito, estuvo situada la picota o rollo, de ahí que otro de los nombres por los que fue conocida es “la puerta del rollo”. Guarda un Cristo relativamente reciente (mediados del s. XX).

La Puerta de la estrella hace referencia a la existencia de una antigua judería fuera de la muralla a la que eran obligados a vivir a los judíos. Sobre la misma se encuentra una estatua de “la Virgen de la Estrella”.

Para finalizar este intenso día en Belmonte, como es costumbre, teníamos previsto contemplar un precioso atardecer en un molino de viento… no sin algún pequeño, o gran, sobresalto.

Apenas a 500 metros de subida desde el hotel destaca una colina en la que ha habido molinos de viento desde hace siglos. Hay restos de unos cuantos pero al extremo destaca el Molino “El Puntal” que conserva su maquinaria y en diversas jornadas permite ser testigos de la molienda. Se puede visitar su interior, entender cómo funciona un molino de viento y, para más inri, representa el punto ideal de Belmonte para ver atardecer sobre el pueblo y la llanura manchega.

Esta entrada fue publicada en 2020, Belmonte, Viajes, Viajes por España. Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario

Este sitio utiliza Akismet para reducir el spam. Conoce cómo se procesan los datos de tus comentarios.