La reserva en El Celler de Can Roca para el 16 de octubre de 2025 era la excusa perfecta para visitar Girona y su provincia. No había tiempo suficiente para ver todos los lugares de interés que May había recopilado en sus famosos papeles, pero algo se podía hacer. No contábamos con el tiempo, revuelto a estas alturas de año por las borrascas situadas sobre un demasiado caliente Mediterráneo. De hecho, las noticias sobre el cierre de la AP-7 y las alertas rojas en varias comarcas por las que debíamos pasar en el desplazamiento desde Murcia a la capital gerundense recomendaron no partir el lunes y esperar a que la climatología fuese más propicia.
El martes, de madrugada, emprendimos el viaje. Teníamos una ventana de aparente buen tiempo que parecía permitir un desplazamiento sin muchos inconvenientes, aunque la tensión por algún aguacero intenso y tormentoso era inevitable. Realizamos una única parada para estirar las piernas y repostar combustible pasado ya Castellón, y llegamos a Girona poco después del mediodía.
Por primera vez en mucho tiempo habíamos viajado sin realizar reserva de hotel, pues anulamos domingo por la noche la que realizamos días antes en el Hotel Palau de Bellavista, donde conseguimos habitación sin excesivos problemas, realizando el check in antes de la hora indicada.
Habíamos reservado para comer en el Restaurante Can Roca, y disponíamos de algo de tiempo para patear por vez primera las calles de Girona, rodeada por cuatro ríos (Ter, Onyar, Güell y Galligants) y dos importantes macizos (el de las Guilleries y el de las Gavarres). Su historia se remonta a los íberos, un pueblo que se asentó en los puntos más altos alrededor del llano de Girona y que fue ocupado por los romanos para fundar Gerunda, nombre que hace referencia al río Onyar.
Nos dirigimos en primer lugar a la Catedral, aprovechando para contemplar uno de los lugares más emblemáticos de la ciudad de Girona, el Call jueu, constituido por un conjunto de calles laberínticas que nos transportaron a la época medieval sin salir de la cosmopolita capital del Gironès. De hecho, es mundialmente conocido por ser el mejor conservado de toda Europa.
Su construcción comenzó en el siglo XII, cuando varias familias judías decidieron instalarse en el carrer de la Força. La comunidad judía de aquella época rápidamente se integró en la sociedad de Girona, y llegó a ocupar un lugar clave para el desarrollo económico de la ciudad, gracias a su alto nivel cultural. Actualmente, una parte del call se ha rehabilitado gracias a la Embajada de Israel y el Patronato Call de Girona, un organismo municipal autónomo que se ocupa de la recuperación y conservación de la herencia judía de la ciudad.
Por el carrer de la Força llegamos a la plaza de la Catedral, donde una larga escalinata se abre paso hacia la majestuosa catedral de Girona. Esta plaza se encuentra fuera de los límites del barrio judío y durante la época medieval albergaba el Mercadal, el mercado medieval de la ciudad de Girona.
Desde la plaza de la Catedral accedimos a la escalinata del Rey Martí a través del portal de Sobreportes, la antigua puerta norte de la ciudad, para dirigirnos a los baños árabes.
La singularidad y el valor histórico de los baños árabes de Girona se debe al hecho de que son los únicos en la península Ibérica de esta tipología. Curiosamente, al contrario de lo que su nombre indica, son de época cristiana, pero siguen la misma estructura que los baños musulmanes. Situados en la plaça dels Jurats, se tiene constancia por primera vez de su existencia en 1194. Sin embargo, en el año 1285, el complejo sufre una destrucción parcial debido al ataque de las tropas francesas de Felip l’Ardit.
Durante la Edad Media, una parte de los baños ofreció la función de micvé a la comunidad judía que se había instalado en el núcleo antiguo de la ciudad.
Estos baños dejaron de funcionar en el siglo XVI, y, en el siglo XVII, una comunidad de monjas capuchinas convirtió los baños en parte de su clausura.
Los estudios de Josep Puig i Cadafalch fueron clave para que la Diputación de Girona adquiriera su propiedad en 1929. Finalmente, la Diputación promovió su restauración, y en 1932 abrieron las puertas al público general.
Actualmente, el conjunto, de estilo románico, aún conserva todos los elementos que, antiguamente, configuraban el balneario público, y constituye un lugar lleno de calma.
La entrada conduce al vestuario o apoditerio, un recibidor espacioso, pensado para la socialización. Esta sala acoge una piscina octogonal delimitada por columnas y, en la cubierta de piedra volcánica, tiene una linterna que le confiere luz natural.
El apoditerio conducía a la sala más pequeña del conjunto: el frigidario o sala fría, que constituía la primera sala de la zona húmeda de los baños. Siguiendo la tradición, los bañistas acudían al final de la visita para sumergirse en el agua almacenada de la lluvia.
Seguidamente, la sala tibia o tepidario era el punto de inflexión en el circuito, ya que unía la zona de agua caliente con la zona de agua fría. En este espacio podían entablar conversación, disfrutar de masajes, o bien, comer y tomar alguna bebida.
Decidimos que teníamos tiempo de visitar la Catedral antes de regresar al hotel para dirigirnos al restaurante. Situada en el punto más alto del centro histórico de la ciudad, conocido como el Barri Vell, la catedral de Girona constituye, junto con la iglesia de San Félix, la imagen más icónica de la ciudad.
La Catedral de Santa María es el resultado de la influencia de diferentes estilos arquitectónicos y etapas históricas. Aunque su construcción comenzó en el siglo XI, el monumental templo no fue terminado hasta el siglo XVIII.
Su elemento más singular es, probablemente, la inmensa escalera barroca; de noventa escalones, a través de la cual se llega a la portada principal; esta última, datada del siglo XVII. Sin embargo, este y otros lugares de la ciudad, fueron elegidos para grabar algunas de las escenas de la mítica serie Juego de Tronos.
De hecho, el edificio ha experimentado diferentes reformas, teniendo en cuenta diversos momentos de la historia, lo que ha dado lugar a su aspecto actual. Por un lado, presenta una nave gótica; la más ancha del mundo, complementada por una imponente fachada de estilo barroco. Por otro, el claustro y la torre de Carlomagno, estos últimos de estilo románico, completan el conjunto.
En su origen, la catedral configuraba la sede del obispo de la diócesis, y, posteriormente, el obispo Pere Roger ordenó la primera reforma. En 1038 se levantó la nueva catedral románica, de la cual quedan el claustro, dos alas de dependencias canónicas, y el emblemático campanario. Este último presenta una planta octogonal, tiene seis pisos, y en su extremo más alto hay un ángel de bronce.
En el siglo XIV se llevó a cabo una nueva reforma de la cabecera y, al principio, se planteó construir tres naves. Sin embargo, había diferentes opiniones al respecto, ya que también se rumiaba la idea de edificar una sola. Esto dio pie a un debate que duró casi medio siglo, y, finalmente, en 1417 se acordó la segunda opción, se construiría una sola nave, de 23 metros de altura.
La escalera que conduce a la puerta de acceso al templo, del siglo XVII, es uno de los elementos arquitectónicos de estilo barroco más singulares del continente europeo. También son destacables los pórticos góticos laterales, conocidos como la puerta de San Miguel, y la puerta de los Apóstoles.
La fachada, del siglo XVIII, es obra de Pau Costa, y está constituida por tres cuerpos verticales. Sobre el frontis principal hay el campanario o torre de Carlomagno, datado del siglo XII, que a su vez sirve de contrafuerte de la nave central.
De la torre sobresale la única gárgola con forma humana del conjunto, la cual representa un personaje legendario: la bruja de la catedral. Cuenta la leyenda que este fue el castigo divino a una mujer que blasfemaba y tiraba piedras contra el templo.
Una vez dentro de la catedral, la sensación que experimenta el visitante es de pequeñez absoluta, ya que se encuentra inmerso en un espacio coronado por una bóveda enorme. Además, alberga treinta capillas, decoradas con las respectivas imágenes y retablos.
Destaca el altar mayor, el cual exhibe un ostentoso retablo dorado, adornado con piedras y esmaltes, y la emblemática silla de Carlomagno, hecha de mármol.
En el extremo norte se encuentra el claustro románico, construido por el escultor Arnau Cadell, que presenta una forma singular con doble columnata, y escenas de la biblia en los capiteles.
Antes de abandonar el templo, visitamos el Tesoro de la Catedral, el cual se encuentra en el Museo Capitular. Es de destacar el conocido como Tapiz de la Creación, aunque curiosamente la técnica con la que se hizo fue el bordado. Presenta un mensaje complejo narrado mediante escenas bíblicas, símbolos, alegorías e historia sacra. En la rueda central explica el inicio del primer libro bíblico: el Génesis, y a su alrededor se desarrollan una serie de cuadros donde el protagonismo lo toma el tiempo y sus segmentaciones (el año, las estaciones, los meses y los días).
La parte inferior, la más deteriorada, narra la historia de Santa Elena en busca de la Vera Cruz. Aunque se desconoce qué uso tenía y en qué momento se dejó de utilizar, se sabe que quien lo diseñó era un erudito de su momento, del que tanto de él como del que lo manufacturó, se desconoce su nombre. Sin duda, que se haya conservado un tejido del siglo XI o XII en tan buen estado es un hecho excepcional.







































