Llegamos a Figueres con tiempo suficiente para ver algo de la ciudad antes de acceder al Teatro-Museo Dalí.
Nos acercarnos a su casa natal, entre las calles Caamaño y Monturiol, urbanizada por Tomàs de Puig, un abogado liberal que colaboró con los napoleónicos durante la invasión francesa. Después de la guerra tuvo que exiliarse y sus bienes pasaron a su nieta, Dolors de Puig, que se casaría con Narcís de Fonsdevila i Xammar, marqués de la Torre. Los terrenos ocupaban el área delimitada por la actual plaza de la Palmera, la plazoleta baja de La Rambla y las citadas calles.
En 1898, la marquesa encargó un nuevo edificio en el solar trasero, en el umbral del jardín de la casa, al arquitecto municipal, Josep Azemar Pont. Su estilo se caracterizaba por incorporar elementos historicistas y por la utilización de materiales nobles en la decoración. El edificio resultante, terminado en 1900, era una construcción de tres plantas y azotea que tenía tres fachadas (dos encaradas a las calles Monturiol y Caamaño, respectivamente, y una tercera que daba al jardín de la marquesa). El padre de Salvador Dalí instaló el despacho de su notaría en la planta baja de esta edificación, mientras que la familia estableció la residencia en el entresuelo. Es entre estas paredes donde el pintor forjó algunos de los recuerdos y experiencias que lo marcarían de por vida.
Salvador Dalí quiere que la iniciación al Teatro-Museo Dalí tenga lugar a partir del entorno, especialmente la plaza llamada Gala-Salvador Dalí, cuyo pavimento de diseño radial converge en el escenario del museo, bajo la cúpula, donde él, por determinación final, fue enterrado. En este espacio preámbulo, Dalí alude a algunas preferencias y obsesiones: la ciencia (con el Homenaje a Newton), el arte académico, con las tres esculturas de Meissonier, el arte más innovador, con el Obelisco de la televisión de Wolf Vostell; y el pensamiento catalán, con el monumento a Francesc Pujols que a la vez contiene la figura de Ramon Llull.
El Teatro-Museo se encuentra al lado de la iglesia de Sant Pere, donde Dalí fue bautizado.
Delante de la fachada principal del museo se alza el monumento dedicado al genio de la filosofía catalana Francesc Pujols, amigo de la familia Dalí, por cuyo pensamiento el pintor mostraba un especial interés.
En la plaza anexa, en las escaleras que nos conducen hacia la calle La Jordera, hay una segunda escultura, Homenaje a Newton, un tributo a este científico y a la fuerza de la gravedad por él descubierta, que aparece representada por una manzana-bola suspendida de un péndulo.
El edificio está laureado con una especie de corona de maniquíes que adoptan diferentes posturas. Son figuras de diseño art deco que Dalí hizo moldear en materia sintética que fue posteriormente dorada. Los dos maniquíes del extremo de la fachada central sostienen en sus brazos, alzados al cielo, el átomo de hidrógeno. En la cornisa superior aparecen cuatro cuerpos de guerreros blancos con una barra de pan sobre la cabeza.
De nuevo encontramos figuras con barras de pan en la cabeza, esta vez en la balaustrada del balcón. Son cuatro mujeres de pie que se diferencian por sus actitudes y gesticulaciones. Podrían ser la invitación a una danza ritual.
Destaca un traje de buzo con escafandra, alusión a la conferencia de Dalí, realizada en junio de 1936 con motivo de la Exposición Internacional del Surrealismo en Londres, que a punto estuvo de costarle la vida por asfixia.
El buzo es, a la vez, una primera indicación y un símbolo de la inmersión en las profundidades del subconsciente que espera al visitante del Teatro-Museo Dalí, el objeto surrealista más grande del mundo. En él se puede ver la mayor colección del artista, formada por más de mil quinientas piezas de todo tipo de estilos y formatos (pintura, dibujo, escultura, grabado, obra estereoscópica, instalación, holograma, fotografía…), así como obras de artistas apreciados por Salvador Dalí. También hay nuevos espacios añadidos durante los últimos años de vida de Dalí y tras su muerte, como la Cripta, la Torre Galatea o las salas de Dalí Joyas.
Bajo el nombre de Teatro-Museo Dalí se incluyen dos espacios museísticos. El primero es el formado por el antiguo teatro incendiado, convertido en Teatro-Museo, a partir de los criterios y el diseño del propio Salvador Dalí (salas 1 a 18). Este conjunto de espacios forma un único objeto artístico, donde cada elemento es una parte inseparable del todo. Y el segundo es el conjunto de salas resultado de las progresivas ampliaciones del Teatro-Museo Dalí (salas 19 a 24).
Las obras de la colección son de Salvador Dalí, pero también las hay de otros artistas que él coleccionó o eligió para formar parte de sus museos. Estas obras pueden verse preferentemente en el Teatro-Museo Dalí de Figueres, si bien algunas se conservan o forman parte intrínseca de las casas-museo de Portlligat y Púbol.
Las obras provienen de la colección personal que el artista donó para la creación del Teatro-Museo Dalí, inaugurado el 28 de septiembre de 1974. Entre ellas, destacan pinturas tan icónicas como Autorretrato con cuello rafaelesco (c. 1921), El espectro del sex-appeal (1934), Galarina y La cesta de pan (1945) o Gala Placidia (1952). Algunas instalaciones como el Taxi lluvioso fueron creadas expresamente por Salvador Dalí y forman parte inherente de su proyecto museográfico.
También pueden verse obras de artistas allegados a él como Antoni Pitxot y Evarist Vallès, mientras que en la sala de obras maestras se encuentran obras de El Greco, Marcel Duchamp, Ernest Meissonier, William Adolf Bouguereau, Marià Fortuny, Modesto Urgell o Gerard Dou, todos ellos importantes referentes del artista.
Adicionalmente, y desde el año 1991, la Fundación Gala-Salvador Dalí está llevando a cabo una intensa política de adquisiciones de obra de Dalí destinada a enriquecer la colección, cuyo objetivo es favorecer la comprensión de la trayectoria artística, el pensamiento y la vida del artista. Una de las más destacadas es la adquisición de su colección de joyas en el año 2000, resultado de la colaboración con los joyeros americanos Alemany & Ertman.
Mientras que, entre las adquisiciones más recientes, destacan algunas obras del periodo surrealista que permiten explorar la auténtica aportación de Dalí al movimiento que lo proyectó a escala internacional.
Accedimos, en primer lugar, al patio central, un jardín a cielo abierto, el antiguo patio de butacas del Teatro Municipal de Figueres. Destacan la instalación vertical con el imponente Cadillac situado en el centro; la escultura La gran Esther de Ernst Fuchs, que estira, con sus daenas, la columna trajana de neumáticos; el busto de mármol de François Girardon y el Esclavo dalinizado de Miguel Ángel, junto con la barca de Gala y un paraguas negro, elementos que conforman, según Dalí, el monumento surrealista más grande del mundo.
En las paredes que delimitan el antiguo teatro, los maniquíes nos dan la bienvenida entre los restos de vigas quemadas, los monstruos “grotescos”, los ocho bajorrelieves de la serie “Artes y oficios” realizados para la Exposición Universal de Paris de 1900, y los lavabos metafísicos que asemejan ángeles.
Del patio, a través de las rampas, nos dirigimos a un espacio impresionante: el del escenario del Teatro Municipal, coronado por una impactante cúpula geodésica que se ha convertido en el emblema del Teatro-Museo y, por extensión, de Figueres.
Presidiendo el escenario, el enorme telón de fondo realizado a partir del óleo que Dalí creó para el ballet Laberinto, basado en el mito de Teseo y Ariadna, estrenado en la Metropolitan Opera House de Nueva York el 8 de octubre de 1941, con coreografía de Léonide Massine.
A la derecha llama la atención el inmenso óleo fotográfico Gala desnuda mirando el mar que a dieciocho metros aparece el presidente Lincoln, nueva muestra anticipadora de Dalí que representa, en este caso, el primer ejemplo de utilización de imagen digitalizada en la pintura.
Camino a la Sala del Tesoro, llama la atención una escultura, homenaje a El Poli y la Puça (el piojo y la pulga), Amadeu Torres y Teresa Marqués, dos personajes legendarios de sus recuerdos de infancia, dos personajes populares de la Figueres de principio de siglo XX, que tocaban el manubrio por las calles a cambio de unas cuantas monedas.
Antes de entrar en la Sala del Tesoro se puede contemplar la obra De Moisés y el monoteísmo al óleo Cabeza de Miguel Ángel.
La Sala del Tesoro es una sala tapizada con un terciopelo rojo concebida para guardar joyas. Contiene algunas de las obras más importantes del museo y, a la vez, las más carismáticas para el artista.
La Cesta del pan es un óleo emblemático que siempre viajaba con él y que era el mejor regalo que jamás le había hecho a Gala.
Esta creación está acompañada de la presencia de Gala. A la derecha, Gala de espaldas mirando un espejo invisible y, a la izquierda, Leda Atómica, obra en la que se evidencia el interés de Dalí por la ciencia.
Otro oleo más, Galarina, pone aún más en evidencia la poderosa presencia de Gala en el Teatro-Museo y en esta sala en particular.
Subiendo la escalera que va de la zona bajo la cúpula hasta el primer piso encontramos la Sala Mae West. El proyecto lo llevó a cabo el arquitecto Oscar Tusquets con la colaboración del arquitecto técnico Pedro Aldámiz. Los ojos son ampliaciones fotográficas retocadas de dos cuadros puntillistas con vistas de París. La nariz es una chimenea con troncos. La peluca la realizó Lluis Llongeras. Y el sofá-labios es una idea que Dalí desarrolla en 1937 y expone en París en la tienda de la modista y amiga Elsa Schiaparelli.
Para percibir este juego óptico tuvimos que subir unas escaleras coronadas por un camello, regalo de la casa Camel, del que cuelga una lente de reducción que ofrece el rostro de Mae West.
Antes de salir, a la derecha, una mampara que cierra la instalación tiene dos orificios en dos niveles para que los curiosos miren por la abertura la instalación llamada El Paraíso, al tiempo que los visitantes originan las largas colas que tanto gustaban a Dalí.
Ya en el pasillo nos encontramos con la primera de una serie seguida de tres vitrinas con fondo forrado de plumas de faisán. En ésta hay que destacar la reproducción del Busto de mujer retrospectivo, realizado en 1933 y expuesto por primera vez en la exposición surrealista de la galería Pierre Colle de París el mismo año.
Salvador Dalí sentía una especial predilección por el llamado Palacio del Viento, pues fue en este lugar donde, en 1919, expuso por primera vez, con tan solo catorce años, su obra, compartiendo muestra con otros dos pintores de Figueres, Josep Bonatera Gras y Josep Monturiol Puig.
La sala está presidida por el impresionante techo pintado del que recibe el nombre. El propio Dalí explica que esta obra es una paradoja porque cuando mires hacia arriba ves nubes, el cielo y dos figuras suspendidas, pero en realidad es un golpe de efecto teatral, ya que en vez del cielo se ve la tierra y en vez de la tierra se ve el mar, representado por la forma divina de la bahía de Roses.
En la zona del dormitorio hay que destacar la cama, en forma de concha, que proviene del legendario burdel parisino Le Chabanais y que perteneció a la Castiglioni, una de las favoritas de Napoleón III. Al lado de la cama, una escultura formada por el esqueleto dorado de un gorila con una reproducción en su interior de la cabeza de El éxtasis de Santa Teresa, escultura de Bernini que se encuentra en la iglesia de Santa Maria della Vittoria en Roma, y que ya tuvimos la suerte de contemplar en nuestro viaje a la capital italiana.
Sobre la cama se expone el tapiz con la reproducción de la obra La persistencia de la memoria, que se exhibe en el Museo de Arte Moderto de Nueva York, en el que vemos sus conocidos relojes blandos.
Entre las dos puertas de acceso al taller hay un guerrero alejandrino en mármol y bronce dorado, de D’Alonso, apoyado sobre una peana formada por dos Victorias de Samotracia invertidas. Encima podemos observar el magnífico dibujo Estudio para “Galarina”, donde Dalí escribió muy significativamente una cita de Ingres: “El dibujo es la probidad del arte”, y una de sí mismo: “Cada línea del dibujo debe ser una geodesia”.
En un caballete, otro retrato de Gala: Galatea de las esferas, de la época místico-nuclear, en el que el artista muestra el eterno femenino representado por el rostro de Gala.
En la Sala “Poesía de América” se exhibe el importante óleo que le da nombre y que fue elaborado durante la estancia ininterrumpida de Dalí en Estados Unidos de 1940 a 1948.
De nuevo en el espacio situado bajo la cúpula, bajamos unos pocos escalones para dirigirnos a la Sala de las Pescaderías, que presenta un conjunto de obras de diferentes épocas de Salvador Dalí, aunque predominan las del primer y del último periodo.
Destacamos entre ella Maniquí de Barcelona, obra presente en la Exposición de Modernismo pictórico catalán celebrada del 16 de octubre al 6 de noviembre de 1926 en las galerías Dalmau de Barcelona. En ella podemos ver la triple silueta de la cabeza con las sombras sugerentes y descriptivas. El maniquí está integrado por diferentes formas elementos simbólicos como el ojo, la media luna, el pez con su simbolismo sexual o la liga.
En Autorretrato blando con bacon frito aparece un rostro amorfo, blando, sujeto por muletas, que Dalí considera su autorretrato, con un pedestal que lleva inscrito el título de la obra y, encima, un trozo de panceta frita, símbolo de la materia orgánica y de lo cotidiano de los desayunos del artista en el hotel Saint Regis de Nueva York.
La cripta está presidida por la losa funeraria de piedra de Figueres, con la inscripción “Salvador Dalí y Domènech, Marqués de Dalí de Púbol. 1904-1989”, acompañada por seis caduceos de la misma serie “Dalí d’Or”.
En el tercer piso podemos visitar la Sala de Obras Maestras, donde, con intencionado desorden cronológico, podemos ver algunas obras que Dalí fue coleccionando a lo largo de los años, de diferentes épocas y autores, junto con algunas de sus creaciones que el pintor calificaba de “obras maestras intemporales”.
Junto a un óleo de El Greco, San Pablo, podemos ver Dalí de espaldas pintando a Gala de espaldas eternizada por seis córneas virtuales provisionalmente reflejadas en seis verdaderos espejos.
Saliendo de la Sala de Obras Maestras accedemos al pasillo que circunvala el patio de butacas del teatro donde las diversas obras (dibujos, grabados, litografías, fotografías) que contemplamos nos acercan a un universo imaginario y a un creador que domina la técnica de los grandes maestros y que a la vez innova y experimenta constante y obsesivamente.
Bajando de nuevo al segundo piso encontramos la llamada Sala Antoni Pitxot. Dalí quiso que la exposición “Pitxot” se inaugurara conjuntamente con su Teatro-Museo y que se instalara de forma permanente aquí. La entrada a la sala es un enorme rostro antropomórfico (por indicación y deseo de Dalí y elaborado conjuntamente por ambos artistas) con las muñecas-niñas de los ojos, la muñeca sin cabeza como nariz, la cabellera formada por mazorcas de maíz y una voluminosa piedra escenográfica situada encima de la cabeza.
Cuando entramos en el recibidor, a la izquierda, podemos observar el óleo titulado Mnémosine, madre de las musas, quien, con su gesto, nos invita a entrar.
El impresionante óleo Alegoría de la memoria ocupa el lugar exacto del fondo del pasillo izquierdo del segundo puso. Los tres personajes que conforman la obra se pueden relacionar con un pasaje del Libro de contemplación, de Ramón Llull, que describe las tres potencias del alma: memoria, entendimiento y voluntad.
Tras 73 años fuera, y gracias a un préstamo excepcional fruto de la colaboración con el Fukuoka Art Museum (Japón), el Teatro-Museo Dalí acoge La Madona de Portlligat, una obra clave en la etapa mística nuclear del pintor, cuando fusiona arte, ciencia y espiritualidad, una etapa en la que Gala, su esposa, se encuentra en el centro.
Considerada una obra maestra por Salvador Dalí, se trata de una pintura alegórica con una iconografía y una composición impactantes, que sintetiza su evolución artística, desde el surrealismo hasta el misticismo nuclear, una nueva etapa en su trayectoria, en la que, para plasmar su concepción del mundo, combina la física nuclear con la religión y un regreso al clasicismo.
La obra no solo es una síntesis de su evolución como pintor, sino que también nos ofrece una puerta de entrada a su universo particular, donde la realidad y el sueño, la religión y la ciencia, el peso y la levedad, conviven en una armonía absoluta.
Entramos a continuación en la Torre Galatea, la nueva ampliación del museo, donde podemos contemplar tanto la Loggia como las adquisiciones de la Fundación Gala-Salvador Dalí y las últimas creaciones del pintor.
Precisamente el último óleo que pintó, Sin título. Cola de golondrina y violonchelo, es el que nos despide del museo y nos acompaña hacia las escaleras de salida.
Dalí quería que la Sala del “Templete de Bramante” fuera misteriosa, para lo cual decidió evitar la luz natural, tapando las ventanas con una tela que impidiera totalmente el paso de la luz exterior. La réplica (el original se encuentra en Roma), donación del multimillonario chileno Arturo López-Wilsaw, presenta un suelo de marquetería y un cristal ha sustituido a la pared frontal. En este templete forrado de terciopelo se exponen joyas diseñadas en los años setenta por Dalí.
Antes de realizar algunas compras en la tienda del museo y salir del mismo nos maravillamos con la colección de joyas diseñadas por Dalí que habían pertenecido a la colección americana Owen Cheatham y que la Fundación Gala-Salvador Dalí adquirió en 1999.
El diseño de la sala es de Oscar Tusquets y, en un espacio expresamente oscuro, se nos presentan tanto las joyas como los espléndidos dibujos preparatorios.
Al fondo de la sala del primer piso y cerca de la escalera con espejos que conduce hacia la segunda planta encontramos el óleo Apoteosis del dólar, un compendio de las imágenes más significativas, las tendencias, los mitos y las obsesiones que acompañaron a Dalí a lo largo de su vida.
Las joyas conforman una colección coherente, original, y están elaboradas por el taller neoyorquino de Alemay y Ertman.
Las primeras joyas que creó se pueden adscribir a una fase surrealista, las siguientes, a su etapa místico-nuclear, y las últimas incluyen el movimiento, la mecánica.
Estas creaciones combinan la maestría de los artesanos con las artes de la escultura y la pintura. En gran parte no son joyas para ser llevadas, y las piedras preciosas se utilizan como elementos pictóricos.
La simbología daliniana, en mayor o menor medida, está siempre presente en las joyas.





















































































