Si Alice condicionó, y mucho, nuestro viaje a Girona, Claudia lo ha hecho en nuestra escapada a Zamora y Valladolid, gestada precisamente en el viaje de vuelta de la primera. Buscábamos un destino alejado de las lluvias derivadas de la DANA y nos metimos en un laberinto de frío de nieve que, afortunadamente, quedó en algo menos de lo pronosticado, por lo menos la nieve, que hubiera sido un gran inconveniente para alguien como nosotros acostumbrados a la climatología de otras latitudes bien distintas a las de la meseta castellano y leonesa.
Dos noches en Zamora y otras dos en Valladolid, empezando por la capital que concentra el mayor número de edificios románicos por metro cuadrado de una ciudad europea. La sucesión de iglesias románicas, las aceñas desafiando al Duero y la imagen de la bella Catedral coronada por el célebre cimborrio son las señas de una ciudad moderna con un corazón románico de piedra. Como la ciudad histórica que es, Zamora se levanta sobre un cerro estratégico, defendido al sur por el río Duero.
En plena Ruta de la Plata, el promontorio albergó la antigua mansión romana de “Ocellum Duri” y se convirtió en baluarte fronterizo de primer orden en las guerras entre los cristianos del norte y los musulmanes del sur. Fue en la Edad Media cuando la provincia de Zamora se erigió en protagonista de la historia de España. Desde la lucha entre musulmanes y cristianos, cuando (en el siglo IX) la actual capital se convierte en baluarte decisivo de la frontera del Duero, hasta la batalla de Toro (1476), tras la que los reyes Isabel y Fernando ponen las bases de lo que será la futura nación española.
Entre ambas fechas la ciudad de Zamora fue repoblada, destruida y fortificada de nuevo en numerosas ocasiones, llegando a poseer hasta tres recintos amurallados. En los siglos X y XI fue sede real y de Cortes, y durante el siglo XI protagonista principal de los hechos que relata el Cantar del Mio Cid. De su importancia ha quedado un buen rosario de iglesias románicas, de las muchas que existieron en la ciudad. Los tres recintos amurallados que la ciudad poseía en el siglo XIII hicieron que se la conociera como “la bien cercada”. De ellos se conservan el castillo, diferentes cubos y puertas, así como largos tramos de muralla, algunos de los cuales, convertidos en mirador, nos ofrecen bellas panorámicas sobre el Duero y los barrios bajos zamoranos. Del siglo X datan las aceñas o molinos. También el puente de piedra, construido en el siglo XII, con dieciséis arcos apuntados.
A pesar de la temprana hora de partida, un accidente a la salida de Madrid hizo que llegáramos a Zamora con el tiempo justo de hacer el check in en el hotel y dejar el coche en un parking cercano bajo la Plaza de la Marina, más o menos el centro de la ciudad. Desde aquí comenzamos nuestra ruta hacia un sitio donde comer tomando la calle peatonal de Santa Clara, una calle amplia donde se encuentra la zona de tiendas y que conecta el centro de la ciudad con el centro histórico de la misma. Terminamos en la arrocería “Mar y Montaña”, en la Plaza de Santa Eulalia, cercana al hotel. Ahí nos enteramos de la existencia de la exposición “Las edades del hombre”, algo que debemos agradecerle a la chica que nos atendió.
Tras la comida regresamos a la calle de Santa Clara, donde nos encontramos con la primera de las muchas iglesias que hay en Zamora, la Iglesia de Santiago del Burgo, recientemente rehabilitada, enfrente de la plaza de la Constitución, cerrada en este momento y a la que volveríamos.
Casi al final de la calle se encuentra el Palacio de los Momos, sede actual del Palacio de Justicia. Es un edificio renacentista con elementos decorativos del gótico isabelino. Del edificio original solo se conserva la fachada (el resto se vino abajo durante el reinado de Carlos II).
En la plaza de Zorrilla, junto al palacio de los Momos, se encuentra la escultura “Madre y Niño”, de Baltasar Lobo.
Continuando la calle, y antes de entrar en la Plaza Mayor, se accede a la Plaza Sagasta, antiguamente llamada Plaza de la Hierba, lugar donde se hermanan las calles que partían de los derruidos portillos de Santa Clara y San Torcuato, para ir juntas hasta la Plaza Mayor. Fue el espacio ocupado por el mercado callejero de frutas y verduras hasta 1904, cuando entró en funcionamiento el nuevo Mercado de Abastos.
En la Plaza de Sagasta se alzaron algunos de los más importantes edificios urbanos de la ciudad durante el primer cuarto del siglo XX, propiedad de la burguesía y de los rentistas más adinerados, que instalaron señalados negocios en sus bajos comerciales.
En el lateral norte de la plaza se construyeron piezas tan interesantes como la Casa de las Cariátides, seguramente obra de Gregorio Pérez Arribas, otro edificio coronado con un par de efigies aladas que fue reformado por Antonio García Sánchez-Blanco en 1921 y algunos más con ricos detalles eclécticos y modernistas trazados por insignes arquitectos como Francisco Ferriol.
Llegamos a la Plaza Mayor, un emblemático espacio que ha experimentado numerosos cambios a lo largo de su historia. Desde sus orígenes como espacio de mercado extramuros hasta su configuración actual, esta plaza ha sido testigo de la evolución de la ciudad.
En sus primeros días, la Plaza Mayor de Zamora era un área abierta cerca de las puertas principales de la muralla. Aquí se organizaban mercados y ferias, marcando el inicio de su importancia en la vida de la ciudad. La iglesia de San Juan de Puerta Nueva ya existía antes de que la plaza adquiriera su forma actual, y su fachada se transformó con la construcción de soportales en el siglo XVII.
La Iglesia tiene a su vera la estatua del Merlú, nombre que se le da nombre al par de congregantes de la cofradía de Jesús Nazareno que se encargan de congregar a los nazarenos para empezar la procesión. El monumento consta de dos personas, una con una trompeta y otro que toca el tambor.
A lo largo de los siglos, la Plaza Mayor fue testigo de la construcción de edificios significativos. En 1484, se inició la edificación del Ayuntamiento Viejo, marcando el comienzo de las obras para nivelar los taludes y expropiar casas. En 1766, se erigió la Casa de las Panaderas en el lado este, donde se vendía pan en sus soportales. En el siglo XX, se construyó el Nuevo Ayuntamiento frente al edificio original.
Continuamos el camino por la calle Ramos Carrión hasta la Plaza de Viriato donde se encuentra una estatua de Viriato que está muy ligado a la historia de Zamora. Viriato era un pastor, más tarde guerrero lusitano, que en el siglo II a.c. que luchó e hizo frente a la expansión de Roma.
A la izquierda de la plaza se encuentra un mirador de la ciudad, con vistas desde la muralla, junto a la Iglesia de San Cipriano, una de las dos sedes de la exposición “Las edades del hombre”.
Callejeamos hasta llegar al borde del río, en las inmediaciones del Puente de Piedra, el más antiguo de los que se mantienen en pie. Su origen es medieval, mencionándose ya en el siglo XII. En sus primeros años se denominó Puente Nuevo, en contraposición al llamado entonces Puente Viejo, cuyos restos todavía se pueden ver aguas abajo, aunque se arruinó ya en el siglo XIV y posteriormente parte de sus elementos fueron reutilizados en la construcción y reparación de las aceñas de la ciudad.
Pese al vetusto aspecto que presenta, la fisonomía del Puente de Piedra ha evolucionado considerablemente a lo largo de su dilatada existencia. Las grandes avenidas del río y los avatares históricos han obligado a realizar en su estructura numerosas reformas que han ido dejando su impronta. Todavía a principios del siglo XIX disponía de almenas e incluso de dos grandes torres de carácter defensivo situadas en sus extremos.
Durante largo tiempo constituyó el único acceso a Zamora desde la margen izquierda del río, lo que permitió a Pedro I establecer el cobro del pontazgo, impuesto que recaía sobre quienes empleaban el puente para entrar en la ciudad y que se mantendría hasta el siglo XIX.




































