En la Iglesia de San Pedro y San Ildefonso conocimos la existencia de la llamada “Milla Románica”, un conjunto de trece iglesias y museos visitables mediante una entrada colectiva al precio de seis euros. Por la exposición y por el calendario (no todas abren todos los días) no sería posible visitarlas todas pero veríamos algunas de ellas.
Tras un posible origen visigótico, la iglesia en la que comenzábamos la ruta fue reedificada a finales del siglo XI. Se reformó y amplió a fines del siglo XII y a lo largo del XIII. En el siglo XV fue renovada y se cambió la estructura y fisonomía del templo, sustituyendo las tres naves por una cubierta con cuatro bóvedas alargadas de crucería y fue preciso poner los arbotantes.
A principios del siglo XVII se reedificó la sacristía y se reformó la capilla mayor. Entre 1721 y 1723 Joaquín de Churriguera hace reparos interiores y se construye la portada Oeste. A finales del siglo XVIII se construyó la portada neoclásica del Norte.
La bóveda es estrellada, con abundantes claves. En la fachada Oeste en la portada se ha abierto una hornacina presidida por una escultura de San Pedro, y a cada lado del frontón se hallan los dos cuarteles del escudo de la ciudad, enmarcados por gruesas labores vegetales y sostenidos por parejas de niños.
En la sacristía se guarda un magnífico tríptico flamenco del primer tercio del XVI. También se conservan objetos litúrgicos de gran valor. En esta iglesia se encuentran sepultados, según la tradición, los restos de San Ildefonso y de San Atilano.
Cerca de ella, en la calle Rua de Los Francos, se encuentra la Iglesia de la Magdalena. Ya se la nombra en un documento de 1157, prolongándose sus obras hasta el siglo XIII. Perteneció a la Orden de San Juan y, según parece, ante su portada se administró justicia. Tiene una sola nave de planta rectangular que se une al semicírculo del ábside por un tramo recto.
Destaca la portada sur con un rosetón de lóbulos con guarnición de puntas de diamantes en la parte de arriba, y en la parte baja la puerta cuyos arcos descansan en cuatro parejas de columnas de capiteles labrados que efigian dragones, aves híbridas con cabezas humanas y animales fantásticos.
Las arquivoltas se cubren con abundante decoración vegetal, y entre ello se esconde un obispo con casulla, mitra y báculo que es tradición buscar.
La orla que guarnece las arquivoltas lleva cabecitas sonrientes enmarcadas por tallos, todo un estudio en piedra de la risa humana. Las otras portadas son más sencillas y austeras.
En el interior del templo hay dos piezas de gran valor que confieren a la iglesia su mayor originalidad y riqueza. En primer lugar los dos tabernáculos incrustados en los ángulos delanteros de la nave y cubiertos con bóveda de cañón y, lo que es más importante, el sepulcro de una dama desconocida cuya figura yacente aparece empotrada en el muro con dos ángeles encima portando su alma.
La Iglesia de Santa María la Nueva, debido a los acontecimientos históricos, pertenece a dos épocas. Una, al románico de finales del siglo XI, que comprende todo el ábside y parte del muro sur. El resto, reconstruido a finales del siglo XII.
En esta iglesia se sitúa uno de los acontecimientos más relevantes, populares y conocidos de la ciudad: el Motín de la Trucha. En este hecho, que tuvo lugar hacia el año 1168, se incendió la primitiva iglesia allí existente, reedificándose con las donaciones populares y dándosele la actual denominación de Santa María la Nueva.
Consta de una sola nave, aunque la iglesia primitiva tuvo tres. El ábside se halla separado por un arco toral apuntado.
Después del incendio, se hizo el arco toral y dos estancias adosadas a ambos lados del ábside central; las tres naves se redujeron a una y se levantó una torre fortaleza con el cuerpo bajo interior abovedado.
Durante la restauración de 1959 se descubrieron restos de pintura mural de estilo gótico lineal realizadas en negro y rojo.
Se acercaba la hora de cierre de las iglesias pero teníamos tiempo de visitar la de Santo Tomé, básicamente románica, excepto el hastial y buena parte del muro Sur, que son obra del siglo XVIII. Hay que reseñar que la iglesia fue monasterio. En el siglo XVII, las tres naves originales se convirtieron en una sola con cubierta a dos aguas, sostenida por dos enormes arcos, siendo objeto de pleito en el siglo XVIII entre el Cabildo y Obispado sobre su jurisdicción.
En la actualidad alberga el Museo Diocesano de Zamora, inaugurado en julio de 2012, donde la Diócesis de Zamora difunde con carácter didáctico los contenidos más importantes de la fe católica mediante la exposición permanente y temporal de obras destacadas de arte cristiano.
La colección permanente está formada por ciento treinta y cuatro piezas de escultura, pintura, orfebrería, metalistería, mobiliario y objetos pétreos. Son obras de arte hispanorromano, visigodo, románico, gótico, renacentista, barroco, neoclásico y colonial, realizadas entre los siglos I y XIX.
Había llegado la hora de la cena. A los zamoranos les encanta salir de pinchos y quien pisa la ciudad se mimetiza en el ambiente del tapeo. Dicen que “a los zamoranos les gusta salir de pinchos porque es gastronomía de primera en raciones pequeñas, unido a la buena conversación, un vino de calidad y un casco histórico ideal para pasear».
Nos dirigimos a la zona de Los Lobos y Horno de San Torcuato, encontrándonos el Bar Lobo “cerrado por vacaciones”. Encontramos La Casa de los Pinchitos y el Bar Caballero, pero al final nos decantamos por Benito and CO, buen sitio para tomar una copa de vino de Toro junto a un espectacular torrezno y unas tostas de sardina ahumada y de jamón.
Era el momento de regresar al hotel y descansar del ajetreado día. Casi siete horas de coche y unos cuantos kilómetros por la Zamora más monumental bien merecía el ansiado descanso.








































