La mañana había comenzado con el tradicional chocolate con churros de los viajes por España en la Chocolatería Malú, junto al Mercado Central, en obras.
Al salir de la exposición Las Edades del Hombre continuamos nuestra visita por la ciudad, saliendo del recinto amurallado por la Puerta del Obispo, también llamada Óptima o de Olivares, construida en el siglo XI.
Servía de entrada a la ciudad por el lado sur, accediéndose a la zona de la Catedral. Es un arco de medio punto rebajado, con imposta lisa. Esta rematada por tejadillo de doble vertiente, roto por un remate en forma de poliedro irregular.
Se encuentra junto a la Casa del Cid, también llamada Palacio de Arias Gonzalo por ser la casa donde se criaron, junto con el Cid y bajo la tutela de Arias Gonzalo, los infantes de León y Castilla, hijos de Fernando I. Se trata de un edificio civil de estilo románico, siendo de los pocos que quedan en España.
Las Aceñas de Olivares, constituyen un conjunto de molinos de origen medieval que fueron la primera industria de la ciudad. Se levantaron hasta siete ruedas para la molienda del trigo con sus correspondientes presas o azudes. Estas instalaciones, entre los siglos X y XII, pasaron a ser propiedad de la iglesia y así se mantuvieron hasta la desamortización de Mendizábal.
A lo largo del tiempo han sufrido diversas reconstrucciones, hasta que en el siglo XIX, perdieron el uso molinero que se le venía dando.
Después de una rigurosa y muy minuciosa restauración, las Aceñas fueron inauguradas en julio de 2008. Gracias a ello, no sólo se ha recuperado su arquitectura, las tres aceñas, e ingenios que ya de por sí justifican una visita, sino también brinda ahora la oportunidad a los visitantes y habitantes de caminar sobre el Duero, escuchar su fuerza, y disfrutar de sus vistas.
En la primera aceña, completamente reconstruida, se ubica la recepción de visitantes, mientras que en cada una de las otras tres aceñas se ha reconstruido un martillo pilón, un batán y un molino respectivamente. La parte de arriba se ha dedicado casi exclusivamente a museos.
Dando un agradable paseo por la orilla del Duero llegamos al Puente de Piedra, construido en el Siglo XII y reformado en varias ocasiones, que une el centro de la ciudad con los barrios situados en el margen opuesto del río.
Es el más antiguo conservado y durante muchos siglos fue el único paso del río en la ciudad. Cuenta con dieciséis arcos apuntados que cruzan una de las zonas más anchas del río Duero. Tiene dieciséis grandes bóvedas apuntadas con distintos aliviaderos a modo de arquillos sobre las pilas. Los tajamares que presenta son de planta triangular.
Los desaguaderos encima de los pilares se hicieron al modo de los puentes romanos y en el siglo XX desaparecieron los elementos defensivos, fueron desmontadas sus torres y eliminadas sus almenas de los pretiles; la norte era un arco triunfal y fue rehecha en 1614 tras una gran riada y la del lado sur se reformó en 1556 a la manera renacentista añadiéndole un chapitel flamenco.
En 1712 fue reconstruido por los maestros Antonio de Teja y Pedro Durante. Se hizo popular por su veleta, que representaba a la Fama y que los zamoranos bautizaron con el nombre de “La Gobierna”, así como los distintos escudos, inscripciones y medallones. De la destrucción se salvó la famosa “Gobierna” hoy expuesta en el Museo de Zamora.
De camino al centro pasamos junto a la Iglesia de Santa Lucia, situada en la plaza del mismo nombre, en el límite de los denominados “Barrios Bajos” o “Puebla del Valle”, dentro del tercer recinto amurallado de la ciudad de Zamora.
Junto al Palacio del Cordón, forman el conjunto museográfico del Museo de Zamora, destinándose ésta a almacén visitable, donde se custodia un interesante conjunto lapidario, especialmente estelas funerarias romanas procedentes de Villalcampo, Muelas del Pan y Villalazán, piezas escultóricas, heráldica, sarcófagos medievales, etc.
Su planta responde a un rectángulo irregular, fiel reflejo de las diversas reformas arquitectónicas llevadas a cabo, especialmente en los siglos XVII y XVIII, las cuales minimizaron su origen románico. De este momento solo conserva parte de la fachada norte, con dos ventanas saeteras enmarcadas en arco de miedo punto ciegos y sencillos canecillos tipo capiteles vegetales, y un tercio del testero de los pies.
La Calle Balborraz, acceso directo al centro de la ciudad para cuantos viajeros atravesaban el Río Duero por el Puente de Piedra, sirvió de lugar de instalación de muchos comerciantes y artesanos (algunas calles inmediatas reciben los evocadores nombres del Oro, la Plata, la Zapatería, Caldereros o la Plaza del Trigo). Un tramo llano que finaliza en un recodo y una empinada cuesta nos condujo hasta la Plaza Mayor.
A ambos lados de la calle se alzan edificios de estrechas fachadas escalonadas, que conservan ornatos con sabor decimonónico y ecléctico, cuyos bajos resultan idóneos para desarrollar todo tipo de actividades. Pero las transformaciones urbanísticas experimentadas por la ciudad a partir de la década de 1960, dieron al traste con la vitalidad menesterosa de la Cuesta de Balborraz y sus numerosos establecimientos.
Encontramos abierta, por fin, la Iglesia de San Juan de Puerta Nueva de Zamora. Aunque su epígrafe y declaración se concreta en las portadas, habría que referirse sintéticamente al edificio, así llamado porque a su lado existió “la puerta nueva” de las murallas.
Su vida ha estado unida no sólo al ensanche de la primitiva ciudad, sino incluso a las sucesivas reformas de la Plaza Mayor, cuyas casas han ocultado su cabecera hasta hace pocos años. Documentalmente sabemos de su existencia en 1172 y por ese año, e incluso algo antes, estaría en obras que se prolongaron en el siglo XIII. En origen, como otros templos zamoranos, tuvo tres naves, reducidas a una, lo que parece que se hizo en 1559, pero permanecieron las tres capillas de la cabecera, reformadas también en el XVI con bóvedas de terceletes, ligaduras y combados.
Estas obras fueron motivadas por la ruina de la torre en cuyo remedio, según Fernández Duro, trabajaron Pedro de Ibarra y Martín Navarro. Antes, en 1531, había intervenido Rodrigo Gil de Hontañón. Reparos e informes técnicos se documentan a lo largo de los siglos siguientes a cargo de Hernando de Nates, Pedro Martín, Martín Barcia, Castellote, Segundo Viloria y Joaquín de Vargas.
El interior, quitadas las bóvedas barrocas puestas en el siglo XVIII, luce un buen artesonado de par y nudillo, pero el objeto de este apartado es la fachada meridional, no sin antes citar el hastial de poniente con un gran ventanal gótico con claraboyas y parteluces.
El lienzo sur, el mejor conservado, queda enmarcado por dos torrecillas; y la puerta propiamente dicha, ligeramente avanzada sobre la línea del muro, por dos esbeltas columnas que sostienen un tejaroz con canecillos triangulares. El hueco va volteado por tres arquivoltas de las cuales las dos exteriores apean sobre trio de columnas, rematadas con capiteles vegetales, análogos a los catedralicios y a los de la iglesia arciprestal; los fustes son lisos unos, helicoidales y almohadillados otros. Estas dos roscas lucen flores labradas de ocho pétalos inscritas en trapecios y la interior también se orna con motivos vegetales, pero apea sobre jambas.
Encima se rasgó un rosetón, calificado por Ramos de Castro como el más bello que tenemos en el románico zamorano; ocho columnillas a modo de radios lo estructuran en su perfil interior lobulado y animado con pequeños botones; en el centro, una cruz patada.
Menor interés tiene la portada septentrional que voltea arcos redondos sobre columnas acodilladas rematadas con capiteles de cesta.
El hastial de poniente fue reformado en 1759 y se le añadió una portada, de José de Churriguera, eliminada en una de las últimas restauraciones, pero si se conservó la obra gótica en la que destaca el monumental y bello ventanal.
Nos acercamos a la Puerta de doña Urraca, como se la conoce en la actualidad, pues antes se la llamó de Zambranos, y desde el siglo XIV, de la Reina; recibió también el nombre de Puerta de San Bartolomé, por la iglesia que allí existió.
Dos grandes cubos cilíndricos, de buenos sillares con marcas de canteros, defienden por los lados el arco de la puerta, semicircular, con dovelas pequeñas. Encima existe una lápida, como muy antigua del siglo XVI.
Tal y como ha llegado a nuestros días está incompleta, pues le faltan los remates de los torreones; por otra parte volteaba un segundo arco, como en las murallas de Ávila, del que sólo permanecen huellas de los arranques, y ventanas góticas, pues así aparece en un cuadro de finales del siglo XVII de la iglesia de San Antolín, y así se publicó un dibujo en la Revista Zamora Ilustrada.
Recorríamos los barrios periféricos al recinto amurallado sin prisa, buscando un sitio para comer.
El lugar elegido, extramuros. Portillo (Cocina a traición), en la Calle Cervantes, perfecto para comer de una forma distinta y tranquila, con unos platos magníficos.














































