Iniciamos nuestra visita a Valladolid, antes de comer en Trigo, paseando por la calle de San Ignacio, apodada “calle de los palacios”. Destacan los de los Arenzana, el del Marqués de Valverde y el Palacio de Fabio Nelli, hoy Museo de Valladolid, que atesora un pequeño jardín arqueológico.
El Palacio de los Marqueses de Valverde fue construido hacia 1503, encargado por don Juan de Figueroa, siendo sometido a una gran reforma en ese mismo siglo. La fachada ofrece un equilibrio estilístico donde conviven elementos renacentistas de inspiración florentina (la puerta de medio punto con almohadillado, antepecho decorado con mascarón y los escudos de los Marqueses de Figueroa/Valverde, dos figuras de hombre y mujer dispuestas a los lados, ventanas de esquina superpuestas rematadas por las figuras de dos mujeres en medallones típicamente manieristas), junto a otros procedentes de las reformas efectuadas en los siglos XVII y XVIII (yeserías). Fue restaurado en 1981 y mantiene su uso para viviendas.
En 1576 Fabio Nelli de Espinosa, banquero vallisoletano hijo del acaudalado banquero sienés Alfonso Nelli, manda construir el palacio que lleva su nombre. El edificio se presenta como símbolo del poder, riqueza y cultura de su propietario, acorde a la idea renacentista de permanecer en la Historia. El resultado es un bello exponente de la arquitectura clasicista vallisoletana. Juan González de la Lastra elabora los planos en 1576. La portada, obra de Pedro de Mazuecos en 1595, tiene motivos platerescos e introduce elementos de inspiración italiana: fachada simétrica con dos torres y acceso en el centro en línea con la entrada al patio. Las pretensiones del rico banquero quedaron plasmadas en el arco del triunfo romano que acoge la fachada, símbolo de poder, y en los motivos que representan la riqueza de su linaje (angelillos victoriosos, cestos con fruta, el dios del vino Baco o una máscara al gusto italiano). Sobre la portada se grabó la enigmática inscripción “Soli deo honor et gloria” (Solo a Dios honor y gloria).
En esta misma vía hacemos un alto para descubrir la plaza del Viejo Coso, con acceso a través de un antiguo cuartel. Como curisosidad, es uno de los escenarios de la película musical “Voy a pasármelo bien”, basada en las canciones de Hombres G.
Cerca de la plaza de Fabio Nelli estuvieron las casas del conde de Salinas que, una vez derribadas, dieron lugar a la Plaza de Toros vieja, construida en 1833. Fue, después, cuartel de la Guardia Civil. En la década de 1980 se rehabilitó para uso residencial; una intervención que mantuvo su peculiar planta octogonal y su esencia, transformando palcos en balcones que adoptaron la forma de “corralas” en los pisos superiores. La plaza, como zona residencial, es de uso privado a partir de las 22.00 horas.
Seguimos caminando hasta llegar a la Plaza de San Pablo, epicentro del Valladolid de la corte y corazón del Valladolid más monumental. Pocos lugares en Valladolid concentran tanta historia y monumentalidad como la Plaza de San Pablo. Presidida por la imponente fachada de la iglesia del mismo nombre, esta plaza ha sido testigo de algunos de los episodios más relevantes de la ciudad: desde bautizos reales hasta visitas imperiales.
La portada de la iglesia, auténtico retablo pétreo del gótico isabelino, es sin duda la gran protagonista. Pero no está sola. A su alrededor se alzan edificios como el Palacio Real, antigua residencia de Felipe III, y el Palacio de Pimentel, donde nació Felipe II. Todo en esta plaza habla de poder, arte e historia.
La magnífica fachada, con un entresijo ornamental digno de admiración, es un auténtico retablo en piedra. Originalmente solo contaba con el cuerpo inferior (hasta el rosetón) y el frontón superior, que se separó y se elevó hasta su ubicación actual en el siglo XVII a instancia del Duque de Lerma, quien se procuró varios homenajes incluyendo su escudo en el cuerpo nuevo.
En la parte baja aparecen representadas (de izquierda a derecha) Santa Margarita con un dragón a sus pies, María Magdalena, Santa Catalina y una santa dominica que bien podría ser Santa Catalina de Siena. La ornamentación incluye abundantes angelillos, animales y motivos vegetales. El espacio bajo el arco está dedicado a la exaltación de la orden dominica. Sobre la puerta, aparece la Coronación de la Virgen con fray Alonso de Burgos en la escena, el fundador del Colegio de San Gregorio, en cuya fachada también se hizo retratar, y confesor de Isabel la Católica, acompañado por San Juan Bautista y San Juan Evangelista. El emblema de Alonso de Burgos, la flor de lis, también aparecía en los escudos que sujetan los angelillos, pero fue sustituido por la barra y las estrellas del Duque de Lerma.
Caminamos hacia la Catedral de Nuestra Señora de la Asunción, uno de los edificios más emblemático de Valladolid a pesar de que nunca llegó a completarse. La suya es una historia desafortunada. Era el templo llamado a sustituir a la antigua colegiata (las ruinas que están adosadas a la altura de la plaza de la Universidad) ante el crecimiento de la ciudad.
Las obras comenzaron en 1527 con planos de arquitectos como Gil de Hontañón y, en 1580, apenas se habían construido los cimientos. Ante esta situación, el proyecto se encargó al mejor arquitecto de la Corte, Juan de Herrera, quien diseñó un nuevo edificio aprovechando la planta del anterior. Los primeros progresos fueron rápidos pero los apuros económicos hicieron que apenas pudiera levantarse hasta la altura del crucero. Finalmente, en 1668, el templo se abre al culto. Para celebrar los oficios se cierra la cabecera, una solución “provisional” que, sin embargo, se mantiene hasta nuestros días. En ochenta años desde que arrancasen las obras bajo la batuta de Herrera, apenas se había construido un tercio del proyecto.
Uno de sus rasgos más característicos, que refuerza la sensación de desarraigo, es su solitaria torre. No fue la primera, pues a mediados del siglo XVII se construyó su opuesta en la fachada, en el lado izquierdo si miramos a la Catedral desde la calle Arribas. La vida de la apodada “la buena moza” fue efímera, pues en 1755 se vio gravemente dañada por el terremoto de Lisboa (se dice que, incluso, repicaron las campanas) y tuvo que ser reforzada con cadenas de hierro. Sin embargo, se hundió en 1841. El desmontaje, dado lo peligroso de la tarea, lo lleva a cabo un preso a cambio de su libertad.
La torre que hoy conocemos se construyó a principios del siglo XX, con una forma muy alejada del proyecto original de Herrera. De planta octogonal se remata en 1923 con el Sagrado Corazón de Jesús, de ocho metros de altura.
En su interior se aprecia la magnitud del estilo herreriano, sus imponentes dimensiones y la sobriedad en formas y ornamentos.
Muy cerca se halla la Iglesia de Santa María de la Antigua, conocida entre los vallisoletanos simplemente como “La Antigua”, que se levanta sobre uno de los templos más vetustos de la ciudad, del que se habla en un documento del Cabildo de 1177. De esta primitiva iglesia, sin embargo, no se conserva nada. Los elementos más antiguos son del siglo XIII. Se trata del pórtico norte y de la torre, esta última, una de las joyas del Románico de Castilla y León, que destaca por su esbeltez. Siendo tan estrecha, soporta más de cincuenta y cinco metros de altura. El resto del templo, del siglo XIV, es ya de estilo gótico, con notables influencias de la catedral de Burgos. No pudimos contemplar su interior, sobrio y sin ornamento, por más veces que pasamos por sus alrededores. Cede todo el protagonismo a las bóvedas de crucería. Aquí se encontró un retablo de Juan de Juni que en la actualidad se halla en la capilla mayor de la Catedral.
El entorno está cargado de leyenda. La cruz que la precede indica el lugar donde hubo un antiguo cementerio al que se le ha atribuido un milagro: antaño apareció el cuerpo de un niño con vestimenta romana conservado en perfecto estado, se dice que por la arena que fue traída de Tierra Santa.
Continuamos nuestra visita por la calle de las Angustias hasta llegar al Colegio de San Gregorio, actual sede del Museo Nacional de Escultura. Este Colegio de Teología fue impulsado por el fraile dominico Alonso de Burgos, el confesor personal de Isabel la Católica; y aquí fue enterrado, aunque su sepulcro desapareció durante la Guerra de la Independencia. La condensada ornamentación de su fachada hispano-flamenca, atribuida a Gil de Siloé, ha sido objeto de numerosas controversias interpretativas. Justo sobre la puerta se ve al fundador, fray Alonso de Burgos, haciendo una ofrenda a San Gregorio ante San Pablo y Santo Domingo. La flor de lis, emblema de este fraile, que quiso dejar su huella en el edificio; se repite hasta la saciedad en toda la fachada, pero también en el patio, en la escalera y en los artesonados originales que conservan las salas del museo.
En el cuerpo superior aparece una fuente (¿la eterna juventud?) de la que brota un granado (¿árbol de la sabiduría o símbolo de la conquista de Granada?) que cobija el escudo de los Reyes Católicos. En este aparece una granada, lo que nos indica que ya se había tomado el reino nazarí, a diferencia de los escudos que hay grabados en el patio interior, anteriores, por tanto, a 1492.
Curiosos, sin duda, son los salvajes que aparecen a ambos lados, y que han dado lugar a diferentes interpretaciones. No se sabe si representan al hombre puro en la naturaleza, si aluden a la costumbre de disfrazar a los escuderos de salvajes en las fiestas o son, simplemente, guardianes de la puerta. En los cuerpos altos, estas figuras tienen un aspecto más humanizado, sin vello y, alguno, incluso, sin barba: son las primeras representaciones de los indígenas americanos.
Situado enfrente del Colegio de San Gregorio, el Palacio de Villena es una mansión nobiliaria que conserva un magnífico patio renacentista de dos pisos de arquerías en tres de sus lados. La escalera es de grandes proporciones y conserva tanto el artesonado primitivo como la cantería enteramente labrada, destacando el espléndido arco de entrada. La misma calle alberga la Casa del Sol, un palacio renacentista construido por Sancho Díaz de Leguizamo y que destaca a comienzos del XVII por la personalidad influyente de su nuevo propietario, el Conde de Gondomar. Embajador de Felipe III en Inglaterra, erudito y bibliófilo, fue poseedor de una de las bibliotecas más notables de la época. La residencia integró desde el siglo XVI la iglesia de San Benito el Viejo como capilla familiar. Se sabe que la cripta fue un lugar emblemático por su decoración, encargada por Gondomar a los pintores Pedro Díez Minaya y su hijo Diego Valentín Díaz. En el siglo XIX el conjunto abandonó su carácter de residencia privada y pasó a desempeñar otras funciones hasta que fue adquirido por el Estado en 1999 para integrarlo en el proyecto de ampliación del Museo.
Al salir aprovechamos para ver el interior de la Iglesia de San Pablo, en la que fueron bautizados los monarcas Felipe II, Felipe IV y Ana Mauricia de Austria (la reina de Los Tres Mosqueteros); recibieron sepultura el infante Alonso, el rey Juan II y la reina María de Portugal.
Nos dirigimos hacia la Plaza Mayor, modelo de la de Madrid o Salamanca, contemplando lugares que, de noche, tomaban una apariencia distinta.
La actual Plaza Mayor de Valladolid nació del desastre. Un incendio en 1561 arrasó buena parte del centro urbano, y de sus cenizas surgió esta plaza porticada, ordenada y funcional, ideada por Francisco de Salamanca. Se considera la primera plaza mayor regular de España y sirvió de modelo para las de ciudades como Madrid o Salamanca. Su historia está ligada al poder civil. Fue sede del mercado, escenario de celebraciones y también de actos públicos. Hoy, sigue siendo el gran punto de encuentro vallisoletano. Rodeada de soportales, tiendas y cafeterías, alberga en su flanco norte la Casa Consistorial, de estilo ecléctico y construida a principios del siglo XX. Su amplitud, su armonía y su vida cotidiana hacen de ella un símbolo vivo de la ciudad.
Un tapeo en el Corcho, por recomendación de los familiados, finalizó nuestra primera jornada en Valladolid.















































