La ciudad de Toro, la más monumental de la provincia de Zamora, después de la capital de provincia, a medio camino entre Zamora y Valladolid, posee una situación estratégica desde la que domina el río Duero. Aparcamos en la Plaza de San Agustín, junto a su alcázar, símbolo de la importancia estratégico-militar de Toro en el Medievo, que fue construido sobre una terraza en la margen derecha del río. Testigo de importantes acontecimientos históricos, el Alcázar de Toro constituye un hito destacado en el conjunto de la ciudad.
En su primera fase formó parte del recinto amurallado del siglo X, del edificio primitivo subsisten tan sólo los muros exteriores. En la actualidad presenta planta romboidal, rodeada de un foso colmatado, posee siete cubos macizos situados en las esquinas y en la parte central de cada lienzo, realizados con forro de mampostería caliza. En el lado sur se abre la puerta de acceso al recinto, con portada del siglo XVIII, ocupando el lugar donde se ubicó la torre del homenaje demolida en el siglo XIX. Los restos de la puerta original se encuentran a la izquierda de la actual, lugar en el que se aprecia un arco cegado.
Tras la muerte del rey de Castilla y León, Alfonso VII, Toro queda en manos de su hijo Fernando II formando parte del reino leonés. Su sucesor, Alfonso IX, entregará la villa de Toro a su mujer doña Berenguela, como dote de su matrimonio. Fue precisamente Alfonso IX quien otorgó a Toro su primer fuero en 1222 y quien construiría el alcázar entre 1188 y 1195. Su hijo, Fernando III, sería coronado en el alcázar como rey de León en 1230, lo que supuso la unión definitiva de los reinos de Castilla y León. La forma actual fue configurada a partir de 1283, fecha en la cual Sancho IV donó Toro y su alfoz a su esposa María de Molina. Más tarde se realizarían varias obras de mejora como las llevadas a cabo entre 1397 y 1410 o en 1463, de la mano de Enrique IV. El alcázar de Toro fue testigo de las luchas por los derechos de sucesión de Enrique IV, el 1 de marzo de 1476, tuvo lugar la histórica Batalla de Toro entre partidarios de Isabel la Católica y Juana la Beltraneja.
A las puertas del alcázar se encuentra uno de los «monumentos» emblemáticos de la ciudad, su «Toro de Piedra», una figura esculpida en granito perteneciente al grupo de esculturas denominadas «verracos», monumentos de la etapa final de la Edad de Bronce y principios de la Edad de Hierro, signo reconocible de los Vettones, un pueblo prerromano de cultura celta asentado en el territorio entre los ríos Duero y Tajo. El término «verraco», viene del latín «verres», y significa «cerdo padre», aunque las esculturas agrupadas bajo este término de verraco, no sólo representan cerdos, sino también toros, como es el caso de esta escultura. Hay diferentes hipótesis sobre su finalidad: como hitos que establecían los límites del territorio o demarcadores de la zona de pasto, figura de culto para proteger al ganado o incluso alguno las consideran monumentos funerarios.
Desde el alcázar paseamos hasta la Colegiata por el Paseo del Espolón, con magníficas vistas sobre la vega del río Duero y el puente medieval, aunque en Toro se le llama romano porque quizás se asentara sobre un puente anterior de esa época. El actual data del siglo XII y es de estilo románico tardío, con sillería y arcos apuntados.
La Colegiata de Santa María la Mayor es un buen testimonio de la importancia de Toro en la Edad Media. Los volúmenes grandiosos de la fábrica, realzados por su ubicación, a unos cien metros sobre el río Duero y la vega, la convierten en el principal punto de referencia de la ciudad.
Se tiene constancia de que en 1139 se había decidido promover esta iglesia, por un documento en el que Alfonso VII le donó la villa de Fresno de la Ribera; pero las características del edificio acreditan que aquella decisión no llegó a materializarse en tan temprana fecha. Probablemente las obras comenzaron en el último tercio del siglo XII, en días de Fernando II de León, con la cooperación de éste y concurriendo la importancia militar que recobró Toro al separarse de Castilla y León y quedar como plaza fronteriza de este último reino.
En la primera fase constructiva quedó acabada en piedra caliza la cabecera triabsidal, espléndida, y definidos los elementos sustentantes del resto, labrados en el mismo material a altura decreciente hacia los pies del templo. En el segundo periodo se abovedaron los primeros tramos de las naves laterales con soluciones de crucería cuyas ojivas son de traza semicircular, remitiendo a remotos patrones de París, y no agudas, como las empleadas en las catedrales de Salamanca y Zamora.
Una tercera fase se abriría en la década de 1230, al poco de la proclamación de Fernando III el Santo como rey de León; los tramos posteriores de las mismas se cerraron entonces con bóvedas de ascendencia angevina, probablemente inspiradas en Ciudad Rodrigo, como la ventana postrera del alzado septentrional.
A continuación se volteó también el arcaizante cañón apuntado de la nave central, donde los pilares estaban concebidos para recibir nervaduras, y, a la postre, desechando la opción de cubrir el crucero con una solución de crucería similar a la que tuvo el monasterio cisterciense de Moreruela, se levantó un cimborrio espectacular que imita con demérito al salmantino, al que sobrepasa sólo en dimensiones.
Después los trabajos se centrarían en la torre, cuya mitad superior se arruinó en 1510, fue reconstruida entonces por Juan Perea siguiendo una traza de Pedro Martín, y tuvo que ser rehecha de nuevo a partir de 1753 por el famoso artista toresano Simón Gavilán y Tomé, autor de la traza del último cuerpo, que ejecutó Francisco Escudero.
A ella se sube mediante un sistema de semáforos. En la parte superior se tienen unas buenas y cercanas vistas del cimborrio de la Colegiata, de la ciudad y del cercano puente sobre el río Duero.

El pórtico occidental y la gran portada que alberga se acabaron en el reinado de Sancho IV (1284-1295), gracias al mecenazgo de este monarca y de su esposa María de Molina.
Concluido el edificio, por impulso de los mismos monarcas esta antigua parroquia de Santa María la Mayor, fue elevada al rango de Colegiata, que mantuvo, con los títulos de Real e Insigne, hasta su supresión por efecto del concordato de 1851, tras haber perdido la ciudad la condición de capital de provincia en 1833.
De notoria calidad son los trabajos escultóricos de la primera etapa constructiva, centrados en los capiteles de la cabecera y en la Puerta Septentrional, que acusa la huella del gran legado que el maestro Mateo hizo a Santiago de Compostela y aporta un rico muestrario de instrumentos musicales tañidos por los Ancianos del Apocalipsis en torno a una manifestación de la divinidad de Cristo, flanqueado por los santos intercesores, la Virgen y Juan.
La Portada occidental, denominada De la Majestad, fue labrada y policromada en el último cuarto del siglo XIII, y es una de las más importantes manifestaciones de escultura monumental del período gótico en Castilla.
Fue planteada en estilo románico en días de Fernando III y proseguida hasta su terminación en gótico por dos maestros formados en León, durante el reinado de Sancho IV. Su preceptor, el franciscano Juan Gil de Zamora, idearía sus dos densos y originales programas iconográficos. Uno, dedicado, en consonancia con el incremento de la devoción mariana en el siglo XIII, a la exaltación de la Virgen y de la Iglesia por ella simbolizada en su paso por la tierra, su muerte, asunción y coronación en el cielo. El otro, sobre el tímpano, una representación selectiva de la Iglesia triunfante se sucede en las arquivoltas: ángeles, apóstoles, mártires, obispos y abades, vírgenes y dieciocho músicos con un variado e interesante repertorio de instrumentos.
En la última arquivolta se exponen en posición radial las figuras del ciclo del Juicio Final: un Cristo Juez humanizado por el espíritu risueño del gótico, ángeles con los instrumentos de la Redención, la Virgen y san Juan en actitudes intercesoras, la resurrección de los muertos, asexuados, y, en hileras divergentes, bienaventurados y réprobos camino del cielo y del infierno.
El lenguaje brutal en que se expresan los tormentos de los condenados contrasta con la dicha de los elegidos, acogidos amablemente por el Padre Eterno en un lugar ameno, en el jardín del Paraíso, que difiere de las representaciones usuales del cielo y carece de precedentes escultóricos tan acabados. Muy original resulta también la presentación del Purgatorio como lugar físico, comunica con el Paraíso, al que con ayuda de san Pedro acceden las almas purificadas por las llamas.
Por fortuna se ha conservado gran parte de su policromía original, concebida como complemento natural de la escultura; se debe al pintor Domingo Pérez, que dejó constancia de su labor en el dintel, donde se dice criado del rey don Sancho.
A ambos lados de la Capilla mayor se hallan diversos sepulcros murales pertenecientes a la familia Fonseca, labrados hacia 1500 en piedra arenisca y en estilo hispano-flamenco. La reja que protegió el coro desaparecido, procedente de San Ildefonso, fue ejecutada hacía 1583 por Juan Tomás Celma y Diego de Roa.
Dentro del templo destacan cuatro esculturas de mediados del siglo XIII adosadas a las columnas del segundo tramo de la nave central, que representan a San Gabriel, la Virgen embarazada, Santiago y San Juan, dos de las cuales habíamos ya contemplado en la Iglesia de San Cipriano como parte de la exposición de Las Edades del Hombre.
El retablo mayor, en forma de templete, fue ensamblado por el artista toresano Simón Gabilán Tomé, y entre su decoración lleva las esculturas de las virtudes teologales y cardinales. La talla de la Asunción de la Virgen es obra del escultor Manuel de Lara Churriguera, y fue adquirida por la Colegiata a la catedral nueva de Salamanca.
Destacan también el Retablo de los Santos Juanes, encargado por los testamentarios de Juan Rodríguez de Fonseca, arzobispo de Burgos, con destino a la capilla del hospital que fundara en Toro y el Retablo de San Julián. Éste retablo, que actualmente se expone en el ábside meridional del edificio, procede de la sacristía de la iglesia de San Julián de los Caballeros. Contiene diez pinturas dedicadas a la infancia y la pasión de Cristo, que se atribuyen al artista local Luis del Castillo, que las pintaría en el segundo cuarto del siglo XVI.
En cuanto a pintura, sobresale la excelente tabla flamenca de la Virgen de la Mosca, del círculo de Jan Gossaert; merecen mención el retablo renacentista de la Asunción y los santos Juanes, del pintor local Lorenzo de Ávila, unas tablas de Gaspar de Palencia, varias copias desiguales de Ribera entre las que destaca el lienzo de san Jerónimo y un plagio de Caravaggio (Duda de Santo Tomás).
En una cámara fuerte se muestra casi toda la platería de las parroquias, una amplia y rica serie de piezas entre las que destaca la gran custodia procesional de la Colegiata, acabada en 1538 por el platero toresano Juan Gago, robada en 1890 y expuesta hoy en la sacristía.
















































