Zamora, Valladolid 2025 (12)

La tarde anterior, de camino al hotel, descubrimos una chocolatería cercana a la catedral, de idéntico nombre, y fue la elegida para comenzar nuestro recorrido por la ciudad esa mañana.

La fachada de la Universidad de Valladolid es uno de los mejores ejemplares del Barroco en nuestro país. Su edificio medieval se renovó a principios del siglo XVIII, cuando la portada adquirió su aspecto actual.

Está cargada de alegorías relacionadas con la educación universitaria. Así, en la calle central, sobre cuatro enormes columnas, están representadas las principales asignaturas: Retórica, Geometría, Derecho Canónico, Derecho Civil, Astrología, Medicina, Filosofía, Historia y Teología. Sobre ellas, aparece la Sabiduría que vence a la Ignorancia y, junto a la escena, el lema de la Universidad de Valladolid, “Sapientia aedificavit sibi domum”. Culminan la fachada los monarcas que protegieron la institución: Alfonso VIII, Juan I, Enrique III, y Felipe II.

Delante de la fachada aparece un atrio delimitado por pilares rematados con figuras de leones sosteniendo escudos reales y de la Universidad. Debes tener mucho cuidado con contarlos, pues dice la leyenda que quien se atreve a ello no consigue terminar sus estudios.

Nos dirigimos a la Plaza Zorrilla, que se encuentra ubicada por un marco incomparable, entre la Academia de Caballería, El Campo Grande o la Casa Mantilla. De ella parte la avenida principal de la Ciudad, además de confluir las calles de Santiago, de Miguel Íscar, de María de Molina, y la Acera de Recoletos.

Durante siglos, fue denominada Puerta del Campo y abarcaba desde la actual plaza hasta casi todo el Campo Grande. El nombre de Puerta del Campo se debe a una puerta situada en la unión calles Santiago y Claudio Moyano, desde finales del siglo XIII hasta principios del siglo XVII. Desde la Plaza se da acceso al principal parque de la Ciudad El Campo Grande, a través de la llamada Puerta de Marte. En la Puerta del Campo se desarrollaron diversas actividades, desde la Edad Media que había duelos de honor y exhibiciones militares, constituyendo así un espacio para paseos, diversiones y juegos. En este lugar emblemático tenían lugar las ejecuciones de los reos de la Inquisición, de la justicia militar y de la ordinaria.

Con la muerte de José Zorrilla, el Ayuntamiento puso su nombre al actual Paseo de Zorrilla. Pasado el tiempo se plantea el hacer una plaza, al final del paseo de Zorrilla y comienzo del Campo Grande, elaborando así un proyecto para la actual Plaza y los paseos que parten de ella. La Plaza está presidida por José Zorrilla, una estatua en la que la parte inferior es un memorial que representa a la poesía.

La Academia de Caballería está ubicada en el principio del Paseo de Zorrila, la Academia de Caballería de Valladolid impresiona tanto por su función histórica como por su imponente presencia. Fue inaugurada en 1922 tras la destrucción del edificio original en un incendio. El arquitecto Adolfo Pierrad proyectó un edificio de aire neoplateresco que no escatima en detalles: torres, escudos, columnas y un extenso programa decorativo.

Desde entonces, este centro ha formado generaciones de oficiales, convirtiéndose en un símbolo de la tradición castrense en España. En su interior, además de salas de formación y alojamiento, alberga un museo que repasa la historia de la caballería española. La estatua ecuestre frente al edificio, dedicada al general Shelly, completa el conjunto monumental que conecta con el pasado glorioso de este cuerpo militar.

El Campo Grande es el enclave romántico por excelencia de Valladolid y limita con las tres zonas más emblemáticas del siglo XIX: la calle Acera de Recoletos; el paseo de los Filipinos y el paseo de Zorrilla.

Los jardines acogen casi noventa especies diferentes de árboles, arbustos y más de treinta especies de aves, que cuentan con tres enormes pajareras. A lo largo de sus paseos se han instalado esculturas conmemorativas de personajes ilustres (Miguel Íscar, Rosa Chacel o Leopoldo Cano) y fuentes monumentales (de la Fama y del Cisne), junto con un estanque con cascada.

El Campo Grande de Valladolid es uno de los pocos jardines de España en los que se pueden encontrar pavos reales en libertad. Acostumbrados a tener público, no es extraño que se acerquen a los curiosos. Al igual que las simpáticas ardillas.

Nos acercamos al Convento de San Benito. Este monasterio fue el más importante de la orden benedictina, con filiales en otras ciudades de España, en Inglaterra, en Austria, en Portugal y en el Nuevo Mundo. Gracias a la riqueza que obtenían del cultivo de la viña y la venta de vino, la orden se permitió hacer encargo a los mejores artistas del momento, llegando a atesorar obras de incalculable valor, como el retablo de Alonso Berruguete o la sillería de autores como Andrés de Nájera, que hoy pueden verse en el Museo Nacional de Escultura.

El impresionante pórtico-fachada, obra de Rodrigo Gil de Hontañón en el siglo XVI, contaba con dos cuerpos más. La altura del templo era, sin duda, impactante; pero los problemas de estabilidad obligaron a desmontar parte del pórtico en el siglo XIX. No obstante, las dimensiones de su fachada siguen impactando. Los enormes arcos están flanqueados con gigantescos pilares octogonales, que nos dan la bienvenida a un interior diáfano, amplio y que arroja sensación de verticalidad. El escudo que se sitúa justo encima del portón es el único tallado en piedra que se conserva en España con las armas de José Bonaparte, que reinó como José I. Prácticamente todos fueron destruidos después de la Guerra de la Independencia, pero este permaneció oculto bajo una gruesa capa de yeso hasta la restauración llevada a cabo en 2001.

Hoy es la sede de una de las Oficinas de Turismo de la ciudad, a la que acudimos con la intención de reservar una visita guiada por la tarde. Al final, el personal de la oficina nos convenció para que fuera sustituida por una visita panorámica en el ascensor de la catedral.

De camino a la catedral visitamos la Iglesia de la Vera Cruz. Es la sede de la cofradía penitencial más antigua de la Semana Santa de Valladolid, vinculada, en su origen, al cuidado de los enfermos contagiosos. Los cofrades encargaron la obra a Pedro de Mazuecos en 1581, obligado a respetar y conservar en la fachada el arco que existía al fondo de la calle Platerías. No es este su aspecto original, pues la iglesia ha vivido intervenciones como la del prestigioso Diego de Praves, quien añadió un balcón en la fachada hacia 1595, o una ampliación de la nave ya en el siglo XVII.

La iglesia estuvo a punto de desaparecer en varias ocasiones: en 1806, a causa de un incendio; en 1936, cuando el Ayuntamiento aprobó un proyecto de Gran Vía que nunca se llevó a cabo, y en 1938, por un nuevo proyecto urbanístico que insistía en su desaparición. Afortunadamente, ninguno se llevó a cabo, pues la vista que nos regala desde la entrada de la calle de las Platerías completa una estampa digna de ser fotografiada.

Atesora un valiosísimo conjunto de retablos y esculturas en madera, como las realizadas por Gregorio Fernández o un paso de La Borriquilla del siglo XVI realizado en madera y papelón. Su símbolo más emblemático es la Cruz de Mayo, con una reliquia de la Cruz, que sale en procesión cada 3 de mayo.

La visita a la torre de la Catedral de Valladolid nos descubre sus entrañas (el mecanismo de su reloj, la sala de las campanas o la antigua garita del campanero son algunos de los curiosos enclaves que custodia) y, posiblemente, las mejores vistas de la ciudad, a setenta metros de altura, o, lo que es lo mismo, diecisiete pisos que los visitantes salvan gracias al ascensor inaugurado en 2014.

Esta torre no es la reconstrucción de la que se derrumbó en 1841 sino que fue elevada entre 1880 y 1924, tras abandonar la idea de recuperar la que se apodó como “la buena moza”, a la que se accedería por la capilla de San Juan Evangelista. Sin embargo, nuestra visita arranca en el lado opuesto, en la capilla de San Miguel. Tras una parada intermedia para contar la historia de la catedral ascendimos a la sala de las campanas, donde repican las moles de metal a en punto, y media y en los cuartos. Todas ellas datan de finales del siglo XIX o principios del XX, coincidiendo con los años en los que se edificó la torre, y su peso oscila entre los cien kilos y las dos toneladas. Se sabe que cinco de ellas fueron fundidas en Bilbao (Delta Español), otras dos en Francia y otras dos en Valladolid (taller de Eduardo Portilla Linares).

La guía nos explicó cuáles son las inmovilizadas (sin yugo) desde su instalación, aunque ninguna voltea desde hace años. Pudimos ver el nombre de alguna, grabados sobre el metal (con excepción de una campana “anónima”).

En esta misma estancia se encuentra la antigua garita del campanero, la vasta estructura de metal que sujeta la estatua del Corazón de Jesús y que conduce las filtraciones de agua hasta un depósito, y accedimos a la zona descubierta de la torre.

La privilegiada vista de Valladolid que ofrece el mirador de la torre, solo superado en altura por el edificio Duque de Lerma, permite ver, como si de maquetas se tratasen, la Antigua, la Universidad, la Iglesia de San Pablo, el Monasterio de San Benito, las torres de la iglesia de Santiago y del Salvador, la Plaza Mayor o el Campo Grande.

Completado el recorrido circular en torno a la cúpula y contemplado muy de cerca el Sagrado Corazón de Jesús que remata la torre, la visita continúa con paradas en los restantes cuerpos, a los que accedimos por la estrecha escalera de caracol.

El siguiente alto tiene lugar frente a la pulcra maquinaria del reloj traída de los talleres franceses Terraillon y Petitjean, los mismos que fundieron dos de las campanas, y montada a principios del siglo XX por el relojero vallisoletano García del Olmo.

La siguiente estancia, un piso más abajo, está ocupada por el sistema de pesas que mueve el reloj. Pese a que este cuenta con modernos sistemas de precisión, acumula cada semana cierto retraso.

El último tramo de la visita se detiene en la matraca de la Catedral. En su origen, este enorme instrumento de percusión era empleado en el ya desaparecido oficio religioso de Tinieblas, durante la Semana Santa, días en los que estaba prohibido tañer las campanas. Unas vueltas a la pesada caja y el sonido atronador del aparato ponen fin a la visita a la torre de la Catedral.

Quedaba tiempo para visitar la Iglesia de las Angustias antes de la comida. Construida entre 1597 y 1606, su sereno estilo herreriano se inspira en la Catedral y presenta las características propias de un templo penitencial acondicionado para el cobijo de pasos procesionales y con un balcón-tribuna para uso de los cofrades.

En su interior alberga valiosos tesoros, como el retablo mayor, con pinturas de Tomás de Prado y escultura de Francisco de Rincón, y un conjunto de excelentes obras de arte de los siglos XVII y XVIII, de autores como Gregorio Fernández o Juan de Juni.

Un paseo por las inmediaciones de la catedral antes de dirigirnos al restaurante Alquimia-Laboratorio para nuestra segunda experiencia Michelin en la capital pucelana.

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