Como suelen decir en Pucela: «aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid…«, nos acercamos al río tras realizar las últimas compras y acercarlas al coche. El río Pisuerga es el más importante de la ciudad, tanto pos su caudal y todos los beneficios que el conlleva, como por haber sido durante muchos años el límite de la ciudad, pues hasta los años 70 no se empezó a construir al otro lado del río.
Lo cierto es que May no había visitado Valladolid desde que tenía trece años y sentía cierra morriña del Pisuerga…
La Iglesia de San Miguel y San Julián no quedaba lejos y había sido una recomendación de nuestra guía en la visita panorámica a la torre de la catedral. Su origen está en la fundación de la Casa Profesa de la Compañía de Jesús en 1542 por los Padres jesuitas Pedro Fabro y Antonio de Araoz, que vienen desde Lisboa a traer la devoción de San Antonio de Padua, poniendo la casa bajo su advocación.
La Capilla de San Antonio de Padua conserva la descripción pictórica del siglo XVII. El retablo es de estilo barroco con influencia rococó del siglo XVIII. En la hornacina central se halla una escultura de vestir de San Antonio de principios del siglo XVII que, por su estilo, encaja en los primeros trabajos de Gregorio Fernández. El niño Jesús es posterior, del siglo XVIII, y anónimo.
La Capilla de la Buena Muerte, retablo barroco del siglo XVIII, presenta influencias de la escuela de retablos andaluza, granadina concretamente. El Cristo crucificado con rasgos del estilo de Juan de Juni, probablemente obra de algún discípulo, está acompañado de San Juan, la Virgen y Santa María Magdalena abrazada a la cruz.
La Capilla de la Inmaculada Concepción, retablo rococó del tercer cuarto del siglo XVIII, fue realizado unos años antes de la expulsión de los jesuitas. La talla de la Inmaculada es del círculo de José de Rozas, realizada hacia 1670 e inspirada en una pintura, ya que se dispone con el manto estirado en un plano. Está acompañada de dos esculturas de jesuitas, de autor anónimo del siglo XVIII.
Los ensambladores del retablo de San Francisco Javier fueron Cristóbal, Francisco y Juan Velázquez, tomando por modelo la decoración que diseñó en 1610 Girolamo Rainaldi para la fachada de San Pedro de Roma. Las esculturas y los bustos relicarios son obra de Gregorio Fernández y de su taller, realizados entre 1612 y 1622. Destaca la magnífica escultura de San Francisco Javier, obra de Gregorio Fernández, policromada por Marcelo Martínez en 1623.
El retablo de San Ignacio de Loyola hace pareja con el anterior y en él intervinieron en su ejecución los mismos artistas. Destaca la escultura de San Ignacio, con el atributo de llevar la Iglesia en la mano. Se cuenta que el rostro está sacado de una mascarilla de cera del propio santo en el momento de morir.
El retablo del altar mayor es de Adrián Álvarez y por su estructura responde al modelo de El Escorial, reducido en un cuerpo, siguiendo la traza de Juan de Herrera. En el ático se hallan los monumentales escudos de los Condes de Fuensaldaña. En el banco, en unos relieves apaisados, las cuatro virtudes cardinales (justicia, prudencia, fortaleza y templanza), extraordinariamente ejecutivas, realizadas por Adrián Álvarez en colaboración, probablemente, con Gregorio Fernández. En cuatro grandes tarjetones, unos alto-relieves: la Adoración de los pastores, la Circunscisión de Jesús, la Resurrección y Pentecostés, obra de Adrián Álvarez. En el ático, los cuatro evangelistas y un calvario con San Juan y la Virgen, del mismo autor.
Accedimos a la capilla-sacristía de la Compañía de Jesús, una gran sala que conserva toda la decoración barroca del siglo XVII, con una impresionante colección de pintura. El cuadro de mayor tamaño, “La Apoteósis de la Eucaristía”, es obra de Felipe Gil de Mena.
Esta gran sala, aparte de servir de magno vestuario, está preparada para el culto divino. Por ello, en la cabecera se contempla una gran pintura mural que finge un retablo, un trampantojo. Se trata de una gran obra pictórica, desarrollada en el muro, aunque el tabernáculo está realizado en tabla recortada y un lienzo donde está pintada la Inmaculada y, a los lados, San Joaquín y Santa Ana, de color oro, atribuido todo el conjunto a Felipe Gil de Mena. En el vano de la ventana superior se halla una gran escultura de San Miguel, del círculo de José de Rozas, del siglo XVIII.
En la actualidad, la capilla-sacristía expone una muestra de la contigua capilla relicario, que contiene un rico patrimonio con pequeños relicarios tipo arquetas, brazos, bustos, estatuas, pirámides, entre otros.
El retablo relicario y los evangelistas son de la escuela de Gregorio Fernández. En la calle central se halla un crucifico de bronce con cruz de madera de ébano, una Virgen con el Niño que sustituye a la original, un San Miguel pequeñito que se colocaría cuando vino la parroquia a ocupar el templo, y una estatuilla de la Virgen con el Niño, de alabastro, obra del siglo XV, conocida como la Virgen de Trapani. Existen otras muchas piezas de valor en esta estancia.
A la salida nos dirigimos a la Casa de José Zorrilla, el inmortal autor de Don Juan Tenorio, que nació aquí el 21 de febrero de 1817. Pasó en ella su infancia y a ella regresó en 1866. El Ayuntamiento de Valladolid adquirió el inmueble en 1917 para convertirla en Casa-museo en la que recibir los enseres del poeta donados, entre otros, por su viuda.
En su interior, la Casa recrea a la perfección el ambiente romántico del siglo XIX. Su magnífico jardín es uno de los rincones más hermosos de la ciudad.
Aunque puede ser visitada, de forma guiada y gratuita, durante todo el año, el día de nuestra visita se hallaba cerrada por la celebración de un recital de poesía.
De camino al centro pasamos por la iglesia de San Martín y San Benito el Viejo, en la que se celebraba el Triduo a la Virgen de la Piedad, además de la entrega del VI Premio Francisco Javier Cartón, al que asistimos motivados por la posibilidad de asistir a la celebración religiosa con la participación de una coral de reconocida prestancia.
Ya en la misma calle del hotel hicimos un alto para el tapeo de rigor en El Farolito. Había que preparar el equipaje para el regreso a tierras murcianas que se produjo sin mayores incidencias, y sin la temida nieve, que se quedó en tan solo una amenaza. La obligada parada en la Roda a la hora de comer y en casa, a tiempo para recoger a Sara.










































