Galicia 1991 (3)

El jueves 28 nos llevó por la costa. Las playas de Baiona nos ofrecieron el primer encuentro directo con el Atlántico. En pleno casco urbano, el largo arenal de Praia Ladeira es, quizás, el más emblemático de la ciudad. Un lugar perfecto para bañarse, dar un buen paseo e incluso para echar un vistazo al maravilloso Esteiro da Foz, protegido por la propia playa y la enorme barra llamada Punta da Foz o Punta Ladeira, que separa el estuario del río Miñor y el mar.

En el extremo opuesto, del otro lado de la península de Santa Marta, la pequeña playa del mismo nombre también es muy frecuentada. Y ya a los pies del Monte Boi y el Castillo de Monterreal, las playas de Os Frades, A Ribeira, A Cuncheira y Barbeira son pequeñas pero no por ello menos espectaculares.

Subimos después a la citania de Santa Tecla. El gran yacimiento arqueológico que ocupa unas veinte hectáreas de superficie, de las cuales tan solo una pequeña parte está excavada, tiene sus orígenes documentados en el siglo IV a. C. alcanzando su mayor grado de desarrollo en el cambio de era.

En la península del Trega se desarrolla una verdadera ciudad, de entre tres mil y cinco mil habitantes en la que confluyen las culturas mediterráneas y atlánticas. La Sociedad Pro Monte, nacida en 1912 por el interés de indianos guardeses, iniciaron las campañas de excavación en las que participaron sucesivamente Ignacio Calvo, Cayetano Mergelina, Manuel Fernández y De la Peña Santos. A principios de 2016 finalizaba la última, que, dirigida por Rafael Rodríguez y financiada por la Diputación de Pontevedra y el Ministerio de Fomento, consistió en excavar de nuevo la zona ya estudiada entre 1928-1933, por el arqueólogo de la Universidad de Valladolid, Cayetano Mergelina y Luna.

Desde allí, la desembocadura del Miño se abría majestuosa, marcando la frontera natural con Portugal. Sin duda, Santa Trega es un mirador espectacular que permite vistas de trescientos sesenta grados sobre la desembocadura del río Miño y las costas de Galicia y Portugal, siendo un lugar estratégico para la vigilancia entre los dos países.

Cruzar a Valença do Minho tuvo algo de aventura sencilla. Lo hicimos a través del Puente Internacional que la une con Tui, una enorme estructura metálica que hace años era la puerta de entrada a Portugal de los que venían de Tui, en la otra orilla del Minho, y que sigue siendo el paso de los que cruzan la frontera en tren. Tiene 318 metros de longitud y data de 1882. El arquitecto fue un español, Pelayo Mancebo.

Su maravillosa fortaleza es una impresionante estructura defensiva con cinco kilómetros y medio de muralla, cuatro revellines, doce baluartes, más de treinta garitas de vigilancia y casi doscientas cañoneras. En su interior se concentra un núcleo urbano con tres capas de defensa, lleno de casas singulares y pequeñas tiendas por las que curiosear y adquirir productos de muy buena calidad.

La muralla medieval se remonta al siglo XIII, aunque fue durante los siglos XVII y XVIII, con la Guerra de la Restauración, cuando se edificó la fortaleza tal y como la conocemos hoy, con un proyecto del francés Michel Lescolle.

Comimos allí, disfrutando del ambiente fronterizo y del sabor distinto, aunque cercano. Valença do Minho nos ofreció una experiencia culinaria marcada por la sencillez bien entendida. La mesa se llenó de platos generosos, de sabores rotundos, acompañados por vinos portugueses que, sin ser tan conocidos para nosotros entonces, nos sorprendieron por su carácter.

Recuerdo el contraste con Galicia: aquí el vino tenía otra expresión, más directa, más terrenal. Aun así, inevitablemente, volvimos a hablar del Albariño, ya convertido casi en referencia constante del viaje. Comparábamos, opinábamos, aprendíamos sin pretenderlo. May disfrutaba especialmente de ese intercambio tranquilo, de la sobremesa sin reloj, mientras Buena y Ara aportaban su entusiasmo y curiosidad. Aquella comida en Portugal fue, más que un alto en el camino, un descubrimiento compartido que reforzó la sensación de estar viajando de verdad.

De vuelta a Vigo, repetimos en el Rías Baixas, el I en esta ocasión, casi como si quisiéramos confirmar que lo vivido la noche anterior no había sido casualidad. Eso sí, sustituimos la mariscada por raciones, y la cena tuvo un tono distinto, más relajado, más consciente. Ya no había sorpresa, sino disfrute pleno. May y yo comentábamos cómo esos momentos sencillos, sentados a una mesa, eran los que con el tiempo acabarían definiendo nuestros recuerdos. Ella no era solo mi compañera de vida, sino una compañera de viaje excepcional, alguien con quien comparto intereses, curiosidad y una manera muy parecida de mirar el mundo.

Buena y Ara se sumaban a esa complicidad colectiva, y entre los cuatro se creó una atmósfera de familiaridad profunda. El vino volvió a ser protagonista discreto, enlazando sabores y palabras, sellando dos noches viguesas que aún hoy asocio inevitablemente al placer de viajar bien acompañado. El cansancio se mezclaba ya con una satisfacción profunda.

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