El viernes 29 seguimos explorando la Galicia costera. La playa de A Lanzada, abierta y salvaje, nos impresionó por su amplitud, una longitud de dos mil cuatrocientos metros y un ancho de sesenta metros. Se encuentra en el municipio de O Grove en un entorno natural rodeada de dunas arena blanca y agua cristalina, entre la que discurre un paseo de madera que recorre todo el largo de la playa.
Es excelente para la iniciación al surf, pues la ola es bastante tendida y funciona con todas las mareas, aunque mejor con marea baja subiendo, la dirección del mar del Oeste entra directo y con poco mar ya hay olas. Sin duda esta es la playa más concurrida de la Ría de Pontevedra.
La isla de la Toja nos mostró una Galicia más refinada, casi elegante. La Toja es una pequeña isla situada en la desembocadura de la Ría de Arousa, en pleno corazón de las Rías Baixas. Está conectado a tierra con su vecina O Grove a través del Puente de la Toja, de cuatrocientos metros de largo.
La Toja es muy conocida porque en el siglo XIX atrajo a la alta sociedad española gracias a sus famosas aguas medicinales que tenían poderes curativos, sus jabones, su balneario y un hotel de lujo, el Gran Hotel de la Toja. Tal fue el furor de esta pequeña isla de un kilómetro cuadrado, que se decidió crear el famoso Puente, ya que hasta ese momento sólo se podía acceder en barco.
En Cambados, Casa Rosita fue mucho más que una simple parada para comer: fue uno de esos momentos que terminan definiendo un viaje entero. Tradición y modernidad se conjugan armoniosamente en este establecimiento ubicado en uno de los más bellos enclaves del Valle del Salnés. En su interior podemos apreciar la nobleza de los materiales y el cuidado en la decoración, que combina elementos tradicionales con otros de carácter más vanguardista. Los platos de Casa Rosita son el resultado de una cocina esmeradamente cuidada a lo largo de varias generaciones y de un acreditado compromiso con la auténtica cocina gallega, basada en la preparación de los mejores pescados y mariscos de nuestras Rías, bien acompañados de una amplia selección de vinos Albariños.
Recuerdo entrar al restaurante con la sensación de estar accediendo a un espacio familiar, casi doméstico, donde el tiempo parecía ir más despacio. Nos sentamos los cuatro alrededor de la mesa, cansados pero felices, y allí la conversación fluyó de una manera distinta, más reposada.
El Albariño acompañó la comida desde el principio. Fresco, fragante, con ese equilibrio perfecto entre acidez y suavidad, parecía hecho a medida para lo que estaba llegando a la mesa. Cada plato era una celebración del producto y del entorno: sabores limpios, reconocibles, honestos. May disfrutaba especialmente del ritmo pausado de la comida, del placer de compartir sin prisas. Buena y Ara comentaban cada detalle, comparando sabores, riendo, creando ese clima de complicidad que solo surge cuando todo encaja. Aquel almuerzo tuvo algo de rito. No fue solo comer bien; fue sentirnos plenamente en el lugar, formando parte, aunque solo fuera por unas horas, de la vida cotidiana de Cambados. El vino, las conversaciones y la sensación de bienestar crearon un recuerdo que, con los años, ha ido creciendo en intensidad en lugar de difuminarse.
Las ruinas de Santa Mariña de Dozo, silenciosas y evocadoras, pusieron un tono melancólico a la tarde. En las inmediaciones de un viejo Castro, se encuentran los restos de la antigua iglesia parroquial de Santa Mariña, patrona de Cambados. En una capilla románica del siglo XII, el señor feudal Lope Sánchez de Ulloa construyó la iglesia de Santa Mariña de Dozo, posteriormente restaurada y ampliada por su hija María de Ulloa, a finales del siglo XV.
Además del románico original, la iglesia también presenta un estilo marinero gótico y elementos renacentistas. Comprende una sola nave dividida por cuatro arcos románicos transversales, cinco capillas laterales, sacristía y capilla. En el interior, hay que señalar la decoración con bolas en los arcos y las capillas. La iglesia fue abandonada por razones políticas y religiosas en el siglo XIX, trasladándose la iglesia parroquial a la iglesia del antiguo convento de San Francisco. Finalmente se utilizó como cementerio parroquial. Sus restos fueron declarados Monumento Nacional en 1943 y hoy en día el lugar es considerado “el cementerio más melancólico del mundo”, en palabras del escritor gallego Alvaro Cunqueiro, gran admirador de la ciudad.
Llegamos a Santiago de Compostela con el día cayendo. Dormir allí era, de algún modo, el cumplimiento de un viaje que había ido creciendo en significado. Eso sí, viernes santo, periodo vacacional, imposible encontrar alojamiento en el centro urbano. Costó algo de tiempo encontrar hotel en las afueras de Santiago. Tampoco algunos pudieron cenar esa noche. La copiosa comida de Casa Rosita estaba haciendo sus estragos…



























