Galicia 1991 (y 5)

Llegar a Santiago fue distinto a llegar a cualquier otro lugar. Aunque no éramos peregrinos en el sentido estricto, había en el ambiente algo de meta alcanzada. Dormir allí la noche del viernes fue hacerlo con una cierta emoción contenida, como si el viaje hubiera estado avanzando, sin saberlo, hacia ese punto.

La mañana del sábado, al entrar en la Plaza del Obradoiro, sentimos una mezcla de sobrecogimiento y calma. Es una plaza que no necesita explicaciones: basta estar en ella.

La catedral dominaba el espacio con una presencia indiscutible. El Pórtico de la Gloria nos impresionó profundamente. Concebido como atrio o nártex de la catedral, fue esculpido por el Maestro Mateo entre 1168 y 1188 en tan sólo veinte años. Considerado obra cumbre de la escultura románica, su misión era la de proyectar al visitante la visión apocalíptica y gloriosa del fin de los días, semejante a la Jerusalén Celeste, con “puertas siempre abiertas, en un día sin noches” (Apocalipsis 21,25). El cuerpo central del Pórtico, presidido por un Cristo Redentor y por la figura de Santiago sedente, recibe a los peregrinos mostrando la monumentalidad y delicadeza de la obra, con más de doscientas figuras de granito que componen un estudiado programa iconográfico.

Avanzando por la nave central, podemos comprender el esquema de la catedral, perfectamente conservado en su estilo románico original. Se trata de la típica planta de cruz latina de las iglesias de peregrinación, con tres naves en el sentido longitudinal y tres en el crucero. La nave central mide unos noventa y siete metros y está coronada por un triforio que rodea todo el templo y eleva las naves hasta los veinte metros de altura. Esta galería situada en lo alto resultaba un elemento útil en la Edad Media, cuando muchos peregrinos se veían obligados a dormir en la Catedral a la espera del primer oficio religioso.

Subiendo por las escaleras de la derecha de la girola, en el camarín, la figura románica de Santiago, original del siglo XIII, recibe el emocionado abrazo de los peregrinos. Después, se baja por las escaleras de la izquierda para visitar las reliquias del Apóstol en el pequeño mausoleo que ha sido el epicentro espiritual de la ciudad. Esta cripta alberga los restos mortales del Apóstol, descubiertos según la tradición en el siglo IX, y que, sin embargo, reposan en una urna del siglo XIX. El motivo está directamente relacionado con una de las incursiones marítimas que, en el año 1589, el pirata Francis Drake realizó en Coruña, amenazando con llevarse las veneradas reliquias hasta Inglaterra. Los canónigos se apresuraron a ocultarlas y sólo salieron a la luz trescientos años más tarde, a finales del siglo XIX, cuando una bula papal reconoció nuevamente su autenticidad.

El claustro renacentista del siglo XVI, construido por Juan de Álava, Gil de Hontañón, Juan de Herrera y Gaspar de Arce, ofrecía un respiro, un espacio para el recogimiento. Se ubica en la primera planta si se mira desde la plaza. Sus cuatro grandes alas muestran una magnífica bóveda estrellada, una bella crestería y, en el suelo, las lápidas de los canónigos.

En la zona central del claustro pueden verse las viejas campanas retiradas de la Torre del Reloj, entre ellas la Berenguela original, notablemente rajada.

En el centro está la Fons Mirabilis, una fuente románica de granito que estuvo situada en la entrada norte del templo, la Puerta del Paraíso, y en la que según narraba el Códice Calixtino, podían asearse hasta quince peregrinos a la vez para entrar en la Catedral limpios del polvo del camino.

La Plaza de las Platerías, más íntima, nos permitió observar la catedral desde otro ángulo, descubrir detalles que se escapan en la grandiosidad frontal.

El Palacio de Rajoy, sobrio y elegante, cerraba el conjunto con una dignidad serena. Situado frente a la fachada oeste de la Catedral, se levanta este palacio, mandado construir por el arzobispo Raxoi en 1766, para residencia de los niños del coro y seminario. Las obras fueron ejecutadas por el ingeniero francés Charles Lemaur. La larga fachada abierta con un elegante soportal, dota al edificio de una marcada horizontalidad. En el centro de la fachada puede verse un frontón con un relieve en mármol, en el que se representa la batalla de Clavijo, obra de Gambino y Ferreiro, coronado por la estatua ecuestre de Santiago.

La Alameda es un imprescindible para todo aquel que visita Santiago de Compostela y también para los estudiantes y residentes en la ciudad. Su ubicación lo hace muy accesible desde diversos puntos: por el Ensanche desde la avenida de San Xoán Carlos, por el Campus Sur desde la emblemática escalinata y por el casco histórico compostelano a través de la Porta Faxeira. No podíamos terminar nuestra jornada sin visitarla y contemplar la ciudad desde esta atalaya.

Allí se encuentra la estatua de la escritora Rosalía de Castro, la más influyente de la literatura gallega, en el Paseo da Ferradura, junto a sus jardines y frente a la escalinata que baja al Campus Sur. Fue levantada en 1917 y la encontramos sentada. A sus pies están escritos en piedra los títulos de algunas de sus obras más destacadas.

En Santiago sentí, quizá por primera vez de manera clara, que los viajes no se miden solo en kilómetros ni en monumentos visitados, sino en lo que despiertan dentro de uno. Y comprendí también algo más: que viajar con May significaba hacerlo desde una complicidad profunda. Compartíamos intereses, motivaciones, una curiosidad común por los lugares y por las personas. Ella sabía disfrutar del detalle y del conjunto, del silencio y de la conversación, del monumento y del camino que llevaba hasta él.

El domingo 31 emprendimos el regreso, pasando por León, con la melancolía propia del final. A ese Domingo de Resurrección no pudieron faltarle los kilométricos atascos en Medina del Campo, signo evidente del incesante regresar de tantos y tantos viajeros a casa.

Pero algo había cambiado. Volvimos a Murcia distintos a como habíamos salido: más cansados, sí, pero también más unidos y más ricos en recuerdos. Aquel viaje ya no nos pertenecía solo a nosotros cuatro: empezaba a formar parte de nuestra historia compartida, de esos recuerdos que el tiempo no borra, sino que afina. Con los años he comprendido que no todos los viajes envejecen igual. Algunos se desdibujan; otros, como aquel de marzo de 1991, ganan profundidad.

Aquel viaje de marzo de 1991 quedó grabado para siempre como uno de esos momentos que, con los años, ganan valor en lugar de perderlo. También confirmó algo que el tiempo no ha hecho más que reafirmar: May no es solo mi compañera de vida, sino una compañera de viaje extraordinaria, alguien con quien cada desplazamiento se convierte en una experiencia compartida y significativa.

Quizá porque fue un viaje hecho sin prisas, sin expectativas desmedidas, abierto a la sorpresa. Quizá porque lo compartimos con personas queridas. O quizá, y esto es lo que hoy siento con mayor claridad, porque lo viví junto a May, con quien he seguido recorriendo caminos, ciudades y paisajes, siempre con la misma complicidad inicial.

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