El verano de 1993 tenía una luz distinta. No era solamente el sol alto y generoso de julio ni el resplandor blanco de las piedras bajo el mediodía andaluz. Era la claridad íntima de los comienzos. May y yo llevábamos apenas unos meses casados. La palabra “recién” todavía nos acompañaba como una promesa. Recién casados. Recién estrenando casa. Recién aprendiendo a decir “nosotros” sin titubeos.
Y, sin embargo, aquel viaje a la Sierra de Cazorla no fue solo uno de nuestros primeros como matrimonio. Fue también la primera vez que salíamos con Aramar, nuestra sobrina, que había nacido el mismo año en que May y yo comenzamos nuestra relación. Siempre nos gustó pensar que su llegada al mundo fue una señal discreta, un punto de partida compartido. Mientras nosotros iniciábamos nuestra historia, ella comenzaba la suya.
Salimos de Alcantarilla después de comer. Por si el viaje no fuera de por sí largo tuvimos que hacer una parada relámpago en Lorca para adquirir una colchoneta que permitiera que los tres durmiéramos en medianas condiciones. Recuerdo la carretera serpenteando entre olivares infinitos. El paisaje se iba ondulando hasta volverse montaña. Cazorla se anunciaba poco a poco, sin estridencias, como si quisiera que el viajero la descubriera con humildad. Las sierras se elevaban con esa mezcla de aspereza y nobleza que solo tienen los macizos antiguos. La piedra caliza, erosionada durante siglos, dibujaba perfiles caprichosos contra el cielo azul.
Mientras conducía May miraba por la ventanilla y Aramar, en el asiento trasero, preguntaba cada pocos minutos cuánto faltaba. Su impaciencia contrastaba con nuestra serenidad recién estrenada. Nos mirábamos y sonreíamos. Había algo profundamente simbólico en aquel viaje: nosotros comenzando nuestra vida en común y ella nos acompañaba como un pequeño testigo del tiempo.
Llegamos al Complejo Los Enebros, en Arroyo Frío ya de noche. El camping tenía ese encanto sencillo de los lugares donde lo importante no es el lujo, sino el entorno. Parcelas delimitadas por setos bajos, suelo de tierra firme, sombra generosa de pinos y enebros que filtraban la luz en destellos verdes. Algunos jovenzuelos se prestaron a ofrecernos su ayuda para instalar el campamento. No era necesaria, contábamos con nuestra ilusión para que aquella aventura resultara inolvidable, y qué mejor ocasión para comenzarla que montando entre los tres nuestra tienda de campaña.
Montar la tienda fue casi un ritual iniciático. May extendía la lona mientras yo ajustaba las varillas con entusiasmo y destreza. Aramar corría alrededor, recogiendo pequeñas piedras que convertía en tesoros. Cada gesto cotidiano adquiría una dimensión nueva. Ya no éramos dos; éramos tres compartiendo un pequeño territorio provisional bajo las estrellas.
Por la noche, el silencio no era absoluto. Se oían grillos, el crujido ocasional de alguna rama, el murmullo lejano del viento en las copas de los árboles. El aire era limpio, casi transparente. Recuerdo que, tumbados sobre sacos de dormir, mirábamos el techo de la tienda y hablábamos en voz baja, como si la montaña nos escuchara. May apoyaba su cabeza en mi hombro y yo sentía que aquel era el verdadero lujo: estar allí, juntos, sin más prisa que la del amanecer.
Uno de los días más intensos fue la excursión a la Cascada de Linarejos. Una vez aparcado nuestro coche en el puente que salta el Río Guadalquivir, nos encontramos una casa y un panel informativo de la ruta que vamos a realizar. Nos asomamos al Río Guadalquivir y divisamos la “cerrada” o estrechamiento entre paredes. El río discurre encajonado y forma el Embalse de la Cerrada de Utrero con una pequeña presa por la que descendemos por unas escaleras pegados al salto de agua. Frente a nosotros la divisamos la cascada de Linarejos.
La Cascada de Linarejos es la más impresionante y fotografiada estampa dentro del Parque Natural Sierras de Cazorla Segura y Las Villas, con sus sesenta metros de altura. Colgada de las altas paredes se abre una estrecha grieta por donde precipita sus aguas al Río Guadalquivir. Unas pozas de aguas turquesas engalanan de forma espectacular el lugar, dando un colorido especial.
El sendero discurría entre pinares densos, con el suelo cubierto de agujas secas que amortiguaban nuestros pasos. El aire olía a resina y a tierra caliente. A cada curva del camino, la sierra se mostraba distinta: barrancos profundos, paredes rocosas, claros luminosos donde el sol caía a plomo.
Cuando oímos el rumor agua antes de verla, supimos que la cascada estaba cerca. El sonido era fresco, continuo, como una respiración de la montaña. Y entonces apareció: la Cascada de Linarejos cayendo con elegancia entre rocas pulidas, formando pozas transparentes donde el agua parecía detenida en el tiempo.
La cascada se precipita en un salto principal, el más alto, y aquí forma la preciosa poza esmeralda en la que nos bañamos. Desde aquí, cuando hay mucho aporte de agua, la vierte en dos nuevos saltos más pequeños.
Nos descalzamos sin pensarlo. El primer contacto con el agua del río Guadalquivir fue un estremecimiento. Estaba fría, viva, pura. Aramar gritó entre risa y sorpresa. May la sostuvo por las manos mientras avanzaban despacio hacia una de las pozas más tranquilas. Yo me sumergí hasta los hombros y sentí cómo el cansancio del año se disolvía en aquella corriente.
Bañarnos allí fue algo más que un gesto veraniego. Fue una especie de bautismo natural. El Guadalquivir, que más tarde recorrería media Andalucía hasta fundirse con el Atlántico, nacía en aquellas montañas con la humildad de un hilo de agua cristalina. Pensé entonces en la vida y en los comienzos, en cómo todo lo grande empieza siendo pequeño y frágil.






























