Por la tarde visitamos el Centro de Visitantes Torre del Vinagre. El centro se presenta como una gran ventana por la que asomarse al parque natural más extenso de España. Su privilegiado enclave, en pleno valle del Guadalquivir, permite disfrutar de una de las zonas más emblemáticas de este espacio natural.
El Parque Natural Sierras de Cazorla, Segura y Las Villas alberga cinco tipos de ambientes de gran belleza, cuyos secretos pudimos descubrir a través de este centro. Estos paisajes comprenden los asociados a las rocas, donde apreciar un mundo de formas y colores; los paisajes del agua, como fuente de vida, riqueza y diversidad; el pinar, que domina los bosques de las sierras; el agreste relieve de las altas cumbres, medio hostil, pero lleno de vida; y, por último, los paisajes humanos, en los que desde tiempos inmemoriales se ha transformado el territorio.
Nos acercamos a los habitantes de todos estos paisajes en la exposición de una manera amena y didáctica. Especies como el ciervo, la cabra montés, el gamo o el muflón, entre otras, son objeto del afamado aprovechamiento cinegético del lugar y, en Torre del Vinagre, la evolución histórica de este recurso es explicada con detenimiento. El quebrantahuesos o el alimoche también tienen un especial protagonismo en la exposición.
A través de la vista, el tacto, el olfato, el gusto o el oído nos acercamos a las maravillas naturales que alberga este espacio de la Red Natura 2000 y Reserva de la Biosfera. Aprendimos sobre la geología que había modelado aquellas sierras, sobre los bosques de pino salgareño, sobre la fauna que encontraba allí su refugio. May leía en voz alta fragmentos de los paneles para Aramar, simplificando las palabras técnicas, convirtiendo la información en pequeños cuentos sobre ciervos, águilas y zorros.
Recuerdo especialmente una vitrina dedicada al nacimiento del Guadalquivir. Me quedé contemplándola más tiempo del necesario. Sentía que comprender el valor ecológico del lugar nos hacía más responsables. La sierra no era solo un paisaje bonito para nuestras vacaciones; era un ecosistema complejo, frágil, digno de respeto. Salimos de allí con una conciencia renovada. La naturaleza no era decorado, era maestra.
En el Parque cinegético Collado del Almendral pudimos contemplar la fauna de la zona con una cercanía que asombraba. Recuerdo el silencio expectante cuando divisamos los primeros ciervos entre la arboleda. Sus movimientos eran elegantes, casi ceremoniales. Aramar apretaba la mano de May cada vez que alguno levantaba la cabeza y nos miraba.
También vimos gamos, muflones, cabras montesas encaramadas a pendientes imposibles. Aquellos animales representaban la continuidad de la vida salvaje en un entorno protegido. Había algo profundamente educativo en esa experiencia: aprender a observar sin invadir, admirar sin poseer.
May me miró en un momento en que el sol comenzaba a descender y tiñó de dorado el pelaje de los ciervos. Su mirada decía más que cualquier palabra. Compartíamos la misma emoción, la misma gratitud. Aquella luz de atardecer parecía envolvernos a los tres en una complicidad silenciosa.
De vuelta al aparcamiento unos jabalíes nos dieron un buen susto porque no tardaron nada en olfatear el bocadillo de chorizo que llevábamos para la merienda. Ese era su oscuro objeto del deseo, para nada nosotros.
A lo largo de esos días visitamos también miradores desde los que la sierra se desplegaba en una sucesión interminable de montañas azuladas. Caminamos por senderos que bordeaban el río, deteniéndonos a escuchar el rumor del agua entre las piedras. Descubrimos pequeñas aldeas donde el tiempo parecía haberse detenido.
Cada rincón tenía una enseñanza. La paciencia de los árboles centenarios. La humildad del agua que, gota a gota, modela la roca. La resistencia de la fauna que encuentra equilibrio en un entorno exigente.
Y en medio de todo ello, nuestra pequeña comunidad de tres. Aprendimos a repartir tareas, a escucharnos más, a ser pacientes cuando el cansancio aparecía. May y yo consolidábamos nuestra relación en los gestos cotidianos: preparar la cena en el camping, arropar a Aramar cuando refrescaba, compartir una conversación al caer la noche.
Las noches en Los Enebros fueron, quizá, el momento más íntimo del viaje. Después de cenar algo sencillo, nos sentábamos fuera de la tienda. El cielo, libre de contaminación lumínica, se mostraba desbordante de estrellas. Le enseñábamos a Aramar a identificar la Osa Mayor, aunque probablemente olvidara su forma al día siguiente. Cuando ella se dormía, May y yo hablábamos del futuro. No eran grandes planes; eran sueños sencillos: seguir viajando, formar un hogar lleno de afecto, mantener viva esa capacidad de asombro que la sierra nos estaba regalando. Yo comprendí entonces que amar es también compartir el silencio. Que el matrimonio no se construye en los grandes acontecimientos, sino en los pequeños instantes repetidos con ternura.
La Sierra de Cazorla nos enseñó el valor de la naturaleza intacta. Su biodiversidad, sus ríos limpios, su fauna protegida, sus bosques extensos… todo ello conforma un patrimonio que trasciende generaciones. Es un espacio donde el ser humano puede reconciliarse con lo esencial. Pero, además, aquel viaje consolidó algo más profundo: nuestra conciencia de familia. May y yo salimos de allí más unidos. Aramar, sin saberlo, fue el puente que nos enseñó a cuidar no solo del paisaje, sino también el uno del otro.
Cuando desmontamos la tienda y cargamos el coche para regresar, sentí una ligera tristeza. Pero no era melancolía, sino gratitud. Sabía que algo había cambiado en nosotros. La sierra quedaba atrás físicamente, pero permanecía dentro.
Con el paso de los años, muchos viajes vinieron después. Sin embargo, aquel verano de 1993 sigue ocupando un lugar especial en mi memoria. Fue el verano en que aprendimos que la felicidad puede ser tan sencilla como una tienda bajo los pinos, un baño en el Guadalquivir naciente y la risa de una niña resonando entre montañas antiguas.
Y cada vez que pienso en Cazorla, vuelvo a ver a May caminando delante de mí, con Aramar de la mano, avanzando por un sendero luminoso. Y entiendo que, en el fondo, la vida es eso: caminar juntos, entre la belleza y el asombro, agradeciendo cada paso.
Un par de años después volveríamos a aquellos parajes. Pero esta ya es otra historia…

































