Volver a la Sierra de Cazorla en 1995 no fue una casualidad. Fue una elección consciente. Dos años antes, en 1993, la sierra había sido testigo de nuestros primeros pasos como matrimonio y de aquella primera aventura con Aramar. Ahora regresábamos con algo distinto: ya no éramos recién casados, sino una pareja que empezaba a reconocerse en sus silencios y en sus rutinas. Futuros padres, además. Habíamos aprendido a convivir, a negociar los pequeños desacuerdos, a celebrar los detalles. El regreso tenía algo de ritual. Como si necesitáramos comprobar que aquel lugar seguía ahí, esperándonos.
Unas semanas antes May y yo habíamos pasado un fin de semana en el Hotel de Montaña La Hortizuela buscando opciones para pasar aquella semana. Entonces decidimos que nos alojaríamos en los Apartamentos Rurales El Pinar, a treinta y cinco kilómetros de Cazorla, en plena carretera de la sierra, a trece kilómetros de Arroyo Frío. El entorno era más abierto que el camping de 1993, pero conservaba la misma esencia: montaña envolvente, pinos infinitos, aire limpio.
Durante el viaje en coche, hubo momentos de silencio sereno. Ya no llenábamos cada kilómetro de palabras; habíamos aprendido a compartir el espacio sin necesidad de explicarlo todo. May miraba por la ventanilla cuando la carretera comenzaba a ondularse y los olivares dejaban paso a la montaña. Yo reconocía curvas, puentes, cambios de rasante.
Aramar, un poco más mayor, participaba ahora en los recuerdos. “¿Es aquí donde nos bañamos en el río frío?” preguntaba, mezclando tiempos y lugares. Su memoria infantil reconstruía el pasado con piezas sueltas, pero esa reconstrucción tenía algo entrañable: demostraba que aquel viaje de 1993 no había sido un episodio pasajero, sino un hito en su pequeña biografía.
Los apartamentos nos recibieron con una calma distinta a la del camping de Los Enebros. Ya no había que montar tienda ni clavar piquetas. La puerta se abría con una llave y dentro nos esperaba un espacio recogido, funcional, luminoso. El entorno era generoso: pinares densos que parecían abrazar el complejo, silencio interrumpido solo por el viento, olor constante a tierra seca y resina caliente. Desde el exterior del apartamento se divisaban lomas suaves que se encadenaban hasta perderse en la distancia azulada. May colocaba la ropa en los armarios con movimientos pausados. Yo me encargaba de organizar la pequeña cocina. Aramar inspeccionaba cada rincón como si se tratara de un territorio por conquistar. Aquella escena doméstica, repetida tantas veces en casa, adquiría en la sierra una intensidad distinta. Era como si el entorno amplificara la importancia de lo cotidiano.
Las tardes comenzaban a tener un ritmo propio. Tras las excursiones, regresábamos cansados pero satisfechos. «Agujetas de color de rosa», la telenovela mexicana juvenil producida por Luis de Llano Macedo para la empresa Televisa y protagonizada por Angélica María, Alberto Vázquez y Carlos Bracho como protagonistas juveniles, era el primer entretenimiento de Aramar. Más tarde nos bañábamos en la piscina del alojamiento, dejando que el agua nos devolviera la ligereza perdida en las caminatas. Recuerdo la risa clara de Aramar lanzándose desde el borde, el cabello mojado de May pegado a su rostro, el sol descendiendo lentamente detrás de los pinos. No eran grandes acontecimientos, pero eran instantes de plenitud limpia.
La ruta de la Cerrada de Elías fue, quizá, la experiencia más simbólica del viaje. El sendero que acompaña al río Borosa tiene algo de aventura controlada: pasarelas de madera ancladas a la roca, tramos estrechos donde el agua discurre con fuerza bajo los pies.
El sonido del río no era uniforme. A veces era murmullo, a veces golpe seco contra la piedra. El agua, de un verde transparente, dejaba ver el lecho de cantos rodados que parecían pulidos por siglos de paciencia.
Avanzábamos con prudencia. Aramar, ya más autónoma, quería ir delante, pero giraba la cabeza con frecuencia para asegurarse de que estábamos cerca. May y yo intercambiábamos miradas cómplices: sabíamos que aquel deseo de independencia era señal de crecimiento.
En un tramo especialmente estrecho, nos detuvimos unos minutos. El sol apenas penetraba en la garganta y la temperatura descendía. Toqué la pared caliza: fría, húmeda, viva. Pensé que aquellas rocas habían visto pasar generaciones enteras, que nuestro paso por allí era mínimo y, sin embargo, para nosotros tenía una importancia enorme. Eso sí, el baño en estas frías y cristalinas aguas no podía faltar.
La ruta hacia la Cascada la Cerrá del Arroyo del Membrillo fue más silenciosa. El sendero se adentraba en zonas menos transitadas, donde el bosque parecía cerrarse en torno a nosotros. El canto lejano de algún ave rompía la quietud.
Cuando alcanzamos la cascada, el agua caía con energía contenida, formando una poza clara que invitaba al descanso. Nos sentamos cerca, sin prisa. El calor del mediodía se suavizaba gracias a la humedad del entorno.
May apoyó la cabeza en mi hombro. Aramar jugaba con una rama, dibujando líneas en la tierra húmeda. No hablábamos mucho. Y, sin embargo, aquel silencio estaba lleno de significado.
Recordé nuestro primer viaje, la tienda, la inexperiencia compartida. Ahora había más seguridad en nuestros gestos, más confianza en nuestra manera de estar juntos. La cascada, persistente y constante, parecía recordarnos que lo verdaderamente sólido no hace ruido.
Las noches en El Pinar tenían un componente casi teatral. Cuando comenzaba a oscurecer, sabíamos que en algún momento aparecerían los jabalíes. Bajaban atraídos por el olor de la comida que algunos dejaban con intención casi ritual.
Primero eran sombras. Luego, figuras compactas que emergían entre los árboles. Se movían con cautela, olfateando el aire, atentos a cualquier ruido brusco. Los niños observaban fascinados; los adultos, con mezcla de asombro y respeto.






































