Habíamos pasado días enteros escuchando el rumor del agua y el crujido de los pinares. La sierra nos había envuelto con su grandeza natural, con su lenguaje de roca y corriente. Quizá por eso decidimos, casi de forma espontánea, dedicar un día a las cercanas Úbeda y Baeza. Queríamos cambiar de paisaje sin alejarnos demasiado; sustituir por unas horas el verde profundo por la piedra dorada.
La carretera descendía suavemente desde la montaña hacia la campiña. Eso sí, el habitual asfalto había sido sustituido por tierra, pues se encontraba en obras. El horizonte se abría, los perfiles abruptos quedaban atrás y el mar de olivos reaparecía, ordenado y paciente. May comentó que aquel contraste era casi pedagógico: en pocos kilómetros pasábamos de la naturaleza indómita al orden humano, del bosque antiguo a la geometría urbana.
Aramar miraba los olivares interminables como si fueran un océano verde. “¿Todos esos árboles dan aceitunas?”, preguntó. Y su pregunta, sencilla, nos recordó que cada paisaje es también trabajo, historia y sustento.
Llegamos primero a Úbeda. Desde el primer paseo por sus calles empedradas sentimos que entrábamos en otro tiempo. La piedra clara de los edificios reflejaba la luz del mediodía con una dignidad serena. No era una ciudad ruidosa; tenía una solemnidad tranquila, casi meditativa.
La Plaza Vázquez de Molina nos dejó en silencio. Aquel conjunto monumental parecía una escenografía perfecta: la Sacra Capilla del Salvador, el Palacio de las Cadenas, la Basílica de Santa María… todo dispuesto con armonía renacentista, como si alguien hubiera ordenado la belleza con regla y compás.
May se detuvo frente a la fachada de la Sacra Capilla del Salvador. Observaba los relieves con atención, siguiendo con la mirada cada figura tallada en la piedra. Yo la contemplaba a ella, consciente de que su forma de mirar los detalles enriquecía la mía. Aramar, menos interesada en la iconografía, corría con cuidado por la plaza, contando escalones, tocando columnas, preguntando por qué aquellas puertas eran tan grandes.
Caminamos después por calles estrechas donde las fachadas guardaban escudos nobiliarios, balcones de hierro forjado, portones de madera pesada. Cada esquina parecía contener siglos de historia. Pensé en cómo la piedra, igual que la roca de Cazorla, también guarda memoria, pero una memoria modelada por manos humanas.
May comentó que aquellos edificios eran fruto de una época de esplendor económico y cultural. Yo añadí que también eran fruto de la ambición de trascender. Aramar, escuchándonos, preguntó si aquellas casas seguirían en pie cuando ella fuera mayor. Y su pregunta nos devolvió a lo esencial: el deseo de permanencia.
Más tarde nos dirigimos a Baeza. Si Úbeda nos pareció solemne, Baeza nos resultó más íntima. Sus calles tenían un aire más recogido, casi académico. No en vano allí enseñó Antonio Machado, y quizá ese poso literario impregnaba el ambiente.
La Catedral se alzaba sobria, elegante. Entramos unos minutos, buscando frescor y silencio. Me impresionó la mezcla de estilos, las huellas del paso del tiempo visibles en cada tramo de muro. May susurró que aquella superposición de épocas era como la vida misma: nada es completamente nuevo, todo se construye sobre lo anterior.
Paseamos por la Plaza del Pópulo, nos detuvimos ante la fuente, observamos la Antigua Universidad. Imaginé a estudiantes de otros siglos atravesando aquellos patios, discutiendo ideas, soñando futuros. La piedra dorada adquiría al atardecer un tono más cálido, casi melancólico.
Nos sentamos un rato en un banco. Aramar, algo cansada, apoyó la cabeza en el regazo de May. Yo contemplaba la escena con una serenidad profunda. Después de los días de montaña y agua, aquel descanso urbano tenía un ritmo distinto. No era la emoción del sendero, sino la pausa reflexiva.
Aquel día comprendimos que el viaje no era solo geográfico. En pocos días habíamos transitado por dos formas de patrimonio: el natural y el histórico. La sierra nos habló de biodiversidad, de equilibrio ecológico, de ríos que nacen humildes y se hacen grandes. Úbeda y Baeza nos hablaron de cultura, de arte, de civilización.
May comentó, mientras regresábamos hacia la sierra, que ambos mundos no eran opuestos, sino complementarios. La naturaleza ofrece el escenario; el ser humano construye sobre él su relato.
Al volver al apartamento esa noche, el aire olía de nuevo a pino y a tierra húmeda. La presencia cercana de los jabalíes devolvía el viaje a su dimensión salvaje. Y, sin embargo, algo había cambiado: llevábamos dentro la luz dorada de la piedra renacentista.
Había sido un día distinto, pero necesario. Y tenía razón. Como en el matrimonio, como en la vida, la armonía surge del equilibrio entre lo natural y lo construido, entre la espontaneidad y el proyecto.
La llegada de Buena y Ara en los dos últimos días aportó una energía nueva. El viaje se volvió más coral. Las conversaciones se prolongaban hasta más tarde, las risas eran más frecuentes, los recuerdos del 93 se mezclaban con los del presente.
Juntos hicimos una pequeña excursión hasta una cascada donde, al mediodía, podía verse un arco iris espectacular. El fenómeno dependía del ángulo exacto del sol y de la pulverización del agua.
Esperamos. Y cuando finalmente apareció, fue como una revelación. Los colores se dibujaron nítidos en la bruma suspendida. Aramar exclamó con esa espontaneidad que solo tienen los niños. May me miró con esa sonrisa suya, mitad alegría, mitad gratitud.
Aquel arco iris tenía algo simbólico: era la síntesis perfecta entre luz y agua, entre cielo y tierra. Como nuestras relaciones, que se construyen en la intersección de distintos afectos.
En las proximidades del Parador de Cazorla pudimos observar fauna local en libertad relativa. Ciervos que alzaban la cabeza al menor ruido, movimientos elegantes entre claros del bosque, silencio expectante. Nos quedábamos quietos, casi conteniendo la respiración. Había una emoción especial en esa contemplación respetuosa. No se trataba de acumular experiencias, sino de dejarnos afectar por ellas. May y yo compartíamos esa sensibilidad creciente. La sierra ya no era solo destino turístico; era territorio emocional.
Cuando llegó el momento de volver, la sensación fue distinta a la de 1993. No era la tristeza de quien abandona algo recién descubierto, sino la serenidad de quien sabe que ha consolidado un vínculo.
La Sierra de Cazorla se convirtió entonces en parte de nuestra biografía común. 1993 fue el inicio; 1995, la confirmación. Entre ambos viajes se tejió una red de recuerdos que todavía hoy sostiene conversaciones, sonrisas y silencios compartidos.
A veces pienso que aquellas montañas guardan algo de nosotros: nuestras risas en la piscina, nuestras huellas en las pasarelas de la Cerrada de Elías, nuestra sombra detenida frente al arco iris.
Y cuando evoco aquel verano de 1995, no veo solo paisajes. Veo a May caminando con paso seguro, a Aramar creciendo entre pinos y cascadas, a nosotros aprendiendo que amar también es regresar.
Porque hay lugares que no se visitan dos veces: se continúan.




































