Viajamos a Córdoba en junio de 1995. Lo recuerdo con una claridad especial, quizá porque fue uno de esos viajes que, sin saberlo, marcan una frontera entre un antes y un después. Éramos May y yo, viviendo en común hacía dos años, todavía aprendiendo a reconocernos en los gestos pequeños y en los silencios largos. No teníamos prisa, pero sí la sensación persistente de que algo importante estaba a punto de suceder.
El motivo declarado del viaje era cultural. Córdoba siempre había sido para nosotros una ciudad cargada de historia, un lugar donde las civilizaciones no se sustituyen, sino que se superponen. Sin embargo, había otro motivo más íntimo, apenas formulado, que nos acompañaba en silencio: esperábamos la confirmación de una buena nueva. May llevaba días observándose con cautela, sin querer decir demasiado. Yo hacía lo mismo con ella, esforzándome por no convertir la esperanza en presión.
El viaje de ida transcurrió con calma. Conducía mientras el paisaje avanzaba lentamente, como si también él respetara nuestro ritmo. Hablamos de lo que visitaríamos, de la Mezquita, de Medina Azahara, de las calles estrechas de la Judería. También hablamos de cosas pequeñas, casi triviales, como si aferrarnos a lo cotidiano nos ayudara a mantener a raya la inquietud. A ratos el coche se llenaba de silencio, un silencio compartido, denso, que no pedía ser roto. Yo pensaba en lo mucho que estaba aprendiendo a querer sin imponer expectativas.
Llegamos a Córdoba a media tarde. El calor de junio nos recibió con una firmeza seca, distinta a otros calores más húmedos y opresivos. Aquí el aire parecía limpio, casi ceremonial. Las fachadas blancas devolvían la luz con generosidad.
Nos alojamos en el entonces Hotel Meliá Córdoba, demolido en el año 2006. Realmente el nombre oficial del hotel era el “Córdoba Palace”, y estaba situado donde a día de hoy se alza el hotel “Eurostars Palace”, es decir, en los jardines de la Victoria, al final de la avenida Conde de Vallellano y al comienzo del paseo de la Victoria o de la avenida República Argentina, dependiendo del lado de la construcción al que nos estemos refiriendo. Estos terrenos, le fueron cedidos a la cadena de hoteles por parte del municipio para la construcción de este complejo en la década de los 50, impulsada principalmente por la carencia de hoteles de esta categoría en la ciudad.
Dejamos el equipaje y salimos enseguida. Siempre hemos creído que la mejor forma de empezar a conocer una ciudad es caminarla sin rumbo.
La Judería nos envolvió por completo. Sus calles estrechas, empedradas y protegidas del sol parecían diseñadas para caminar sin prisa. La Calleja de las Flores nos regaló una imagen casi perfecta: flores, cal blanca y la torre de la Mezquita al fondo. En el Callejón del Pañuelo, tan estrecho que apenas cabíamos, reímos con una risa espontánea, necesaria. Fue un instante ligero, una tregua.
El Callejón del Indiano tiene sus orígenes en la conocida Casa del Indiano o Casa de los Ceas, una antigua vivienda perteneciente a este linaje familiar de gran importancia política para Córdoba tras la conquista cristiana de la ciudad. La fachada, el único elemento original que se conserva, ha sido fechada en el siglo XV.
Nos acercábamos a la Mezquita para contemplarla por vez primera, pues la visitaríamos a la mañana siguiente. El conjunto de la Mezquita Catedral, el río, la Puerta del Puente y el Puente Romano de Córdoba conforman una de las vistas más exquisitas de la ciudad, máxime aún si se visita al atardecer, en esa hora incierta en la que los últimos rayos de sol doran las superficies.
El citado puente, levantado en el siglo I a. C., ha sufrido varias remodelaciones a lo largo de la Historia. La estructura principal data del medievo, siendo la intervención más reciente de 1876. Consta de dieciséis arcos, cuatro apuntados y el resto de medio punto. En el centro del antepecho se erige una escultura de San Rafael, obra del siglo XVI, realizada por Bernabé Gómez del Río.
Como viajeros que visitábamos Córdoba mostramos curiosidad al encontrarnos en una pequeña plaza o sobre una torre, un monumento conmemorativo dedicado al Arcángel San Rafael. Nuestra sorpresa fue en aumento al comprobar el número total de estas esculturas que se hallan dispersas por toda la ciudad. Los triunfos, pues así han dado en llamarlos, constituyen una representación fervorosa de la devoción popular. En años de grandes penurias o epidemias, las gentes de Córdoba se encomendaban a su Santo Custodio, erigiendo triunfos por doquier.
Cercano a la puerta del Puente encontramos el más vistoso de todos. Realizado en el siglo XVIII, fue terminado por Miguel de Verdiguer. La etérea columna que sustenta al Arcángel se erige sobre una torre que hunde sus muros, a su vez, en una gruta. Son símbolos del inframundo, lo terreno y lo divino.
En el extremo sur del Puente Romano se levanta la Torre de la Calahorra de Córdoba, enclave de control y defensa desde la antigüedad, mencionada en alguna fuente árabe sobre al-Andalus, y en numerosas referencias históricas desde la conquista cristiana de Córdoba hasta la actualidad. Su arquitectura refleja sus sucesivas remodelaciones. El arco de herradura funcionaría como puerta anexa al puente, y su recinto rectangular flanqueado por torres se reforzaría en el siglo XII.
A principios del siglo XX fue declarada monumento histórico artístico. Tras variados usos, en la actualidad acoge el Museo Vivo de al-Andalus, sobre la convivencia entre las culturas judía, cristiana y musulmana.


























