El segundo día amaneció luminoso. Caminamos hacia la Mezquita-Catedral con una mezcla de expectación y respeto. Sabía que no iba a ser una visita cualquiera, pero no imaginaba hasta qué punto me afectaría.

Entrar en la Mezquita fue como entrar en un espacio suspendido. Iniciada en el año 784 por Abderramán I y ampliada durante más de dos siglos, la sucesión de columnas y arcos de herradura creaba una sensación casi hipnótica. Caminábamos despacio, como si el propio edificio nos pidiera contención. Pensé en las generaciones que habían pasado por allí antes que nosotros, cada una con sus certezas y sus miedos.
El mihrab, ricamente decorado, concentraba una espiritualidad difícil de describir. Cuando alzamos la vista hacia la nave cristiana, añadida en el siglo XVI tras la consagración del edificio como catedral, pensé en la complejidad de la historia: conquistas, renuncias, adaptaciones forzadas. May me apretó la mano. Ese gesto sencillo me devolvió al presente.
A la salida, impresionados por la maravilla contemplada, recorrimos las calles de la ciudad sin rumbo, dejando que fuera esta la que nos llevara.
La Plaza de las Tendillas fue nuestro primer punto de anclaje. Nos sorprendió su equilibrio: no era una plaza monumental en sentido estricto, pero sí profundamente urbana. La estatua ecuestre del Gran Capitán, obra de Mateo Inurria, imponía una presencia serena. Pensé en ese personaje histórico, estratega brillante, y en cómo la memoria suele reservar espacio a quienes conquistaron territorios, no a quienes cuidaron vidas. Nos sentamos un rato. May apoyó la cabeza en mi hombro. Sentí el peso ligero y confiado de ese gesto, y pensé que resumía bien el momento que vivíamos.
Desde allí caminamos hacia la Plaza del Potro. El tránsito fue casi imperceptible, como si la ciudad cambiara de época sin avisar. La plaza tenía algo más antiguo, más irregular, una belleza menos evidente. La fuente renacentista del siglo XVI, coronada por el potro, parecía resistirse al paso del tiempo. Recordé que Cervantes había mencionado aquel lugar y pensé en la cantidad de historias anónimas que se habrían cruzado allí, también cargadas de dudas y de esperanza.
Entramos en el Museo de Julio Romero de Torres con curiosidad. No era un pintor que yo conociera a fondo, pero sus obras me impresionaron por la intensidad emocional que desprendían. Las miradas femeninas, la mezcla de fortaleza y melancolía, parecían hablar de una Andalucía interior, menos folclórica y más honda.
May se detenía ante algunos cuadros más tiempo que yo, como era habitual. La observaba en silencio, preguntándome si en su interior también se acumulaban preguntas que aún no quería formular.
El tercer día nos desplazamos hasta Medina Azahara. Construida a partir del año 936 por Abderramán III, aquella ciudad palatina fue concebida como símbolo de poder y esplendor. Hoy, en ruinas, resulta aún más elocuente.
Medina Azahara tiene una importancia extraordinaria para Andalucía y para el resto del país por varias razones. En primer lugar porque es es el mayor yacimiento arqueológico de España. Ciento trece hectáreas de superficie amurallada hacen de Medina Azahara el mayor conjunto arqueológico de todo el país. En segundo lugar, por su propia etapa de vida activa. Es una ciudad con una vida relativamente breve, se inició en el año 936 y comenzó su destrucción entre los 1010 y 1013.
Sin asentamientos posteriores eso hace que nos encontremos aquí con urbanismo de tipo Califal temprano que no está distorsionado por otros desarrollos tardíos que acabaron rompiendo el modelo del origen inicial. Y en tercer lugar porque el yacimiento presenta el desarrollo de nuevas técnicas decorativas, de nuevo sistema de trabajo, que hacen que en Medina Azahara presente hoy unas posibilidades de recuperación realmente extraordinaria que no se dan en otros yacimientos arqueológicos de España.
Caminamos entre restos de palacios, patios y terrazas. Imaginé el sonido del agua, el bullicio de la corte, la vida intensa que allí se desarrolló durante apenas unas décadas. Pensé en lo efímero de las grandes obras humanas, en cómo incluso los proyectos más ambiciosos pueden desaparecer. Aquella reflexión me llevó, inevitablemente, a pensar en la fragilidad de la vida y, al mismo tiempo, en su valor incalculable.
May caminaba despacio. Nos sentamos un rato en silencio, contemplando el paisaje. No hacía falta hablar. Había momentos en los que las palabras sobraban.
De regreso a la ciudad, la tarde nos llevó a la Plaza de Capuchinos. El contraste fue inmediato. El ambiente era austero, casi monástico. El Cristo de los Faroles, del siglo XVIII, rodeado de luz tenue, imponía respeto y recogimiento. Allí hablamos, por fin, con más claridad de lo que llevábamos días evitando. No había certezas aún, pero sí una intuición compartida. Nos prometimos calma, paciencia y acompañarnos en lo que viniera.
La última noche salimos a caminar sin rumbo. Córdoba, iluminada suavemente, parecía acompañarnos en silencio. Pasamos de nuevo por calles ya conocidas, como si quisiéramos fijarlas en la memoria. Yo sentía una mezcla de serenidad y expectación difícil de explicar.
Al día siguiente emprendimos el viaje de regreso. Córdoba quedaba atrás, pero el viaje había cumplido una función más profunda de la que habíamos previsto. No sabíamos aún qué noticia nos esperaba, pero sí sabíamos algo esencial: habíamos aprendido a esperar juntos.
Con los años, he vuelto muchas veces a Córdoba desde la memoria. No recuerdo solo monumentos, fechas o estilos arquitectónicos. Recuerdo el calor de junio, las calles blancas, las manos entrelazadas, los silencios compartidos y la sensación de estar viviendo un umbral. Aquella Córdoba no fue solo una ciudad visitada: fue el escenario discreto de un cambio que estaba a punto de comenzar.
Quedaron muchos lugares por visitar. Es evidente que “debí tirar más fotos”, pues la muestra gráfica que ha llegado hasta nuestros días es más bien escasa y de dudosa calidad. Pero el hecho de que nuestra querida hija Sara vaya a cumplir en estos días sus treinta años es motivo más que suficiente para rememorar sus primeros pasos por esta vida, en ciernes entonces.































