Los primeros recibos del préstamo hipotecario, las cortinas recién colgadas, los muebles todavía oliendo a nuevo. La boda había sido hermosa, emocionante, intensa… y también costosa. No quedaba margen para sueños lejanos ni destinos de postal caribeña, y gracias a que contábamos con la incondicional ayuda de Antonio y Maruja. Mientras otros hablaban de Cancún, de las Maldivas o de Nueva York, nosotros mirábamos el mapa con otra escala: la de quienes empiezan desde abajo pero con el corazón lleno.
No aspirábamos a un viaje exótico. Aspirábamos a estar juntos. Tenerife apareció como una posibilidad real, asumible, cercana y, al mismo tiempo, lo suficientemente lejana como para sentir que cruzábamos un umbral. No era el destino lo que daba sentido al viaje. Éramos May y yo, estrenando vida compartida, estrenando casa y estrenando esa extraña y maravillosa sensación de decir “nosotros” sin titubeos.
Y hoy, con la perspectiva de más de tres décadas, puedo decir que no elegimos mal. Porque aquel viaje no fue una escapada; fue un ensayo general de nuestra vida.
El aeropuerto de Alicante tenía esa mezcla de despedida y vértigo. Las maletas no eran grandes; tampoco nuestras expectativas eran extravagantes. Pero en nuestros ojos había algo que no cabía en ningún equipaje: la conciencia de estar comenzando.
El vuelo hasta Tenerife fue una transición simbólica. Dejábamos atrás la península, la familia, el ruido reciente de la boda. Sobre el Atlántico, mientras las luces del avión se atenuaban, quizá no lo dijimos en voz alta, pero ambos sabíamos que estábamos entrando en nuestra primera aventura como matrimonio.
Llegamos al Aeropuerto de Tenerife Norte-Ciudad de La Laguna ya de madrugada. El aire era distinto. Más húmedo. Más suave. Con un olor indefinible que mezclaba sal, vegetación y noche.
El traslado hasta el hotel, en el Puerto de la Cruz, tuvo algo de película antigua: carreteras oscuras, curvas silenciosas, y nosotros apoyados uno en el otro, vencidos por el cansancio y sostenidos por la ilusión. Infinidad de paradas a esa hora de la madrugada, dejando una parejita de recién casados en una hilera de hoteles distribuidos por la costa.
El Hotel Puerto Palace se encuentra en una tranquila zona residencial, a los pies del magnífico Valle de la Orotava. En un entorno inigualable, a dos pasos de la playa y muy cerca de la zona de restaurantes, comercios y centros de ocio, el hotel nos ofrecía el ambiente perfecto para disfrutar de nuestro viaje de novios.
La cena fría que nos esperaba en el hotel no fue un banquete. Pero aquella bandeja sencilla tenía algo ceremonial. Comer a esas horas, con el cansancio del viaje, fue nuestra primera cena como matrimonio lejos de casa. Sin brindis oficiales, sin fotógrafos, sin protocolo. Solo nosotros.
Y quizá esa madrugada, antes de dormirnos, comprendimos algo esencial: no necesitábamos grandes escenarios. Nos bastaba con compartir el mismo horizonte.
La mañana nos recibió con una luz distinta a la del Mediterráneo. El Atlántico no es azul amable; es azul profundo. Es un azul que impone respeto. Abrir las cortinas y ver la claridad atlántica fue casi un bautismo. Tenerife no era exuberante en el sentido tropical que imaginan los folletos. Era volcánica, intensa, contrastada. El Teide, visible desde buena parte de la isla, nos dio también la bienvenida.
Después de intentar desayunar en la habitación empezamos a disfrutar del buffet libre del hotel. Estupendo. Y abundante. En los días que pasamos en él disfrutamos de buenas carnes a la parrilla, de buen pescado y de un maravilloso helado de mango, entre otros manjares.
A media mañana bajamos paseando al Puerto de la Cruz, pues nos habían citado para darnos información sobre las distintas excursiones que se nos ofrecían para aquellos días. Había algo emocionante en planificar juntos. No era solo turismo; era practicar el verbo compartir en todas sus formas.
Nuestro destino tenía ese equilibrio entre tradición y turismo que, en 1993, aún conservaba cierta calma. Pasear por sus calles era caminar sin prisas, todavía con el cuerpo adaptándose a la condición de recién casados.
La Playa del Muelle fue nuestro primer encuentro con el océano. El mar golpeaba con una fuerza distinta a la del Mediterráneo. Nos sentamos a observarlo largo rato. El matrimonio, pensé entonces, se parecía a ese mar: hermoso, sí, pero también poderoso. Había que respetarlo.
En la Playa de San Telmo el viento era más vivo. May se recogía el pelo mientras yo intentaba proteger los ojos del sol. Reímos por cosas pequeñas: la arena oscura pegada a los pies, la intensidad del oleaje, nuestra torpeza para encontrar el mejor ángulo en las fotos.
En el Lago Martiánez, obra de César Manrique, comprendimos algo más profundo. Aquellas piscinas no competían con el mar; dialogaban con él. No pretendían sustituirlo, sino integrarse. Años después entendería que el secreto de una pareja no es imponerse, sino armonizar.
La comida típica canaria fue un descubrimiento sencillo y delicioso. Papas arrugadas con mojo picón, pescado fresco, pan caliente. Brindamos, quizá con vino del país, sin grandes discursos. Nada sofisticado, pero lleno de sabor. Como nuestra historia: sin artificios, pero auténtica. La felicidad, entonces, era espectacular. Y tranquila.
Aquella armonía nos acompañaba. Estábamos aprendiendo a convivir, a decidir juntos dónde comer, cuánto gastar, qué excursiones elegir. Pequeñas decisiones que, sin parecerlo, iban tejiendo nuestra manera de estar en el mundo.



































