Aquel segundo día no tuvo grandes acontecimientos. Pero fue el día en que empezamos a sentir que Tenerife no era solo un destino: era el escenario donde comenzábamos a ensayar nuestra complicidad.
Aquel miércoles alquilamos un coche en el hotel. No era solo una cuestión práctica; era una declaración de autonomía. Ya no éramos dos jóvenes organizados por otros (familia, trabajo, obligaciones), sino dos personas que decidían rumbo, velocidad y destino.
Pusimos dirección al Bosque de Anaga. La carretera serpenteaba como si quisiera probarnos. Curvas cerradas, pendientes inesperadas, miradores que obligaban a detenerse para disfrutar de la belleza del paisaje.
El Macizo de Anaga parecía un territorio antiguo, casi primitivo, donde la naturaleza no se disculpa por ser poderosa.
El Parque Rural de Anaga se encuentra en el extremo nordeste de la isla de Tenerife. Ocupa una superficie de catorce mil quiniestas hectáreas que se extienden por los municipios de La Laguna, Santa Cruz de Tenerife y Tegueste.
Hace más de seis millones de años, las fuerzas erosivas comenzaron su acción sobre el terreno volcánico, dando lugar al singular paisaje que hoy vemos de montañas, barrancos, roques, diques y pitones. Con sus profundos valles que descienden hasta playas de arena volcánica.
En el Parque Rural de Anaga soplan los vientos alisios (vientos constantes y suaves del noreste) que dejan mares de nubes, niebla y bruma. Son los vientos responsables de los acuíferos subterráneos y de su mayor tesoro: el bosque de laurisilva.
Este tipo de bosques pueden considerarse un fósil viviente (con una antigüedad entre 50-20 millones de años). El bosque de laurisilva de Anaga es además un enclave de gran valor por su excepcional conservación.
Pasear por esta antiquísima selva es una experiencia casi mística. Es como adentrarse en el origen del mundo, en las entrañas de la Madre Tierra. Sensación que aumenta cuando envuelve la niebla.
El verde era distinto al que conocíamos. Espeso, húmedo, profundo. El bosque de laurisilva envolvía el coche como si entráramos en un cuento. Allí entendimos que el silencio también puede compartirse. No hacía falta hablar continuamente. Bastaba con mirarnos y señalar un barranco, una nube baja, un acantilado abrupto.
Los Roques de Anaga emergían del mar como guardianes pétreos. Se trata de dos islotes (el Roque de Fuera y el Roque de Tierra) de 10 hectáreas de superficie que asocian riqueza natural e interés geológico y paisajístico.
El Roque de Tierra es el de mayor tamaño y también el más cercano a tierra; de hecho, durante la bajamar se encuentra unido a la isla de Tenerife a expensas de una fina lengua de arena. A pesar de estar organizado en torno a paredes muy escarpadas, en su extremo sur dispone de una playa, donde se encuentran conchas de diferentes moluscos que habitaron el lugar en períodos geológicos antiguos, cuando las aguas de la Isla eran más cálidas.
El Roque de Fuera, de menor superficie, presenta un perfil menos abrupto que el Roque de Tierra, del que dista unos 800 metros. Posee una característica forma alargada en la que se distinguen dos vértices puntiagudos que apenas sobrepasan los 66 metros de altura. Al noroeste se encuentra una pequeña baja de unos diez metros que está visible durante gran parte del año, excepto cuando hay marea alta.
El Roque de las Ánimas parecía desafiar al viento. Destaca por su altura, alcanzando los trescientos veinte metros sobre el nivel del mar, y es una de las formaciones más icónicas del paisaje de Anaga.
Mientras exploras la zona puedes observar una rica biodiversidad, con especies endémicas de plantas y animales que habitan en este ecosistema único. La tranquilidad y el encanto natural de este lugar lo convierten en un destino imperdible para quienes visitan Tenerife.
Contemplar aquellas formaciones volcánicas nos recordó que lo firme se construye con el tiempo, con presión, con transformación. Como el amor verdadero.
En Almáciga y en la playa de Canda (salvaje, oscura, atlántica) sentimos la pequeñez y la grandeza al mismo tiempo. No había paseos marítimos ni comodidades. Solo arena volcánica, mar abierto y horizonte infinito. Aquella rudeza no nos asustó; al contrario, nos unió más. Éramos dos frente al mundo, aprendiendo a confiar.




































