Aquel jueves nos aventuramos más lejos: Lanzarote.
Si Tenerife era verde y vertical, Lanzarote era lunar y horizontal. Tras salir al aeropuerto nos dirigimos a la vecina localidad de Yaiza para desayunar antes de dirigirnos al Parque Nacional de Timanfaya, que nos dejó sin palabras.
La tierra no parecía tierra: era lava petrificada, era ceniza, era el recuerdo visible de erupciones pasadas. Contemplar aquel paisaje volcánico fue una experiencia casi espiritual.
Allí comprendimos que bajo la superficie más árida puede haber fuego. El amor también es así: no siempre es visible, no siempre es espectáculo, pero cuando arde, transforma todo. En Timanfaya, el calor que emergía del subsuelo nos recordó que la vida está hecha de fuerzas invisibles. Igual que en una pareja: hay impulsos, emociones, promesas silenciosas que sostienen lo cotidiano.
Con más de cincuenta kilómetros cuadrados de extensión, Timanfaya alberga una gran riqueza de restos geológicos y de especies vegetales. Se trata de un lugar que nunca fue habitado y cuyo pasado albergó erupciones hasta 1730 y 1736.
Dentro del parque pudimos descubrir las anomalías geotérmicas de la zona y profundizar en la realidad del subsuelo con un paseo por los diferentes cráteres que habitan el Parque Nacional.
Así conocimos los diferentes tipos de lava o los tubos volcánicos y recorrer las Montañas de Fuego, la Caldera del Corazoncillo o la Montaña Rajada.
Hasta los años 60, los medios de vida de los lanzaroteños se basaban en la agricultura, pesca y ganadería caprina. Fue a partir de este momento cuando surgió una nueva fuente de ingresos: el turismo. Gracias a las condiciones óptimas que presenta Lanzarote para el desarrollo del turismo, se produjo un boom turístico que, a su vez, ha provocado un incremento en el desarrollo urbanístico, dando lugar a la extracción incontrolada de áridos. Ante la destrucción del paisaje, nació la necesidad de declarar espacios con diferentes figuras de protección.
Uno de los espacios naturales protegidos de Lanzarote, además con la máxima figura de protección a nivel estatal, es el Parque Nacional de Timanfaya. El término Parque Nacional engloba los espacios naturales que tienen ecosistemas primigenios que no han sido sustancialmente afectados por la acción humana, y donde la fauna y flora tengan un destacado interés cultural, educativo o recreativo.
El Parque Nacional de Timanfaya fue declarado por decreto en 1974, y reclasificado por Ley en 1981. Forma parte de la Red Estatal de Parques Nacionales. Se encuentra situado entre los municipios de Yaiza y Tinajo y tiene una superficie de cinco mil ciento siete hectáreas. Su perímetro es de unos treinta kilómetros y su altura máxima es de quinientos cuarenta metros. Representa el volcanismo reciente en las Islas Canarias y abarca casi una cuarta parte de la superficie afectada por las erupciones durante los años 1730 a 1736.
La apariencia del Parque Nacional de Timanfaya, que se asemeja a un desierto, hace suponer que sus lavas estériles carecen de vida animal, siendo la realidad sorprendentemente muy distinta. No sólo alberga una gran riqueza invertebrada, sino que además muchas especies están muy adaptadas a vivir en el ambiente de las lavas históricas. Por otro lado, las condiciones del agua escasa, las fuertes oscilaciones en la temperatura y la insolación intensa determinan un bajo número de especies de fauna vertebrada terrestre. En cuanto a la fauna marina, difícilmente observable por los visitantes, es muy rica y variada, y se manifiesta con una presencia importante de elementos mediterráneos típicos de las islas orientales.
El medio marino y la diversidad de fondos marinos han tenido una recuperación más rápida que el medio terrestre después de las erupciones del siglo XVIII. Esto ha determinado una mayor riqueza faunística en el litoral del Parque. Se han catalogado ciento veinte especies de invertebrados. Asimismo, se han identificado sesenta y una especies de peces.
En cuanto a la avifauna es la que tiene una mayor representación de especies. La declaración en 1994 del Parque Nacional de Timanfaya como Zona de Especial Protección para las Aves (ZEPA), pasando a integrar parte de esta extensa red internacional de espacios diseminados por toda la geografía comunitaria.
Respecto a la flora de Timanfaya, es un Parque geológico por excelencia. Sus paisajes están caracterizados por las lavas y demás productos volcánicos en los que parece que la vida esté ausente, pero esta apariencia está lejos de la verdad, puesto que la colonización vegetal ya ha comenzado, aunque todavía de manera apenas perceptible.






































