Más tarde nos dirigimos al Charco de los Clicos, o Charco Verde, una conocida laguna cuya popularidad se debe al llamativo color verde de su agua. Esta característica tonalidad se debe a que, en realidad, al tratarse de un cráter abierto al mar, se ha creado flora marina en su agua que es lo que le da su característico color verde.

Esta curiosa coloración se debe, sobre todo, por la acumulación de una alga conocida como ruppia marítima. El otro nombre con el que se conoce, el Charco de los Clicos, se debe a una especie de mariscos conocidos como “clicos”.
Con su lago verde junto al mar oscuro, parecía una pincelada imposible. Verde intenso contra negro volcánico y azul profundo. La naturaleza no pedía permiso para combinar colores. Nosotros tampoco habíamos pedido permiso para querernos como lo hacíamos.
La Playa de El Golfo es un hermoso tramo de costa con arena negra volcánica, que ofrece una sensación de aislamiento y tranquilidad poco común en las zonas más turísticas de la isla. La playa no es adecuada para el baño debido a sus corrientes y fuerte oleaje, pero es ideal para disfrutar de un paseo relajante mientras observas el mar y las formaciones rocosas que rodean el área.
Las colinas volcánicas que se alzan alrededor de la playa, con sus dramáticas formas, dan la sensación de estar en un paisaje fuera de este mundo. Además, es un lugar perfecto para ver las puestas de sol, que iluminan el cielo con tonos anaranjados y dorados, reflejándose en las oscuras arenas y el océano Atlántico.
El Mirador del Río nos ofreció la vista de La Graciosa, pequeña, aislada, luminosa en medio del Atlántico. Allí, mirando aquella isla casi intacta, sentimos que nuestra historia también era una pequeña isla protegida frente al mundo.
Los Jameos del Agua, que fue la primera atracción turística diseñada por el artista lanzaroteño César Manrique, nos permitieron disfrutar del entorno, observando las plantas y animales autóctonos del lugar, tales como el cangrejo ciego. Cuentan con tres puntos claves, a los que acompaña una sala de conciertos y la Casa de los Volcanes, donde se puede descubrir el origen de la isla de Lanzarote.
El Jameo Chico es el primero que aparece al entrar en los Jameos. En él se encuentra un lago natural de agua cristalina y se le da gran valor a la vegetación y elementos artísticos.
El Jameo Grande ocupa cien metros de largo y treinta de ancho. A él se llega subiendo por una escalera serpenteada y, una vez en su interior, se halla un extraordinario jardín con una gran piscina.
Finalmente, el Jameo de la Cazuela es el tercero de los jameos y presenta un lugar del que emana agua salada. También posee un gran atractivo por la naturaleza que se puede observar en él.
En los Jameos del Agua, la obra de César Manrique volvió a impresionarnos. Integrar arquitectura y naturaleza sin violentarla era casi una lección matrimonial: convivir no es imponerse, sino armonizar.
Hicimos un alto en Arrecife, la capital de Lanzarote desde la segunda mitad del siglo XIX, antes de regresar al aeropuerto César Manrique. En la actualidad se ha convertido en el centro administrativo y comercial de la isla. En todo momento está presente su marcado carácter marinero, su función histórica de fortaleza defensiva y su actual papel de ciudad de servicios dedicada a las relaciones comerciales y mercantiles.
En pleno corazón de la capital de Lanzarote se encuentra el Charco de San Ginés, un entrante de agua de mar a cuyo alrededor surgió el primer núcleo de pescadores de la isla. Por la presencia del Charco, Arrecife fue llamada en el pasado la Venecia del Atlántico. Remodelado según un proyecto de César Manrique, el Charco es referente de la ciudad. Actualmente se utiliza para fondear pequeñas embarcaciones. En torno al mismo hay una variada oferta de bares y restaurantes y muy buen ambiente.
El Puente de las Bolas, es un puente empedrado que servía de acceso al Castillo de San Gabriel. Construido en el siglo XVI, sus 175 metros unen el castillo con tierra firme. Actualmente la fortaleza se ha convertido en el museo de la historia de Arrecife.
En definitiva, Arrecife nos mostró la vida cotidiana de Lanzarote. Casas blancas, líneas limpias, sencillez estética. Nada superfluo. Como nuestro viaje. Como nuestra manera de entender el amor.
A la vuelta la espera en el aeropuerto fue algo más larga que a la ida, que hicimos con el jovial Comandante Cabrera. Volvimos agotados, pero con la sensación de haber visto el origen del mundo.
































