Aquel sábado decidimos quedarnos en el hotel. Puede parecer un día menor, pero no lo fue.
Disfrutar de la piscina, del desayuno sin prisas, de la tranquilidad de no tener que desplazarnos fue una manera distinta de compartir. No todo en la vida sería aventura. También habría rutinas, espacios domésticos, tiempos de calma.
El Puerto Palace se convirtió ese día en nuestro pequeño hogar provisional. Conversaciones largas, risas espontáneas, planes de futuro lanzados al aire como si fueran proyectos perfectamente realizables.
Por la tarde bajamos en guagua al Puerto de la Cruz. Eso sí, bajamos después de subir, pues lo cogimos en la parada equivocada y cuando el conductor llegó a la parte más alta del Puerto tuvimos que esperar a que diera la vuelta y llegara la nueva hora de partida. Fue la anécdota del día, que sirvió para echarse unas risas. Usar el transporte público tenía algo de cotidianeidad que nos gustó. También era la señal de que en futuros viajes, sobre todo por Europa, habría que estar más atentos a las indicaciones de los móviles que vendrían en el futuro. No éramos turistas de lujo; éramos una pareja joven viviendo su primera experiencia juntos.
Caminar de noche por el paseo marítimo, con la brisa atlántica rozándonos, tuvo una intimidad especial. Ya no era la euforia de los primeros días. Era algo más asentado. Más profundo.
Decidimos dedicar la última mañana a visitar el Loro Parque, y recorrimos los dos kilómetros que separaban sus instalaciones del hotel andando, contemplando las plataneras… y los lagartos. Algo que nos devolvió a una alegría casi infantil. Animales exóticos, espectáculos, risas compartidas.
Loro Park, uno de los parques zoológicos más famosos del mundo, es un parque temático bellamente decorado que ofrece un día lleno de emoción observando animales y descubriendo la arquitectura tailandesa y las plantas exóticas.
Uno de los aspectos más destacados de la visita al Loro Parque son sus espectáculos, que le han dado fama mundial. Leones marinos, loros y delfines causan una gran impresión con sus actuaciones.
No fue solo una visita turística. Fue un día ligero, desenfadado. Reír juntos es una de las formas más sólidas de unión. Entre delfines, loros de colores imposibles y paseos tranquilos, reafirmamos esa complicidad que empezaba a consolidarse.
Éramos jóvenes. Éramos ingenuos en muchas cosas. Pero sabíamos que lo estábamos haciendo juntos.
Volvimos a Alcantarilla con la piel ligeramente bronceada y el corazón ensanchado. Tenerife no había sido un destino de lujo, pero fue un escenario perfecto para entender algo esencial: el amor no necesita extravagancia, necesita presencia.
Aquel viaje fue modesto en presupuesto, pero inmenso en significado. Allí aprendimos a decidir juntos, a perdernos juntos, a asombrarnos juntos.
No fuimos a Cancún. No fuimos a las Maldivas. No fuimos a Nueva York. Fuimos a Tenerife.
Y, sobre todo, fuimos el uno hacia el otro.
Si volviera atrás, no cambiaría el destino. Porque en Tenerife no solo inauguramos un viaje. Inauguramos una forma de estar el uno para el otro. Y eso, más de tres décadas después, sigue siendo nuestro verdadero hogar.









































